Nombre: La revelación
Categorías: Misterio
Director: Joel Schumacher
País: Estados Unidos
Año: 2007

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Pedro Felipe *

La revelación (2007)

Pocas veces una película confirma con tanta contundencia los pronósticos que la preceden, sobre todo cuando estos consisten en señalarla como la peor —o la mejor— película de la temporada, o del año, o del universo.

Cuando vi El número 23 ya sabía que se trataba de una pésima obra. En Rotten Tomatos ocupa un lugar preferencial entre las víctimas de tomatazos olorosos y agusanados, apenas por debajo de la vergonzante Hannibal: El origen del mal. Por otro lado, a su director Joel Schumacher ya le debíamos otras perlas del mal (cine) como Asesinato en 8 milímetros o Batman & Robin.

Ahora bien, no quedé desilusionado. El número 23 es en efecto de lo peor que uno haya  visto. La única explicación para que semejante despropósito llegue a las carteleras es, justamente, la existencia de las carteleras, es decir un sistema comercial (eso no es grave) que no quiere ni puede parar de producir novedades (eso sí es grave). En pocas palabras, es una prueba de que una obra que no interesa ni puede interesar a nadie puede hacerse un lugar en la historia.

El número 23 es pues una excelente noticia para la mediocridad.

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Hace algunos años, un ex amigo estudiante de cine me contó que un excelente profesor les había hecho ver una cinta que brillaba dentro de la selección de obras maestras que habían analizado hasta entonces. Cuando terminó la proyección, ante el silencio de una clase por lo general participativa, tras algunos instantes de tensión el maestro les aclaró que la cinta se caracterizaba por ser mala. Y a continuación pasaron a identificar los parámetros del fiasco.

Aunque García Márquez tiene razón al afirmar que hay que tener cuidado con lo que uno lee (o ve) pues corre el riesgo de terminar imitándolo, me parece que leer o ver de vez en cuando una obra de pésima factura es benigno. No en el sentido médico, pues no creo que un producto artístico pueda matar a nadie (el joven Vila-Matas me disculpará), sino en el sentido pedagógico, pues un compendio de errores puede ayudar a no cometerlos. Si por ejemplo un científico está resuelto a demostrar que el agua no moja, es evidente que le convendrá revisar la bibliografía referente a ese líquido, más conocido como El Preciado.

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El número 23 tiene el defecto de no permitir a los espectadores que no esperan nada de ella el placer de burlarse de sus despropósitos.

Durante toda la cinta los aspectos cómicos de la obra son conjurados mediante hipérboles.

¿Puede uno creer que la sumatoria de los dígitos de la matrícula de un coche —por poner un ejemplo cualquiera— es la cifra que decidirá un destino? Claro, lo dice la Biblia.

¿Es posible unir los inconexos planos narrativos por los que transita el guión? Por supuesto, el protagonista está loco.

¿Puede Jim Carrey actuar en películas "serias"? No, eso sí no.

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¿Lo bueno de la cinta?

Uno. Es muy improbable que vea la luz una eventual El número 24.

Dos. Joel Schumacher no ha vuelto a dirigir largometrajes.

Tres. Cuando la película se acaba, uno nunca vuelve a pensar en ella (a menos que viva en Bogotá y cuente con oferta cinematográfica en la que El número 23 no desentona).

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