Nombre: La vida ante sus ojos
Categorías: Drama, Basado en una novela
Director: Vadim Perelman
País: Estados Unidos
Año: 2007

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Samuel Castro * * * ½

La vida ante sus ojos (2007)

Lo que fuimos y lo que seremos

La adolescencia es el momento de la vida en que los caminos se bifurcan. De cuál dirección se escoja dependerá el resto de la existencia. Diana McFee lo sabe bien, se lo dice a su amiga Maureen en un momento de The life before her eyes: “¿cuándo terminará esto?, ¿cuándo comenzaremos a vivir?”. Sólo que la pregunta adquiere una importancia insospechada cuando encerradas en el baño del colegio antes de una clase, las dos amigas escuchan el ruido de personas que corren, gritos de desesperación y ráfagas de ametralladora. Michael Patrick, otro compañero del que todos se burlan en la escuela, irrumpe armado en el baño. El profesor McClood, tendido sobre su propia sangre, desgonzado como una marioneta floja alcanza a verse en el corredor antes de que la puerta se cierre. “No nos mates, por favor”, le ruegan Diana y Maureen. Pero Michael las corrige, no “las” va a matar. Sólo le disparará a una, la cuestión es saber a cuál de ellas. Y como si además de sicópata fuera de repente un villano de caricaturas, las hace escoger, para que decidan quién merece continuar con vida.

¿Se puede sobrevivir a una tragedia como esa y ser la misma persona? ¿Qué cambios puede producir una experiencia así en una adolescente que apenas estaba definiendo su personalidad? La otra Diana que vemos en la película, la que tiene quince años más y que encarna Uma Thurman, es muy distinta. Ahora tiene un hogar estable, un marido que la quiere y una respetable carrera de profesora de historia del arte. Como si la vida se estuviera empeñando en darle una lección, su hija es tan rebelde como ella lo era de joven, con sus mismas ganas de experimentar y rebelarse contra la autoridad. Y Diana se ve en la obligación de repetir también las frases que su propia mamá usaba con ella. A lo largo de la película vamos conociendo a esa mujer que es y a esa mujer que será, de a poquitos, gracias a una narración llena de saltos temporales que van del presente al pasado, con un cuidado y una precisión que hacen pensar en un cuidadoso mecanismo de relojería.

Ese mecanismo está manejado con sabiduría y habilidad por Vadim Perelman, el director ucraniano que hace unos años nos obligó a quedarnos absortos frente a sus imágenes y a la historia que había creado en La casa de arena y niebla, una cinta que comparte con The life before her eyes la sensación de angustia oculta y de tensión permanente. Perelman hace de cada imagen que toma Pawel Edelman, su director de fotografía, una clase de cómo se debe encuadrar; la cinta es hermosa visualmente, ofreciendo momentos inolvidables, como esa secuencia en que las flores del jardín de la Diana adulta sirven de fondo para los créditos de presentación o las tomas en la piscina, que logran describir sin palabras el espíritu libre que vive dentro de Diana. El cuidado formal de la puesta en escena se combina a la perfección tanto con la edición impecable que deja fluir la historia a pesar de los saltos en el tiempo, que podrían haberla hecho confusa, como con una música que pertenece a lo mejor que ha compuesto James Horner en los últimos años.

Perelman tiene claro que ese momento de decisión en el baño del colegio es el punto de quiebre de la vida que nos cuenta. Para subrayarlo, hace que lo vivamos una y otra vez, a lo largo de la película. Su intención es que podamos sentir la desesperación que aquellas dos adolescentes tienen al mirar a la muerte a los ojos. Y lo logra. La primera vez que aparece la escena parece que simplemente estamos viviendo un día terrible en la vida de esas dos amigas. Pero cada vez que vuelve a ocurrir, los espectadores ya no somos los mismos. Hemos recordado lo difícil que puede llegar a ser la adolescencia al ver a Diana experimentando con el sexo y con las drogas, decepcionándose de su primer gran amor, imaginando con despreocupación su futuro. Ahora entendemos lo que perderían esas dos niñas si las balas las atraviesan. Y también hemos podido asomarnos al futuro de Diana, al remordimiento con el que tiene que cargar en cada aniversario de la tragedia, a la angustia por estar viviendo una felicidad que no merecía. Entendemos entonces, por fin, la real trascendencia de ese momento, comprendemos que es el nudo que ata y desata todos los hilos de la trama.

Mención aparte merece la química que se crea entre Diana y Maureen, las dos amigas. Aunque ésta es una católica respetuosa de ciertas convicciones, como la de llegar virgen al matrimonio, los diálogos del guión y la caracterización de ambas actrices, Evan Rachel Wood y Eva Amurri, hacen creíble el profundo lazo de respeto entre ambas jóvenes, entre la liberal y la conservadora. Si esa amistad no fuera tan real, si ambas chicas no lograran agradarnos tanto como personajes, la disyuntiva sobre cuál sobrevive no sería importante. Pero cuando se toman la mano en el baño, sobrecogidas por el miedo, y aún más, al soltarse, porque se dan cuenta de que están a punto de tomar una decisión que las separará, su sufrimiento es el nuestro, es la perfecta metáfora de todo lo que a veces dejamos atrás al tomar una decisión que nos afectará para siempre.

Algunos detalles, sin embargo no permiten que la película sea totalmente redonda: Uma Thurman y Evan Rachel Wood no parecen ser la misma persona, ni siquiera considerando que hayan pasado quince años entre uno y otro momento. Es cierto que ambas actúan bien y que incluso logran imprimirle al personaje que comparten rasgos de carácter similares, pero la incoherencia entre los físicos de las dos actrices complica la experiencia para el espectador. Y el título, a pesar de su belleza, habla demasiado, dice más de lo que debería. Porque todos hemos oído esa frase que pronuncian las personas con experiencias cercanas a la muerte, la de que toda su vida pasa frente a sus ojos. Aquella frase pone de manifiesto desde el comienzo, lo que el guión había sugerido durante toda la película, las piezas de un rompecabezas que los espectadores de la cinta pueden  armar al final, si lo desean. Por fortuna, Perelman ha sabido con The life before her eyes una película que trasciende su propia complejidad narrativa, por lo demás absolutamente necesaria, para crear un drama triste y lleno de dolor, lo que parece ser también su marca de estilo. Un dolor que nos toca a todos porque igual que Diana, vivimos en la incertidumbre de que al final, cuando no quede más arena en el reloj, tengamos que ver con pesar lo que fue nuestra vida, o peor aún, lo que hubiera podido ser de haber tenido más tiempo.

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