Nombre: Man on Wire
Categorías: Drama, Artes marciales, Documental, Fantasía, Basado en hechos reales, Biográfica, Crimen
Director: James Marsh
Año: 2008

Otras reseñas para esta película

Javier Moreno

Man on Wire (2008)

El salto

Tengo quince años de nuevo. La ventana de mi cuarto da a un gran árbol de magnolio. Muchas veces pensé en saltar de la ventana al árbol. No parecía tan lejos. Un metro y tanto apenas, máximo dos. No tendría que impulsarme demasiado para llegar al árbol por pura inercia. Apenas sintiera las ramas frente a mí por puro instinto las abrazaría, no me dejaría caer. Luego bajaría por el tronco con cuidado hasta el patio y me reiría de  mi salto, mi proeza privada. Mi pequeño reto adolescente a la gravedad y la vida.

Nunca lo hice. Y lo peor es que ahora ni el árbol ni la ventana ni la casa existen. Se esfumaron.

Mi familia practica el arte del desapego monacal: dejamos todo atrás.

A mí me cuesta.


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¿Cuál es el antónimo de Arrepentimiento? ¿Satisfacción? ¿Orgullo?

El arrepentimiento es un sentimiento raro porque se basa en el imposible de que podría hacerse algo para reparar lo pasado. No importa, todos lo sentimos tarde que temprano. El opuesto, en cambio, la satisfacción de lo logrado, parece más natural, más anclado a la manera como recorremos la vida, como la pensamos.


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Cada cual carga sus pequeños orgullos. No me acuerdo quién decía que la mejor manera (y la más rápida) de conocer a una persona era preguntarle de qué estaba orgullosa. Tiene razón. Lo he intentado y dice cosas. Dice de dónde vienen y qué quieren, qué los motiva, qué los engrandece. Es lindo escuchar a las personas hablar de lo que son de esa manera, se iluminan. Sin autobiografías complejas. Sin genealogías. Una simple anécdota. Un detalle es suficiente. Estoy orgulloso de lo que hice, de lo que fui, de lo que cargo, de lo que tengo, de lo que he alcanzado. Eso soy.


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Philippe Petit es un tipo orgulloso de hacer lo que se propone. Es un orgullo que lo llena y rebosa. Se le ve en los ojos. Esos ojos dicen que algún día hace más de treinta años vieron algo irrepetible. Algo que ahora es solo suyo. Vieron un abismo y se sostuvieron sobre él como flotando. Y luego dieron vuelta y miraron al cielo, otro abismo todavía más profundo que sin embargo no nos llena del mismo miedo.

¿Por qué no sentimos vértigo al mirar al cielo?


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"Según él, lo que sus amigos de la troupe hacían, eso sí que era aproximarse al misterio del vacío. Estaba tomando, desde hacía ya unos días, clases de equilibrismo y confiaba en aproximarse en profundidad al tema del abismo en cuanto se atreviera a realizar su primera exhibición en público. No tenía miedo de caerse porque el equilibrismo era un arte de vida y no de muerte. Tenía proyectado canalizar todas las fuerzas positivas de esa experiencia —un año en compañía de aquella troupe por toda Europa— para fotografíar el vacío desde lo alto de la cuerda floja. Sería la primera exposición mundial de fotografías hechas sobre el vacío puro y duro. Por fin podría ir más allá de la nada absoluta de sus fotografías. Había llegado la hora de exponer de verdad sus preocupaciones de siempre en torno a la vida que hay después del abismo que sigue a la muerte. El funambulismo era una actividad perfecta porque no necesitaba explicación alguna, se basaba en la emoción de contemplar y fotografiar el vacío, lo que no dejaba de ser una manera muy importante de explorarlo..." —E. Vila-Matas, Exploradores del Abismo


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A los veinticinco años Petit parece un duendecito. Tiene el pelo rojo, la cara colorada y la nariz respingada a punto de despegar. La cara cambia en treinta años pero la expresión es la misma. Parece alegría pero es más. Es algo parecido a la euforia que Petit canaliza y convierte en proyectos imposibles que posteriormente ejecuta, transformando la imposibilidad en... ¿en qué? Recomencemos: Que Petit ejecuta, rompiendo -me repito, qué diablos- el espectro de universos admisibles, reconfigurándolo.

El pequeño Petit destruye mundos y los vuelve a crear a voluntad. Crecen bajo las plantas de sus pies.


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"When I see three oranges, I juggle; when I see two towers, I walk." — Philippe Petit

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Y sin embargo ésta no es una historia feliz. No completamente feliz, al menos. Hay algo en ella que incomoda y perturba. Un grupo de amigos se embarcan en un plan fuera de proporciones, un acto de terrorismo lúdico inimaginable. Y lo llevan a cabo. Lo hacen. Lo logran. No hay duda. Ya verán. Pero al final, cuando se termina, algo se rompe, algo no funciona. La red se deshace, el amor se acaba. Las cosas caen. El cable extendido es un puente que une las torres pero también es el camino para llegar de una vida a otra. Hay ciertas cosas que cambian y no hay manera de dar marcha atrás. Lo que pasó —todos lo sabían— sólo podía pasar una vez.

Y, sí, pasó.


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¿Cómo se llamará la mezcla de arrepentimiento y orgullo?

¿Vacío?


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Escribo esta última postal sentado en el café del piso noventa y cinco del edificio Hancock, en Chicago. Es probablemente el lugar más alto anclado a la tierra en el que jamás estaré. Desde abajo, sin embargo, no parece tan alto. A las tres de la tarde de un miércoles es fácil entrar. Un par de pisos más abajo está la terraza turística. Para llegar a esa hay que pagar. Acá, en cambio, nos sentamos y disfrutamos de la vista sin prisas acompañados de dos coca-colas carísimas pero no tan caras como las entradas al mirador. Vale la pena. Un vidrio grueso es lo que único que nos distancia de una dolorosa caida libre. Aunque le temo a las alturas no me resisto y miro. La ciudad flota y fluye bajo nosotros. Es líquida. Es metálica. Es evidentemente falsa. Me pregunto para qué subimos. Para qué miramos. ¿Para adquirir consciencia de nuestra pequeñez? ¿Para ver lo que ven los dioses? ¿Para abarcar momentáneamente la inmensidad? ¿Para saber lo que dejamos cuando iniciamos el viaje espacial?

Esta tarde, caminaremos junto al lago hacia el norte hasta donde nos den las piernas. Veremos la torre sumergiéndose en la distancia. Contaremos sus ventanas.

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