Nombre: Hace mucho que te quiero
Categorías: Drama
Director: Philippe Claudel
País: Francia
Año: 2009

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Lina M. Céspedes-Báez * * *

Hace mucho que te quiero (2009)

Enigma

Que este ha sido un buen año para Kristin Scott Thomas lo demuestra el beneplácito que ha causado en la crítica su actuación como Arcadina en La Gaviota de Chejov. En efecto, Broadway y sus expertos en teatro la han calificado como una inspirada actriz que merece semejante personaje clásico y que ha hecho de la nueva adaptación de Ian Rickson un hito en la larga lista de puestas en escena de la obra. Asimismo, su actuación en Il y a Longtemps que Je T'aime ha venido a confirmar su versatilidad y su capacidad para transformarse y fundirse con un personaje.

Scott Thomas encarna a Juliette, una mujer que se reencuentra después de quince años con su hermana menor Léa (Elsa Zylberstein) y la familia que ésta ha conformado en ese tiempo, la cual incluye a su esposo, dos hijas adoptadas y un suegro mudo y adicto a los libros. Esos años de ausencia se debieron a que la hermana mayor fue encarcelada por homicidio, de manera que el lapso y la distancia entre las dos han estado marcados por la incomunicación, la negación y el secreto. De esta forma, la película se desarrolla en lo que se podría llamar el “drama del reencuentro” para poner en evidencia la dificultad de reconocer en el otro el que fue, el que se dejó. En esta línea, el filme saca provecho al máximo de la figura sobria de Kristin Scott Thomas, con la idea de permitir que una pose o un silencio hagan más que largos parlamentos que quizá jamás podrían dar una idea de los dilemas que enfrenta el que estuvo encerrado y los que se quedaron afuera con la terrible tarea de seguir la vida.

La primera secuencia impone el tono: Juliette está sentada en la cafetería de un aeropuerto, agarrada a un cigarrillo, mientras mira por una de las ventanas. Es posible verla con poco maquillaje, ropas que denotan que fue hace quince años que abandonó el mundo y que sugieren la ambigüedad que determina la constante duda de si vale la pena recuperarlo. En contraste, su hermana corre con vitalidad por el parqueadero, en un afán netamente mundano por no llegar tarde que se experimenta a través de una cámara al hombro que la persigue con su propio ritmo. El encuentro se produce en la cafetería, donde la cámara estática se impone y la presencia de Scott Thomas supone el fin de la ansiedad y de la agitación externa, porque qué importa esperar unas horas más o menos cuando ha pasado más de una década, qué prisa merece su atención cuando dentro de sí son sus aguas las que están en constante turbulencia. De ahí que sea interesante el apellido que el guionista y director escogió para ella: Fontaine.

Desde el primer momento Juliette es el enigma a descifrar. Con sutileza, el director va dejando ver cuál es la historia que antecede, para ello rodea al personaje principal con pequeños eventos cotidianos que son las aristas y los límites que van delineando su contorno. En medio de esa atmósfera, Scott Thomas saca partido de su cuerpo anguloso y se da el lujo de expresar las complejidades psicológicas del personaje a través de un rostro que domina a la perfección, razón por la cual puede enfrentar secuencias enteras con expresiones neutras o frías, de la misma forma que logra el ademán exacto para el ensimismamiento, dolor, frustración, felicidad apenas aceptada o agradecimiento profundo. En pocas palabras, la actriz logra que la historia y su personaje sean una unidad, motivo por el cual la cinta fluye con la naturalidad de cualquier suceso vital, al que no se asiste, sino en el que más bien se existe. En este sentido, una vez Juliette y Léa cumplen su cita en el aeropuerto, el espectador es obsequiado con esa extraña ofrenda que convierte la ficción en realidad intensa, de ahí los premios (Premio del Jurado del Festival Internacional de Cine de Berlín, European Film Award a la mejor actriz), de ahí que haya sido un buen año para la artista inglesa.

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