Nombre: Romanzo criminale
Categorías: Policiaca, Política, Basado en una novela, Histórica, Crimen
Director: Michele Placido
País: Italia
Año: 2005

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Samuel Castro * * ½

Romanzo criminale (2005)

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Cuatro niños roban un carro. En la huida tropiezan con una patrulla de la policía que se lanza a perseguirlos. Hay un bache en el camino. El carro se levanta, el timón se entierra en el torso del que conduce. Los muchachitos llegan a un refugio que creen seguro y mientras el más pequeño agoniza por una hemorragia interna, los cuatro escogen los apodos que los acompañarán el resto de la vida, una vida que en ese mismo momento están encaminando hacia el crimen. Uno se llamará Grana (que muere en la cama sin poder acompañar a los demás para huir de la policía); el otro, Libanés, por los cigarrillos que fuma; el tercero Dandy, porque le encantan las mujeres; y el cuarto Freddo, por razones que sólo él conoce.

En ese prólogo de Romanzo Criminale, sabiamente utilizado y desgranado a lo largo de la cinta, se resumen en pocas escenas las personalidades de tres de los grandes personajes de esta historia: Libanés es el líder furioso que queda estropeado de una pierna por su ira y que guardará ese rencor contra la autoridad para siempre, Freddo es el observador de pocas palabras, siempre leal a sus amigos, que no dirá nada que los comprometa más, y Dandy es el cobarde inteligente, el que huye para que no lo atrapen. Cada uno de ellos será el líder de la organización que años después, cuando sean más grandes, más fuertes y más corruptos, se atreverá a enfrentar a la delincuencia organizada de Roma y a convertirse en los nuevos dueños del crimen en las calles de la ciudad eterna.

Romanzo criminale es una historia de mafiosos y como tal no escapa a las convenciones de un subgénero conocido por todos los públicos: hay que contar el surgimiento, el apogeo, la decadencia y la derrota final. No se equivoca Libanés al leer las claves de su destino en las vidas de los césares: los mafiosos son los modernos emperadores, que llegan a ser dueños del mundo ganando batallas imposibles hasta que las traiciones y las puñaladas de cualquier Bruto los aniquilan. Para eso los vemos cada día en películas y series de televisión: para observar a los ícaros que tenemos más a la mano estrellarse, alas derretidas en la espalda, contra las olas del mar. Ese propósito lo cumple a la perfección Romanzo criminale, otra cinta que comprueba el resurgimiento del cine italiano en los últimos años, tan golpeado por la estética de lo falsamente popular que imperó en la primera era Berlusconi. Tal vez la clave sea el dúo de Stefano Rulli y Sandro Petraglia, los guionistas detrás de este proyecto, involucrados también en otras películas que han sido reconocidas por la crítica y por el público de todo el mundo: La mejor juventud, La llave de casa y Mi hermano es hijo único.

Sin embargo, a pesar de las evidentes virtudes de la película, como el afán de que todo se cuente con acciones y no con palabras, el cuidado en la dramaturgia de los diálogos y las actuaciones de sus personajes principales, pareciera que Romanzo criminale no se decide nunca por la película que quiere ser. Si la palabra romance en el título y la mujer en el afiche promocional nos sugieren que algo habrá de amor y de pasiones tormentosas en la historia, los resultados son muy inferiores a lo esperado. Al comienzo parece que la relación  importante será la que entabla Dandy con Patricia, la prostituta de lujo que accede a las presiones de Libanés y de Freddo para dejar su oficio y dedicarse a aparentar ser la gran señora del amigo de ambos, a cambio de la dirección de un prostíbulo fabuloso. Y uno cree que el asunto se pondrá mejor cuando Patricia se involucra con el comisario Scialoja, el policía que tiene como obsesión atrapar a estos bandidos. Pero no. Todo se va diluyendo en medio de la tragedia y otra relación amorosa, la de Freddo y Roberta, ocupa el lugar de atención bajo los reflectores. El problema es que no hay muchas escenas que le permitan a Jasmine Trinca, la actriz que encarna a Roberta, crear un personaje memorable (incluso, por la similitud de sus facciones, a veces se nos confunden Patricia y Roberta) y por eso al final su drama nos importa un pito. Lo peor que puede pasarle a una historia secundaria en una película es ser un estorbo. Y al terminar de ver Romanzo Criminale la sensación es que esas tragedias románticas, además de permitirnos disfrutar maravillosos cuerpos femeninos semidesnudos y aumentar la sensación de machismo que toda película mafiosa tiene, no aportan nada al resto de la trama.

Lo mismo nos pasa con la historia de Italia. No es malo que una película obligue a un mínimo conocimiento de los hechos reales ocurridos en el tiempo que transcurre la película. Pero en este caso, las imágenes documentales que aparecen a lo largo de la cinta, en las que hay fragmentos del cubrimiento periodístico sobre el asesinato de Aldo Moro (incluida la grabación telefónica de los secuestradores entregando su cadáver), el atentado a la estación de tren de Boloña o los hinchas celebrando el campeonato en el mundial del 90, sólo crean confusión y, nuevamente, suman poco al resultado final. Sí, está bien que nos quieran enfatizar que la mafia italiana es sólo un actor con mala prensa en una comedia de títeres cuyos hilos controlan poderes superiores, pero la teoría conspirativa se lleva mucho metraje de Romanzo Criminale para que todo acabe con el monólogo acobardado de un “funcionario de la democracia”, el maestro de marionetas, que presiente la caída del Muro de Berlín y el final de una época. ¿Al final nos estaban contando la historia de cuatro muchachos o de todo un país?

Ese puede ser el principal problema de ésta, la última película del actor y director Michele Placido. Siendo demasiado ambiciosa en sus perspectivas, el formato de la serie televisiva, que permite mayor énfasis en los detalles y en el contexto histórico, le hubiera sentado mejor. Cuando termina uno siente que pasaron demasiadas cosas pero que todo se pudo haber contado en menos tiempo. Siempre que eso ocurre significa que algo le sobró a la receta.

Pero se disfruta Romanzo criminale porque es una película que pierde su camino con dignidad: intenta por todos los medios que sus escenas de acción estén bien filmadas, que sus enredos de cama se vean sensuales, que sus personajes tengan personalidades propias. No lo consigue del todo por ambiciosa, pero nos deja en el intento un puñado de buenos recuerdos, y la crónica de otros mafiosos, que como los nuestros, los de todos, son Judas torpes y crueles, exigiendo los 30 denarios que pagan sus traiciones.

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