Nombre: Smart people
Categorías: Drama, Romance, Comedia dramática
Director: Noam Murro
País: Estados Unidos
Año: 2008

Otras reseñas para esta película

Samuel Castro * *

Smart people (2008)

La infelicidad de la inteligencia

Sí. Es otra familia disfuncional. Otro grupo de personas que parecen vivir en permanente riesgo de ruptura emocional. Como los Hoover que nos entretuvieron tanto en Little Miss Sunshine o los Bergman, que nos despertaban tanta compasión en Una historia de Brooklin (The squid and the whale) o, por supuesto, los Tenenbaum de Wes Anderson. El cine norteamericano, probablemente por la gran influencia de Los Simpson como éxito narrativo, ha encontrado en las familias que no se tratan demasiado bien, que están compuestas por seres extraños y difíciles de descifrar, uno de sus motivos más recurrentes. Tan recurrente que comienza a  cansar. El tema, alguna vez original, se está convirtiendo en un esquema reconocible, como las historias de superación deportiva o las cintas de desastres: sabemos desde el comienzo cómo van a terminar.

No es Smart people la que va a romper el molde. Más cercana a Los excéntricos Tenenbaum que a otros títulos, pues los miembros más importantes de esta  familia, los Wetherhold, también son una especie de genios, la película cuenta la historia de un profesor de literatura inglesa de la universidad Carnegie Mellon, Lawrence, que naufraga a la vista de todos desde que su esposa murió en una depresión permanente, acentuada porque su libro sobre teoría crítica no es interesante para las editoriales. Las cosas no van demasiado bien con sus hijos, pues Lawrence ha olvidado cómo conocerlos, ha perdido el manual de instrucciones de cómo ser un buen padre: James, el mayor, vive en los dormitorios de la universidad y escribe algunos poemas que no tiene intención de mostrarle a su papá; Vanessa es una militante de las juventudes republicanas, de inteligencia feroz, solitaria, autosuficiente y amargada, incapaz de relacionarse con los demás por su afán de superioridad, pero, al mismo tiempo, ansiosa por recibir reconocimiento y afecto.

Para colmo de males, a Lawrence lo visita su hermano adoptivo, Chuck, un bueno para nada, mucho menos “inteligente” que el resto de los Wetherhold (y por lo tanto, más simpático y de mejor humor), que no tiene dónde vivir y que anda sin dinero. Por desgracia para él, Lawrence sufre un accidente que le impide, según las leyes del estado, manejar durante los siguientes seis meses. Así que su Chuck, el hermano incompetente, se convierte en su chofer en ese período, lo que le brinda la excusa perfecta para quedarse en la casa familiar y enseñarle algunas cosas sobre la vida real a su sobrina Vanessa.

Pero como todos los misántropos de las películas pueden cambiar (es más, eso es lo que deseamos, que algo los transforme), a Lawrence le llega su oportunidad de redención vestida de médica y en el cuerpo de la doctora Janet Hartigan, una antigua alumna suya con el suficiente conocimiento acerca de novelas victorianas como para ofrecerle por fin una conversación interesante y la posibilidad de volverse a enamorar. Deberá luchar contra su propia personalidad odiosa y contra la oposición de su hija, si quiere que un destello de humanidad vuelva a iluminar su vida.
 
Si en las películas sólo importara el esfuerzo de los actores, esta sería una gran cinta. Dennis Quaid se permite la posibilidad de ser feo y desagradable, de tener barriga y dejarse la barba, para personificar a un hombre desgraciado e infeliz, escogiendo con acierto el tono de rabia y desesperante distracción de ese profesor que ni siquiera es capaz de memorizar el nombre de sus alumnos. Cuando dice que “alguna vez a los estudiantes les gustó la literatura” no podemos evitar pensar que él también, alguna vez, hace mucho tiempo, sintió ganas de enseñar. Nos compadecemos por todo lo que le pasa, pero al mismo tiempo pensamos que todas las desgracias que le ocurren se las merece. Con Thomas Haden Church (aquel que personificaba a un actor de medio pelo en Entre copas) ocurre lo mismo: un bigote sicótico y un peinado de recién levantado nos hacen creer que Chuck, su personaje, está a cinco centímetros de convertirse en un pordiosero. Pero es ese aire a galgo de la calle el que permite que Vanessa se encariñe (tal vez demasiado, como veremos) con la antítesis de sí misma. Y claro, a Ellen Page le sientan como un guante los papeles de jovencita sabelotodo, aunque en un plan menos informal que en Juno. Hasta Sarah Jessica Parker es capaz de dejar a un lado ese aire a Carrie que la acompaña siempre desde que protagonizó Sex and the city y aquí, en una actuación contenida y sin pretensiones, nos recuerda que sí es una hermosa mujer.

El problema es que los actores solos no hacen una película. Y en Smart people la dirección de Noam Murro no tiene nada distinto  a lo que cualquier director de televisión podría haber hecho. Ni siquiera la fotografía (contrastada y fría, como casi siempre en los films independientes norteamericanos) o el montaje logran diferenciarse. La falta de personalidad en la dirección unida a un guión que aún con buenos diálogos carece de grandes momentos dramáticos, logran que esta cinta no tenga ni una sola escena memorable. Como la medianía no puede llevar a la excelencia y sólo los que toman riesgos se equivocan o aciertan, Smart people se queda a medio camino, desbordada por personajes innecesarios (especialmente el hermano mayor, James, cuya historia ni le quita ni le pone a la película) y por un ritmo que nunca se altera, un vals eterno que va cansando por su monotonía.

Se merecían algo mejor estos personajes. Sobre todo porque, a diferencia de los niños genios excéntricos que adora Wes Anderson, tanto Lawrence como Vanessa Wetherhold son gente con la que podríamos cruzarnos en la calle y no criaturas imposibles, imaginaciones de niños grandes. Gracias a ellos, a sus ojos cansados, a su triste aceptación de una vida que no está a la altura de sus expectativas, Smart people no pasa desapercibida. Porque en el cine se hacen demasiadas películas de imbéciles que triunfan por azar (piensen en cualquiera protagonizada por Adam Sandler) o de triunfadores que jamás han conocido la desgracia, aunque no sepan cuánto es dos más dos. Pero hay muy pocas historias que describan el drama que genera la inteligencia, la soledad del genio que no sabe ser popular. No es un viaje de placer el que propone esta película, pero al menos es un viaje a territorio desconocido: a la tierra de los hombres y las mujeres que aguantan sobre sus hombros, el peso de sus ideas. Porque no es fácil ser listo en un mundo que a veces, parece escrito por analfabetas.