Nombre: Satanás
Categorías: Acción, Cine colombiano
Director: Andrés Baiz
Año: 2007

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Pedro Felipe * * * ½

Satanás (2007)

Mala ciudá

¿Por qué una persona se sale de órbita y decide que quienquiera que sea tiene que pagar lo que la vida le debe? Aunque esa interesante cuestión nunca es formulada en la película, tratar de contestarla es una de sus principales virtudes.

Todos los colombianos —y en particular los bogotanos— de más de treinta años recordamos los espantosos hechos que inspiraron el libro de Mario Mendoza, en el cual se basa Satanás. Durante un buen tiempo el temor de que la cinta fuese una recreación amarillista de la masacre me había hecho abstenerme de verla. Y con razón, pues el objeto de la pornomiseria que ha caracterizado a nuestros medios audiovisuales se ha desplazado de nuestra pobreza económica a nuestra total indigencia ética y moral, que no son la misma cosa. Sin embargo, gracias a que varias personas me la recomendaron con insistencia, entre las que destacan otros reseñadores de ochoymedio, decidí vérmela. He quedado muy agradecido.

Satanás es un tríptico: hay tres historias, cada una se desarrolla de manera independiente, y sus intrigas terminan por aunarse al final de la cinta. Pero me parece que los temas del cura y de la muchacha del mercado (por llamar de alguna manera a sus respectivos fragmentos) no hacen más que modular la vedette, es decir la historia de Emilio (el nombre que con buen criterio fue escogido para referirse a C.E. Delgado). ¿Significa eso que la historia está desequilibrada? Por supuesto que sí. Y afortunadamente, pues de haber girado sólo en torno a la figura del asesino la cinta habría sido perfectamente insoportable.

En consecuencia, insisto en que el gran valor de la obra consiste en responder con toda una panoplia de argumentos a la hipotética cuestión enunciada al principio de este texto. Ahora bien, ¿en qué consisten las respuestas que creo haber encontrado?

En primer lugar, la película hace énfasis en que Eliseo es un tipo bastante anodino: cortés, estudioso, de suaves maneras. Pero también nos muestra que en su trivialidad el protagonista es una persona muy estricta, al principio consigo mismo y cada vez más con el resto de las personas. A medida que transcurre la cinta, la tensión entre la frágil estabilidad mental de Eliseo y la "suciedad" del mundo se hace insoportable, de modo tal que sentimientos frecuentes como la envidia, los celos o la inferioridad terminan desembocando en el Odio, así: con mayúscula. Al respecto hay una excelente escena en la que se nos indica con una cuidada serenidad que Eliseo ya ha perdido la calma, a saber: aquella en la que el personaje está en su habitación profundamente fastidiado por los ladridos de un perro, se levanta de su asiento, abre la ventana, saca su arma y entre las gotas de lluvia apunta hacia el animal, quien está por fuera del cuadro; aunque el revolver no es disparado, en la cabeza de Eliseo la relación causal entre las armas y el poder sobre los otros se refuerza hasta el paroxismo.

Por otro lado, la cinta tiene el buen gusto de acercarse a la historia como una masacre sui géneris, pese a que ocurre en el país campeón mundial de asesinatos colectivos. En efecto, en Colombia existen poquísimos casos similares al contado en Satanás, pues a diferencia de los Estados Unidos (en donde estos exabruptos parecen obedecer a una "moda" entre adolescentes, la cual amenaza con convertirse en un problema de salud pública), los asesinatos suelen estar determinados por razones sociales. Sin embargo, en el caso de Eliseo encontramos elementos de nuevo cuño, entre los cuales destaca de lejos el elemento urbano. Si el campo colombiano ha sido en muchas ocasiones el reino del miedo, la ciudad ha sido por lo general un escenario menos franco en el horror, aunque no necesariamente menos intenso. Ahora bien, Satanás se encarga de mostrar —a su manera, claro— la violencia que ejerce sobre sus habitantes la ciudad capital de Colombia. Aunque las agresiones de las que suelen ser víctimas los bogotanos (atracos, cuchilladas, secuestros) no aparecen en la cinta, su director sí que nos confronta con una ciudad a la que le brota una mala hostia titánica por todos sus poros. En la historia de la muchacha del mercado (correctamente protagonizada por Marcel Mar) este parámetro está muy bien esbozado, y en la de Eliseo se termina aterradoramente de desarrollar (no sólo en la escena de la masacre, que por cierto está muy bien llevada). Lo anterior, sin embargo, no significa que nuestra mala ciudá salga mal librada; la Santa fe de Bogotá de Satanás es la más poética que yo haya visto. La distancia con la que es filmada me hizo pensar en la opinión que debe de tener de ella un extranjero bien informado.

Y hablando de extranjeros, creo que haberle otorgado el papel protagónico al mejicano Damián Alcázar es uno de los grandes aciertos del equipo de Satanás. Su dicción, algo forzada, le sienta muy bien al perfeccionismo de Eliseo. Su mirada, que pasa de afable a neutra y de ahí a descolocada, le da una necesaria profundidad. Y su humilde manejo de un espacio que casi siempre tiene que ocupar embebe la atmósfera de una ominosa pequeñez.

La película, sin embargo, no es perfecta. El tema del cura, interpretado con ganas pero sin resultados por Blas Jaramillo, se desarrolla en escenarios que cuando no cuentan con decorados reales resultan poco convincentes. En la historia de Eliseo, por supuesto, encontramos el mismo problema, pero, insisto, la actuación de Alcázar es tan pertinente que a su tema le resbalan esas imperfecciones. Por el contrario, no encuentro ninguna razón válida para que la cinta se llame "Satanás"; a decir verdad me parece que un título tan sexy no hace más que quitarle peso a la obra. Por supuesto, el libro se llama así. Pero, ¿por qué el libro se llama así?

De todas maneras, felicitaciones. Satanás es el mejor trabajo cinematográfico colombiano de los últimos tiempos. Haberla realizado sin banalizar la situación ni insultar los sentimientos de las víctimas y sus familiares, es una delicadeza que no hace más que redundar en su favor.

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