Nombre: ¿Quieres ser millonario?
Categorías: Drama, Basado en una novela
Director: Danny Boyle
Año: 2008

Otras reseñas para esta película

Luis Fernando Afanador Perez * * *

¿Quieres ser millonario? (2008)

El muchacho del Té: una fábula edificante

La estrategia comunicativa de cualquier obra de arte –de ficción o no ficción- consiste en demoler el escepticismo de su receptor y conseguir que su mensaje sea aceptado como una realidad indiscutible. Esa es la verosimilitud de la que hablaba Aristóteles en su Poética, idea retomada por Coleridge con una frase brillante que ha hecho carrera: “la suspensión de la incredulidad”.  Toda obra pretende vencer la resistencia y la voluntad de quien la aprecia: suspender su incredulidad. Pero hay distintas maneras de lograrlo. Hay algunas que apelan única y exclusivamente a las emociones básicas. Hay otras que, además de las emociones, buscan también seducir con sus planteamientos, con su densidad. En el primer caso, “la suspensión de la incredulidad” es inmediata pero efímera: se deshace tan rápido como esos frescos romanos antiguos al contacto con el aire. En el segundo, ese efecto puede o no ser inmediato, pero sin duda irá creciendo con los días y resistirá infinitas lecturas. Slumdog Millionaire: ¿alguien tiene alguna duda de clasificarla en el primer grupo? Vertiginosa, trepidante, con una banda sonora estupenda, hecha por un profesional astuto, sólo quiere entendérselas con el espectador inerme y crédulo en la oscuridad de la sala; no le interesa saber nada de la posteridad ni de la crítica. Aunque sería el ejemplo perfecto para explicar el mito de la caverna de Platón. Y no la estoy recomendando para ningún profesor de filosofía sino, en principio, para mí mismo que estuve sumergido por dos horas en su mundo de sombras y apariencias. Lo que sigue, entonces, no es un pretencioso artículo teórico -¡Dios me libre!- sino un modesto intento de llegar a un grado mínimo de lucidez –si: de claridad mental, de cordura- con esta engañosa película.
Los primerísimos planos del bello rostro de Jamal torturado, desde el comienzo, marcan la pauta: amor y odio. Amor por ese muchacho de mirada serena y penetrante, impasible ante el dolor y odio por sus torturadores: el policía gordo y bruto y su jefe cruel y frío. Ya estamos más que identificados: estamos matriculados con el bueno de la historia y en contra de los malos. En general, sólo habrá buenos y malos. O malos que al final se convertirán en buenos pero nunca al revés. Hablando de malos, va a aparecer el malo más increíble que haya visto en mi larga vida cinéfila, qué digo, en mi larga vida: Prem Kumar, el presentador de un concurso de televisión. Se necesita mucha audacia para proponer algo así. ¿Convertir en malo a Pacheco? ¿A Jota Mario Valencia? ¿A Paulo Laserna? Bueno, no seamos tan localistas: ¿al mismísimo Annil Kapoor, conductor real en la India real del programa real Quién quiere ser millonario? Sí, esa es la increíble propuesta del guionista Simon Beaufoy. Prem, no contento con humillar y burlarse con sevicia de Jamal –el muchacho que vende Té- delante su numerosa teleaudiencia –según entiendo eso no está permitido en la franquicia de ese programa inglés-, quiere destruirlo: es él quien ha llamado a la policía para que a punta de tortura lo haga confesar que hace trampa, que tiene cómplices porque es imposible que un perro de barrio bajo, un pobre analfabeta, sepa todas las respuestas que no han podido responder ni siquiera los doctores que han desfilado por su programa. Lo odia. ¿Por qué razón? La explicación es insólita, contraviene las leyes del éxito televisivo: porque si Jamal gana su fama será opacada y dejará de ser el único pobre que ha triunfado en la televisión. Hasta donde sabíamos, el éxito de un concursante acrecienta el éxito del programa y por ende el de su conductor. Aún más si es pobre e ignorante. Difícil creer que un fabricante de sueños desdeñe de esa manera un sueño realizado.
No nos adelantemos. El ritmo de video clip de esta película es más que suficiente. De los primeros planos de sufrimiento y crueldad en el sórdido calabozo, pasamos al set del concurso Quién quiere ser millonario, un set mundialmente conocido, con su música, con sus planos picados que aterrizan en dos personajes: el que pregunta y el que contesta. Usualmente una persona angustiada y un paternal hombre maduro que lo ayuda, que hace todo lo posible para que gane. Pero aquí no, aquí hay un malvado frente a un joven tierno e imperturbable. Un juez arbitrario frente a un acusado pleno de dignidad. Viene la pregunta sobre un famoso actor de Bollywood. Jamal, rebuscador callejero, no tendría por qué saberla: en su ajustado presupuesto no hay lugar para placeres ociosos como el cine. Sin embargo, lo sabe. Un flash back a su infancia nos dará la explicación. No doy detalles porque hay cochinada de por medio y el que anda entre la miel algo se le pega. Baste decir que en esa escena entendemos la estructura narrativa de la película y su filosofía: cada pregunta tendrá una respuesta en el dolorosa y sufrido pasado de Jamal. Como quien dice, sus conocimientos fueron adquiridos con sangre, en la universidad de la vida. Y cuando la experiencia no da las respuestas, aparecerá el bendito azar, siempre a favor de Jamal. No es que sea un elegido de los dioses, como lo héroes de la mitología. Los dados están marcados a su favor: es pura y física trampa.
No puedo dejar pasar por alto algo que es elocuente en la anterior escena y en las sucesivas vueltas al pasado de la vida de Jamal: el tratamiento de la pobreza. Jamal y su hermano Salim corren presurosos por las calles mugrientas del barrio bajo huyendo de la policía –son niños pobres pero despiertos y vivaces- y de pronto un plano aéreo muestra los techos del suburbio. Una imagen que no carece de belleza. Al fondo de cada toma, siempre hay algo bonito: un atardecer, una luz tenue, un detalle que contrarresta la fealdad. Era forzado que apareciera pero aparece: el Taj Majal, situado a miles de kilómetros de Mumbai. Se ve tan lindo y tan imponente detrás de un basurero. No sé que sienta un indio al ver Slumdog Millionaire pero entiendo que muchos no están muy contentos con la India aquí propuesta. No voy a adentrarme en esos terrenos –tema de otro artículo de nuestra revista- pero no hay que ser muy perspicaz para darse cuenta que esa India es visitada por los ojos de un turista por más burlas que se le hagan a los turistas en una escena en cámara rápida de una obviedad vergonzosa.
Volvamos al melodrama: es redondo. La mamá de Jamal muere a manos de unos fanáticos religiosos. Queda huérfano y cae en poder de un traficante de mendicidad. Salim, el hermano endurecido por los golpes de la vida, lo salva. Pero Latika, el eterno amor de Jamal, cae en las garras de la mafia y de la prostitución, al igual que Salim, quien contribuye a su envilecimiento y se vuelve cómplice de sus carceleros. Es un Caín: a falta de musulmanes e hinduistas, bueno es acudir al cristianismo. No os preocupéis: al final Caín se arrepiente y triunfa el bien. Al millonario e incorruptible Jamal sólo le interesaba el amor de Latika. El dinero no importa: dancemos al mejor estilo de Bollywood. Un gran mensaje espiritual y de esperanza llega desde la India para un mundo en crisis y es record de taquilla y de premios. No tengo nada contra el melodrama y menos si es perfecto y bien filmado. Sólo algo no me cuadra: ¿qué hace una fábula americana de Self made man en la lejana India de castas y de karmas?  ¿Fusión cultural? ¿Mundo globalizado? Tal vez. Ya no hay escapatoria a la uniformidad.

(Este artículo fue publicado inicialmente en la revista Kinetoscopio)

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