Nombre: Alvin y las ardillas
Categorías: Comedia, Animación, Artes marciales, Fantasía, Infantil, Basado en hechos reales, Biográfica
Director: Tim Hill
Año: 2008

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Javier Moreno

Alvin y las ardillas (2008)

Basada en hechos reales

Esta es una película infantil. Las películas infantiles hoy en día tienen toda suerte de restricciones temáticas y de tratamiento que las convierten -salvo contadas excepciones- en bodrios idiotizantes imposibles de digerir por alguien que sepa leer con soltura. Este es un crimen -¡sépanlo y denúncienlo!- contra los millones de padres que se ven cada fin de semana y tanto obligados a acompañar a sus hijos a ver la novedad del mes, aunque supongo que parte de la paternidad -esa carrera malagradecida llena de sacrificios en nombre del amor y la preservación de los genes- consiste en aprender a apreciar cosas como esas por su beneficio indirecto en el desarrollo psico-socio-emocional de los niños, o algo así.

Además, nadie nunca dijo que ser padre fuera una tarea fácil.

Ser comentarista de cine (así uno sea un simple aficionado, como es mi caso) exige sacrificios similares. Al no tener hijos, esa es la única manera como puedo explicar por qué vi Alvin y las Ardillas un domingo a las diez de la mañana. Lo hago por ustedes, porque me caen bien, porque lo merecen (y por Mónica, que pidió no ser mencionada en este comentario aunque llevaba casi un año muerta de ganas de verla.)

Lo bueno de Alvin y las Ardillas es que al menos parten de un referente que creo conocer. Esto, por supuesto, no garantiza nada, como lo prueba Transformers, pero me asegura cierta comodidad práctica a la hora de abordar esta versión live-action de la que yo creía era una serie de animación ochentera. Simón, Alvin y Teodoro son viejos conocidos, me gustaran o no. Durante mi infancia de dos canales de televisión y medio (cuando entraba Telecaribe) era difícil evadirlos.

Así que aquí tenemos a mis viejos conocidos: Tres ardillas que cantan como si tuvieran los pulmones constantemente llenos de helio (la película, por cierto, resuelve el dilema de qué pasa con la voz de las ardillas cuando chupan helio de globos inflables). La historia sigue el modelo número 21 de estándares narrativos infantiles, también llamado “La trama de la cosa parlante”. Si no lo conocen, a continuación un resumen: El sujeto X (un perdedor, por lo general) descubre que cierta cosa que no debería hablar habla, o al menos intenta comunicarse de alguna manera. Puede ser un perro, un volkswagen, un computador, la nevera, o tres ardillas chillonas que para colmo cantan. Esto al principio le genera rechazo pero pronto aparece una razón para aceptarlo y aprender incluso a quererlo. Pero nada es fácil así que en algún momento, cuando parece que la vida con esta abominación de la naturaleza es estable, ocurre alguna crisis que separa a X de su cosa parlante y que sirve para que los niños aprendan que nada es gratis y lloren un poco, que siempre es sano. Usualmente esta crisis involucra malentendidos. X tarda tiempo en entender qué fue lo que ocurrió pero cuando lo logra corre en búsqueda de la cosa parlante y debe esforzarse para demostrarle a la cosa que la extraña, que la necesita, que la quiere. Al final de la película la cosa parlante vive con X y ambos son mejores gracias a esa convivencia.

Los críticos destrozaron esta película. Los críticos son particularmente torpes cuando se trata de juzgar cosas como estas porque los cabrones creen que la película es para ellos o para ellos cuando eran niños en el reino de la fantasía adulta y pensaban -pobres ilusos- exactamente igual que como piensan ahora, con sesenta años e incontinencia. Por fortuna, la taquilla viene al rescate y les restriega en la cara a los críticos incontinentes no sé cuántos millones de dólares en su primer fin de semana en cartelera y no sé cuántos otros en el segundo. El éxito entre el público es contundente. La razón es obvia: Un niño de siete años difícilmente se puede resistir ante el prodigio de unas ardillas más o menos realistas que hablan, bailan y cantan. Alvin y las Ardillas es, en ese sentido, una absoluta genialidad.

Y aquí es donde las cosas se complican porque entonces uno empieza a pensar de dónde diablos sale una premisa como esa. Qué hay detrás. Ingenuamente, como les decía, yo creía que Alvin y las Ardillas era un invento televisivo diseñado para mi generación. ¡Error! Esta genialidad nació en 1958, cuando mi mamá estaba aprendiendo a sumar. No sé si a ustedes, pero a mí este descubrimiento me cambió totalmente la idea que tenía de Alvin y las Ardillas, porque una cosa es que esto aparezca a finales de los setenta dentro de la avalancha de animaciones para rellenar de todo tipo de porquería la franja infantil y otra muy distinta que surja magnetofónicamente en 1958 como una idea de un señor que componía canciones que nadie quería cantar. Un señor llamado Ross Bagdasarian.

Bagdasarian era gringo de ascendencia armenia y en alguna de sus canciones había experimentado incluyendo en los coros a un cantante chillón creado grabando su propia voz a la mitad de la velocidad normal y luego duplicándole la velocidad en el reproductor para que sonara al tiempo correcto pero con ese pitido insoportable que luego se convirtió en su sello personal. Si lo piensan, la cosa requería bastante talento. Y si eso requería talento lo que vino después necesitaba mucho más, porque lo que luego hizo Bagdasarian fue inventarse una banda a capella compuesta por tres cantantes desarrollados de la misma manera. No es difícil imaginar cómo concluyó que tenían que ser tres ardillas. Con esas voces, al menos roedores tenían que ser. Así, en un disco de vinilo navideño con ellas como carátula, nacieron Alvin y las Ardillas.

A partir de ahí todo llegó por añadidura. Las ardillas ganaron personalidades distintivas, biografías escuetas y un contexto: David Seville (Bagdasarian in disguise) es un compositor venido a menos que descubre a tres ardillas cantantes (con diferentes tonalidades creadas también por Bagdasarian) y compone para ellas "The Chipmunk Song". Las ardillas se vuelven famosas. Graban varios discos. Ganan premios Grammys. Encarnan en títeres burdos para salir el Show de Ed Sullivan. Seville, no contento con la voz, se toma el cuerpo de Bagdasarian y lo vuelve famoso, reconocible, aplaudido. Pronto llega la primera propuesta para una serie animada que dura hasta que Bagdasarian muere súbitamente en 1972, con solo 53 años, llevándose su voz y las de las ardillas.

Pero las ardillas son inmortales, así que tras una estancia de ocho años en el limbo Ross Bagdasarian Junior las resucita en una nueva serie animada, la que nosotros vimos, y a partir de ahí vuelven los discos y la fama. El tiempo pasa, las ardillas están a punto de cumplir cincuenta años en el negocio y para celebrarlo en 2007 se vuelven animaciones tridimensionales generadas por computador con Seville encarnado por Jason Lee (que a veces es tan bobo). Y lo perturbador de la historia es que - de cierta manera macabra- el modelo número 21 de estándares narrativos infantiles que sigue la película no es muy distante de la anécdota real de Bagdasarian: Alvin y las Ardillas, tras todo este círculo, se convierte en una metáfora bastante aproximada a la realidad de una historia que ocurrió; del triunfo de un tipo desconocido que descubrió que ciertas cosas (esta vez dentro de él) hablaban y pensaban y tenían vida propia, independiente de la suya. Unas cosas que lo volvieron mejor. 

Ahora, esto no quiere decir que nadie tenga que verse Alvin y las Ardillas. Me cuesta recomendarla. La película es digna para los estándares de basura a los que la industria nos tiene acostumbrados pero Jason Lee ni siquiera sabe gritar "¡Alviiiiin!" con naturalidad. Es una película regular pero exitosa que ya anuncia secuela y así asegura la continuación de una historia absurda iniciada en 1958. Una que es imposible de inventarse y que a mí, personalmente, me devuelve un poco de fe en la humanidad. Por eso aplaudo con cariño y admiración a Alvin y las Ardillas. Por eso me paro de la cama y sigo aplaudiendo cuando se termina, como si Bagdasarian me escuchara en la ultratumba. El viejo lo merece, sin duda.

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