Nombre: Sólo un sueño
Categorías: Drama, Basado en una novela, Histórica
Director: Sam Mendes
País: Estados Unidos
Año: 2008

Otras reseñas para esta película

Samuel Castro * * * *

Sólo un sueño (2008)

Escombros de naufragio

“Todos los momentos en que te hice feliz,
son los restos de nuestro amor”.

Los restos de nuestro amor, de Fito Páez

Las peleas deberían doler. Por lo menos las que son reales, las que se dan entre personas que se quieren. Entre gente que se quiso. Pero en general las peleas del cine no se parecen a las de verdad: son cortas, son poco hirientes (la gente se dice cosas como “estúpido” y “perra”) y demasiadas veces terminan a los golpes. Quienes hemos amado sabemos que las peleas más crueles están hechas de palabras; no son los gritos, es lo que se dice a los gritos lo que es capaz de matar al otro, porque es con frases llenas de veneno, con frases largas y frías que escarban en las almas, que podemos tocar lo más doloroso. Por eso al inicio de Revolutionary road, cuando Frank y April empiezan a pelear, las personas en las butacas del teatro se quedan quietas y dejan de parpadear. Así lucha una pareja: con todo ese odio y ese rencor y esa rabia. Con todas esas palabras.  Lo hemos vivido, hemos sido esas parejas. Ver esa pelea es saber desde el comienzo que hay una mano muy segura dirigiendo el timón.

Todo ocurre en los años cincuenta, respetando la época en que transcurren los hechos de la novela de Richard Yates en que se basa la película, pero podría haber pasado ayer, porque el hastío frente a un trabajo que odiamos, la angustia de estar yendo por un camino que no es el de nuestros sueños o la desesperanza, son sensaciones que todos conocemos. Frank y April se encontraron muy jóvenes. Él venía de la guerra y sentía que nada era imposible; ella soñaba con ser una gran actriz y ser “distinta” a los demás (lo único que podríamos extrañar en el excelente guión de Justin Haythe es que nos mostrara un poco más del pasado, algo más del brillo que vieron el uno en el otro siete años atrás). Después de la mutua atracción llegó el embarazo, el matrimonio, la casa en los suburbios (en Revolutionary Road, la calle del nombre original) y esa sensación de asfixia que ahora parece estar matándolos.

Frank y April están cansados. Están cansados de lo que les rodea y están cansados de estar juntos. Sam Mendes, el director de esta extraordinaria película, sabe como muy pocos, de qué manera mostrar el hastío. Nos ha puesto frente a los ojos, a lo largo de su carrera en el cine, las imágenes de un hombre cansado de sí mismo en Belleza americana, de un asesino cansado de huir en Road to perdition, de un joven cansado del desierto y de la guerra en Jarhead. Querer que entendamos ese cansancio de la normalidad, de ese “hueco desesperanzado”, es la razón por la cual la casa de los Wheeler parece una pajarera ideal para aves con las alas recortadas. El motivo de que el cubículo de Frank en el trabajo tenga un aire a pecera. Por eso en algún momento, Mendes decide hacer un paralelo visual entre los dos esposos: mientras ella bota la basura y se siente triste, él se siente como parte de la basura de la modernidad, de esos hombres grises que marchan como borregos en traje. Por eso también el marido se embarca en una aventura de una tarde con una secretaria ingenua, para mantener por un par de horas su aire jactancioso y su seguridad de macho, de “hombre”. La seguridad, la mirada de suficiencia que ya no es capaz de sostenerle a April al llegar a casa.

Pero el drama está en la caída de Prometeo, en el momento en que aún cree que puede alcanzar el sol mientras nosotros, desde el suelo, vemos que sus plumas de cera comienzan a arder. Por eso acompañamos la ilusión momentánea de April cuando tiene la idea de ir a vivir a París, donde ella podrá trabajar y sentirse útil mientras su marido se encuentra a sí mismo. Por la misma razón sonreímos durante la secuencia en que Frank parece brillar sobre los demás, silbando erguido mientras los otros caminan derrotados, cuando se da cuenta de que podrá escapar de todo lo que le rodea. Y podemos apreciar, gracias a una cámara (la del siempre admirable Roger Deakins) que nunca se aleja antes de tiempo, las reacciones que produce la noticia en los personajes secundarios: la envidia en las miradas de los compañeros de oficina, el desconcierto de los vecinos porque sus amigos “interesantes” los abandonan.

La ilusión, sin embargo, dura muy poco, pues April queda embarazada y le da la excusa perfecta a Frank para seguir siendo un cobarde acomodado y aceptar el ascenso que le ofrecen. Para recibir un poco más de lentejas en el plato. Entonces la rabia, el dolor, la ira que se habían escondido bajo la alfombra, aparecen con toda su electricidad, gracias a las brillantes actuaciones (brillantes ambas, no se entiende por qué ninguno está nominado al Oscar) de los protagonistas de esta cinta. Los dos logran contar con sus cuerpos esa parte de las novelas que las películas son incapaces de transmitir: los dramas internos, los pensamientos, las reflexiones. En la mueca de burla, en la risa trágica de Kate Winslet cuando la señora Givings (Kathy Bates) les muestra su casa, entendemos la condena que ella ya vislumbra; en el tono de su voz cuando le pide silencio a su vecino después de un sexo que sólo necesitaba para poder estar sola, apreciamos la verdadera dimensión de su melancolía. Y en los ojos de él, esos ojos llenos de odio al decir ciertas cosas, o de maldad cuando insinúa que April necesita a un siquiatra por querer abortar, están las personas que habitan en todos nosotros: el que se compadece de su suerte, el que quiere castigar a los demás por su propia incapacidad, el que no soporta sus propias mentiras.

Michael Shannon, quien interpreta a John, el hijo de la señora Givings, es el único actor de esta película nominado a los Oscar. Su personaje, un matemático que ha perdido la capacidad de hipocresía que se necesita para vivir en sociedad, actúa como la chispa que hace arder la hoguera, diciéndoles en la cara verdades aún más terribles que las que se han dicho Frank y April en sus peleas. Es él quien les pone delante el espejo y sus palabras son la razón de la carrera desesperada de April (el único momento en que la cámara deja su “normalidad” y se mueve desbocada para perseguirlos) para tratar de huir de una vida que le duele en todo el cuerpo.

Al final, April y Frank parecen haber aceptado su destino. Pero nada es tan sencillo en las películas de Sam Mendes, y una mancha aparece sobre la pulcra superficie de la alfombra. La cera se derrite y el barco, esta vez, realmente se hunde. Y entonces, como en la vida, sólo queda tratar de que duela poquito, de que nuestros hijos no repitan el destino de sus padres, de que bajemos el volumen a la cantaleta insoportable y tratemos de sobrevivir en la isla, con los restos del naufragio que llegan a la playa.

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