Nombre: Quemar después de leer
Categorías: Comedia, Crimen
Director: Varios
Reparto:
País: Estados Unidos
Año: 2008

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Samuel Castro *

Quemar después de leer (2008)

La siesta de los Cohen

Lo dice la frase popular: “Haz fama y échate a dormir”. Y la frase es popular porque describe algo que ocurre en todos los escenarios de la vida (no hay mejor escenario que el cine, por supuesto) y en cualquier lugar del mundo. Cuando un creador (o un artista, si prefieren) consigue el éxito y el favor de la crítica, y además se convierte en un nombre reconocible, en una marca capaz de vender muchas entradas, o muchos afiches o muchos discos, comenzamos a ser condescendientes con sus trabajos menos buenos. Nadie le recuerda nunca a Fernando Gaitán, el exitoso libretista de Café, que él también escribió Guajira. O a Tim Burton que fue él quien filmó ese desastre que fue su visión de El planeta de los simios. Es como si nos diera miedo admitir que la estatua que ubicamos en un alto pedestal se puede ir al piso en cualquier momento. Como si negáramos lo que sabemos por sentido común: todos podemos equivocarnos.

Es lo que ocurre con los Cohen y Burn after reading, su última obra. Para no admitir que es una mala película (o por lo menos una comedia fallida), hay quien trata de endilgarle a la fuerza a la cinta un sentido profundo del que carece (o que tal vez ni siquiera buscaron los directores). Se habla y se habla en distintos medios de su cambio de aire con respecto a No country for old men, de su “sutil” sátira política (que se limita en realidad a que ocurre en Washington y a la profesión de sus personajes), de su inteligencia crítica. Pero cuando nos vamos a los fríos hechos, tenemos que admitir que los Cohen son como los nerdos adolescentes del club de ciencias, que se ríen a carcajadas de chistes que sólo ellos entienden. Peor aún, no es que no comprendamos los chistes: es que no causan gracia. Los Cohen creen que la mejor manera de hacer comedia es permitir que sus actores inventen todo tipo de gestos y manierismos (John Malkovich moviendo las manos cada vez que habla, Brad Pitt bailando como si estuviera haciendo aeróbicos) para que a partir de sus morisquetas nosotros nos riamos: exactamente el mismo sentido del humor de un niño de dos años. ¿Y es ahí donde queremos encontrar profundidad y perspicacia?

La trama es tan estúpida como los personajes que la componen: Linda (Frances McDormand), una empleada de un gimnasio  que pelea con su empresa de salud para lograr una cirugía estética que le brinde el cuerpo con el que se sienta contenta; Osbourne Cox (John Malkovich), un agente de la CIA de segundo nivel, calvo y de mal genio, que es despedido sin razón aparente y que decide escribir sus memorias en medio de su afición al alcohol, sin saber que su esposa Katie (Tilda Swinton) está esculcando en su computador para arrinconarlo en el divorcio y dejarlo sin un peso; Harry Pfarrer (George Clooney), un exagente y excompañero de Osbourne, que es el amante de Katie y que al mismo tiempo conoce a Linda en un servicio virtual de citas, pues su mayor obsesión es el sexo, sin importar con quién lo tenga; y finalmente Chad (Brad Pitt), el compañero de Linda en el gimnasio, quien echa a andar esta farsa con su “extraordinaria idea” de utilizar el disco que se acaban de encontrar en el gimnasio, el disco que contiene parte del libro de Osbourne con datos y nombres clave de los servicios secretos estadounidenses, para sobornarlo y poder conseguir la suma que necesita Linda para su operación.

Si suena absurdo, no se preocupe. Lo es. Digamos que eso no es problema dentro de la coherencia del mundo particular de las cintas de los Cohen. El verdadero inconveniente es que los hermanos más famosos del lado independiente del cine norteamericano han demostrado, una vez más, que lo suyo no es la comedia. Que si en sus dramas bizarros el humor más negro y las situaciones absurdas que causan carcajadas (como el peinado de Javier Bardem en No country for old men por ejemplo) suman tensión y potencia a la trama, en sus comedias recientes (O brother where are thou?, The ladykillers, Intolerable cruelty) parece que algo falló en la sala de máquinas. Tal vez sea que los diálogos suenan muy huecos, que un guión deshilvanado funciona para hacer dramas de seres perdidos pero no para hacer reír, o que, como parece ocurrir, los Cohen a veces hacen películas para que se diviertan únicamente sus actores y no el público.

Porque claro, si algo vale la pena en Burn after reading es lo que consiguen los intérpretes: que George Clooney se vea como una especie de mafioso de segunda en vacaciones (como aquellos personajes de Los Soprano que siempre andaban de sudadera) o que Brad Pitt demuestre cuan buen actor es, con esa mirada perdida, de mariguana en el cerebro, mientras finge la voz para sonar amenazador y se burla de su personaje en Meet Joe Black son espléndidos regalos para sus seguidores, que los ven saliéndose de los moldes en que el mercado los encasilla. El resto es lo que uno espera: Malkovich está enojado como siempre, McDormand está correcta, como casi siempre y Tilda Swinton…, bueno, que Tilda Swinton logre dar miedo con una mirada de enojo ya no es una novedad.

Pero no hay nada más. Sí, hay algunas escenas que si uno las piensa por separado (semanas después de haber visto la película) causan sonrisas, como la de George Clooney corriendo paranoico por un parque, mientras que suena la música de Carter Burwell (un buen compositor de temas inquietantes: lo logra aquí como burla y en En brujas y Antes que el diablo sepa que has muerto completamente en serio) o aquella donde el jefe de la CIA ordena que le informen cuando eso que está pasando, que no saben muy bien qué es en la agencia, tenga algún sentido. El problema es que uno quisiera lo mismo: salirse de la sala de cine y esperar a que un amigo nos llame cuando esa cosa, esa “comedia” de los Cohen que debería, por caridad, tener risas grabadas, tenga algún sentido.

Pero bueno, son los Cohen. Pasa como con todas las cosas que se vuelven de culto: tienen fans que van sólo porque aparece ese apellido en el afiche, porque de vez en cuando los dos hermanos hacen películas memorables (como El hombre que nunca estuvo o Barton Fink) y porque no hay mucho más que ver en la cartelera colombiana. Pero al menos no hay que ir  pensando que se va a ver una profunda crítica a la política norteamericana en clave de comedia. Para eso está Michael Moore, que lo hace mucho mejor. Esperemos que los Cohen en su próxima película ya hayan despertado de su siesta.

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