Nombre: El sustituto
Categorías: Drama, Policiaca, Basado en hechos reales, Histórica, Crimen
Director: Clint Eastwood
País: Estados Unidos
Año: 2008

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Samuel Castro * * *

El sustituto (2008)

La penumbra incompleta

Si pensamos en Angelina Jolie la mayoría de nosotros recuerda su boca, esa pieza de orfebrería que nos ha seducido desde hace casi quince años, en muchas (demasiadas) películas desechables. Pensamos tanto en esa boca que nos olvidamos de sus ojos, unos ojos que a veces son verdes y otras azules, que componen una mirada capaz de derretir el hielo y que pueden, cuando se le antoja, cuando se cansa de ser estrella y decide ser intérprete, actuar muy bien. Incluso olvidamos que hace nueve años Angelina Jolie ganó un Oscar como mejor actriz de reparto por su papel en Girl interrupted, un drama prescindible en el que ella, sin embargo, se lucía como una paciente con tendencias suicidas en un centro siquiátrico. Pues esos ojos se han acordado de actuar nuevamente y otra vez nos miran desde el cuerpo de una mujer que encierran en un manicomio. A Christine Collins la policía le ha devuelto a su hijo, meses después de que el pequeño desapareciera de su casa un día en que ella, madre soltera, responsable y amorosa, tuvo que dejarlo solo para hacer un turno extra en la compañía telefónica donde trabaja. El problema principal, la razón de que el departamento de policía de Los Angeles haya querido encerrarla en esa institución para desquiciadas, es que ella insiste, terca y angustiosamente, en que el muchachito que le han entregado como su hijo, no lo es.

Cuando Joseph Michael Straczynski (un viejo guionista de ficciones fantásticas que comenzó escribiendo argumentos para la serie animada de He-Man y que los amantes de las series sobre el espacio reconocen como el creador de Babylon 5) terminó el guión de Changeling para que algún productor se interesara en realizarlo, tuvo que intercalar con los diálogos que había elaborado, copias  de los recortes de periódicos de la época. Así quien lo leyera no pensaría que él había inventado esa historia ni dudaría que esa absurda sucesión de hechos increíbles había pasado realmente. Claro, todo ocurrió en 1928 y era muy difícil (aún hoy lo sigue siendo) que una mujer pudiera enfrentarse sola contra una institución gubernamental. Por fortuna, Christine contó con la ayudad del reverendo Gustav Briegleb (John Malkovich) un pastor presbiteriano empeñado en denunciar la corrupción de la policía, que en aquel entonces (claro, ¡sólo en aquel entonces y en ese lugar!) había tomado la justicia por su cuenta y manejaba sin escrúpulos todos los negocios ilegales. Fue él quien se encargó de sacarla del hospital mental donde la policía la había confinado con un abuso de poder que era usual en aquellos días.

Pero como recuerda el pastor Briegleb, “los caminos de Dios son misteriosos” y un hecho aislado viene a darle peso a la denuncia de Christine. A kilómetros de Los Angeles, en el condado californiano de Wineville, el detective Lester Ybarra escucha aterrado el relato de un niño al que debía repatriar a Canadá, quien cuenta cómo ayudo a su tío a asesinar a 20 menores de edad que encontraban perdidos en las calles y a los que mataban a hachazos en un gallinero escondido del mundo. Entre los niños desaparecidos que el detective Ybarra le muestra a Sanford Clark, el cómplice arrepentido, está Walter, el hijo de la señora Collins, a quien aquel reconoce como una de sus víctimas. El escándalo permitió que Christine quedara libre y que apresaran al asesino, Gordon Northcott (la historia real era aún peor pues la otra cómplice de Gordon en los asesinatos era su propia madre) para condenarlo a muerte.

Quien logra transmitirle brillo a los ojos de Angelina y quien consigue el ritmo reposado que necesitaba este relato de una heroína luchando contra la sociedad que le tocó por suerte es tal vez el más viejo de los héroes de acción que aún queda con vida, Clint Eastwood, que como director parece haber llegado a ese momento de sabiduría cinematográfica en que es incapaz de hacer una mala película. En Changeling, Eastwood reconstruye una época con exactitud (los vestuarios y la dirección de arte son admirables) pero sin perder nunca el foco: él sólo desea contarnos la historia de Christine con la mayor claridad posible, no darnos una clase de historia. El plano final de la película revela el carácter de la narración de Eastwood: es una toma estática que nos muestra una calle por la que se ha ido la señora Collins. La cámara no se mueve ni un milímetro pero en la imagen la vida fluye a su propio ritmo: pasan algunos carros, alguien cruza la calle, el tranvía se aleja hacia el horizonte. La cámara no tiene que saltar alocada para que podamos sentir la respiración de la ciudad. Con ese mismo pulso sereno de vaquero jubilado, el director nos lleva por este drama conmoviéndonos sólo cuando es necesario: al revivir el horror de los niños secuestrados, al mostrarnos las injusticias que se cometían en el manicomio, al enfrentarnos con el rostro desquiciado del asesino.

El peso de la película recae sobre su protagonista, pero ella está a la altura de las circunstancias. Trabaja con su voz para hacerla más débil, más indefensa. Los movimientos de su cuerpo, acostumbrados a una sexualidad comercial esta vez se ven reprimidos, casi como si tuviera puesta una camisa de fuerza. Sus ojos, sus espléndidos ojos, parpadean muy rápido cuando quieren expresar temor o angustia, imitando tal vez a las actrices clásicas del cine mudo, y sólo se asemejan a los que normalmente le conocemos cuando, enojada, le desea al asesino de su hijo que se pudra en el infierno. Sin disparar desde un carro en movimiento, Angelina encarna con su sonrisa tímida y sus ojos dignos de piedad un heroísmo más grandioso: el que vemos en la mirada de todas las madres que sacan adelante a sus hijos sin ayuda.

¿Qué es lo que no funciona entonces? Para empezar, que la historia se queda sin clímax, se agota porque los sucesos reales no suelen tener el final que quisiéramos. Pero el principal problema es que Eastwood no se la juega del todo, se instala en una zona cómoda. En muchos momentos de la película pone a sus personajes a hablar en la penumbra, para que la mitad de su rostro se quede en la oscuridad. Esa mitad maligna que se queda oculta es la que hubiéramos querido conocer mejor, la que se insinúa cuando la señora Collins le grita a ese niño que actúa como su hijo, la que respira bajo la superficie de los flashback en que la policía actúa como un cuerpo de verdugos, la que destila cada gesto del asesino. Parece como si el director hubiera querido pintar “Los fusilamientos del tres de mayo” evitando usar mucho el color negro, olvidando que casi siempre la realidad es terrible y espantosa, y que es en las tinieblas cuando mejor se aprecia el brillo de unos ojos hermosos.

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