Nombre: El nido vacío
Categorías: Comedia dramática
Director: Daniel Burman
País: Argentina
Año: 2008

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Samuel Castro * * ½

El nido vacío (2008)

La madurez soñada

Debe ser terrible que lo comparen a uno con Woody Allen. No porque Allen sea bajito y feo y casi calvo, sino por la carga que esa comparación implica cuando uno es un director de cine. Y eso es lo que le pasa a Daniel Burman casi desde el comienzo de su carrera, cuando algunos medios de su país lo llamaron el Allen argentino. Claro que había puntos en común pues Burman, como el neoyorquino, pertenece a una familia judía, se ha burlado con un negro sentido del humor de las pequeñas miserias de su comunidad, ha construido una filmografía donde siempre hay espacio para una sonrisa y sus personajes centrales suelen ser hombres (la sensibilidad masculina es uno de los temas que casi nadie quiere afrontar) confundidos, asustados con lo que pasa a su alrededor, incómodos. Como cuando Allen se pone frente a las cámaras

Pero eso no basta. Para que a uno lo sigan comparando con Woody se necesita talento y Burman, película tras película, sigue demostrando que lo tiene, cada vez más dueño de la cámara, más preciso en la escritura de sus guiones, más seguro de sus decisiones. Habiendo explorado ya los desencuentros que puede haber entre un joven desorientado y su padre en El abrazo partido, o las angustias de un muchacho que tiene que estrenar la paternidad en Derecho de familia, Burman continúa esta vez con la temida madurez, con ese momento de la vida en que los hijos ya no consultan para tomar sus decisiones, cuando están a punto de irse y afrontar sus propias vidas.

El nido vacío comienza diciéndonos que esa etapa es una época confusa. Para eso utiliza una secuencia inicial brillante, en que los cortes incesantes en edición, los diálogos que se mezclan en un salpicón de chistes malos, insinuaciones sexuales y quejas sociales, los gestos cogidos al vuelo entre el protagonista y su esposa, la mirada que se desvía hacia una mesa cercana donde unas piernas de mujer le llaman la atención, nos describen a un Leonardo, personaje principal, escritor reconocido, que ha llegado sin saber muy bien cómo, a ese punto de su vida. Se siente tan fuera de lugar con los compañeros sociólogos de su esposa que tiene que refugiarse en la conversación con el doctor Sprivak, un personaje que se convertirá en su conciencia con el pasar de los minutos.

Si toda la película fuera como esa secuencia, estaríamos frente a una proeza cinematográfica. Pero Burman mete el freno de mano y escoge una velocidad mucho menos intensa para el desarrollo de la historia. Después de una pataleta del personaje frente al desorden de los hijos en su casa y a la posibilidad de que su hija esté durmiendo con alguien por ahí, la historia da un salto temporal de varios años y nos enteramos de que esos hijos ya no están, de que la casa luce perfectamente organizada, la esposa ha vuelto a la universidad a completar su carrera, su hija se ha casado con un escritor joven y se ha ido a vivir a Israel y el pobre Leonardo no tiene ni idea de qué hacer con todo el tiempo libre que de repente posee.

Gracias a Oscar Martínez, a su exquisita interpretación, sin ninguna truculencia pero llena de matices (como cuando vemos sus ojos que se pierden en la ensoñación mientras elevan un aeromodelo) los siguientes minutos de la película serán un viaje al interior de ese hombre, cuya nueva situación lo ha llenado de inseguridades: no sabe si quiere o no acostarse con otras mujeres, no sabe si sentir celos o no de las viejas y nuevas compañías de su esposa, no sabe si trabajar o no en publicidad para seguir siendo productivo. Aquí Burman pierde un poco la coherencia interna de la película y el guión se enreda con demasiadas situaciones adicionales, como las visitas que hace el matrimonio a un terapista de pareja, graciosas pero salidas de la nada (incluso en un momento abandona a los personajes de la esposa y de la amante sin ninguna justificación) Además empezamos a dudar de qué tan “real” es lo que estamos viendo, cuando aparecen algunos números musicales en medio de la cinta: se le abona a Burman que se atreva a correr riesgos, pero si el objetivo era que la película fuera mejor con ellos, no lo consiguió.

Leonardo es la combinación de muchas personas que conocemos: el intelectual que lleno de falsa modestia quiere que lo respeten por sus ideas; el hombre demasiado tímido como para permitirse la audacia de tener un romance con otra mujer, el padre que no soporta a sus hijos pero que no puede dejar de extrañarlos cuando no están. Esa es la riqueza de El nido vacío, que tiene a un protagonista complejo y creíble, que reúne en sí mismo muchas de las problemáticas que trae la madurez a las vidas de los hombres.

Por fortuna la fuerza y la intensidad del comienzo de la película vuelven a aparecer al final, cuando Leonardo y su esposa viajan a visitar a su hija y a su yerno a Israel. Burman ya no es el director que tenía que llenar sus secuencias con palabras. Aquí son las acciones las que pueblan la historia de significados: la caminata de sus protagonistas por el desierto, el cambio de dueños del aeromodelo, la pareja que nada sin esfuerzo en las aguas del mar Muerto y un gesto de amor que los revela en ese amor maduro que a pesar de todo se mantiene. Con la ayuda de la música de Jorge Drexler, que le calza perfecto a la sensación de melancolía de los minutos finales, Daniel Burman le da un remate esperanzador a su película, recordando que es la voluntad de no aburrirnos lo que realmente se necesita para que la vida no caiga en un marasmo de pantano.

El nido vacío no es una película grandiosa. Pero muere con las botas puestas en el intento de hacer un cine humano, que contando una historia cercana a las vidas de muchas personas, reflexione sobre lo que significa la madurez. No encuentra el balance exacto entre humor y drama, no logra atrapar nuestra atención durante todo su metraje, pero consigue una serie de buenos momentos, un par de diálogos memorables y que la recordemos con cariño un par de días después de verla. Ya sabemos que Daniel Burman no es Woody Allen, pero sigue dejando indicios de que en algún momento él también conseguirá realizar su propia Annie Hall.

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