Nombre: La caída
Categorías: Drama
Director: Oliver Hirschbiegel
Año: 2005

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Pedro Felipe * * * *
Mauricio Reina * * * ½

La caída (2005)

Berlín año menos uno

La caída es una película necesaria. La polémica que suscitó el punto de vista adoptado para describir a su protagonista no hace más que confirmar que es indispensable. Tras ser estrenada, muchos críticos se preguntaron si era conveniente mostrar el lado humano de Hitler, y ante tanta ingenuidad cabría preguntarles qué aspecto del dictador debería entonces ser presentado. ¿Sus rasgos marcianos, tal vez? ¿Quizás su lado conceptual? ¿Acaso su costado más bacteriano...?

Ahora bien, el lado humano de Hitler incluye por supuesto sus rasgos más monstruosos. Parafraseando a su admiradísimo Nietzsche (a quien leyó diagonalmente, hay que decirlo), también él era humano, demasiado humano. No cabe duda de que era bastante ridículo, exagerado y patético, pero no mucho más que cualquier otro político. Pero entonces, ¿por qué ese líder es considerado como uno de los seres más nocivos con los que haya tenido que verse la humanidad? (La pregunta es retórica, pero vale la pena contestarla. Porque estableció un estado criminal en el que el robo, la discriminación y sobre todo el asesinato eran la regla. Por haber ordenado el exterminio de millones de personas basado en una pseudociencia blindada a cualquier crítica. Y en fin, por haber desencadenado un conflicto bélico de proporciones sólo vistas en los pasajes más delirantes del Antiguo Testamento).

La caída tiene el inmenso mérito de mostrar cómo fue psicológicamente posible cometer todos esos crímenes sin enloquecerse, o por lo menos sin perder la razón; por desgracia es posible perder el sentido ético sin ser abandonado por el logos. Aunque nos encontramos en el búnker del Führer y ya todo está patéticamente perdido, la locura que se desató en los días precedentes a la caída fue bastante relativa. Sí, los nazis se divertían bajo las bombas, despreciaban la defensa establecida por lo que quedaba del pueblo berlinés, e incluso se reprochaban no haber llevado a cabo una expansión más agresiva (!). Sin embargo, incluso en esos momentos, tanto el Líder de los alemanes como los alemanes del montón (correctamente encarnados por su secretaria) actúan como empleados de la mayor empresa burocrática que haya organizado la humanidad. No cabe duda de que Hitler deseaba la muerte de todas las víctimas de sus ejércitos y cuerpos paramilitares. Pero también es claro que él habría sido incapaz de dispararles en la sien a todos esos niños, jóvenes, mujeres, adolescentes, ancianos, preadolescentes, bebés y hombres que murieron por sus órdenes. Habría sido incapaz, repito, y no sólo por cansancio físico. Asesinando por procuración y presentándose su obra como una simple empresa de "fumigación social", nuestro hombre se evitaba estar confrontado a la humanidad de sus víctimas, en particular a la trascendencia de la mirada, es decir el gesto que paraliza hasta al más aguerrido sicario. No en vano las tareas efectivas de exterminio eran realizadas por los mismísimos prisioneros.

Por otro lado, gracias al papel desempeñado por la secretaria nos damos cuenta de cómo fue posible que un pueblo sofisticado y avanzado (si bien temerariamente humillado por Francia e Inglaterra tras la Primera Guerra Mundial) se hubiese alquilado para llevar a cabo una de las más crueles operaciones de exterminio humano, y sin duda la más eficaz.

Además de ser unos desgraciados (una verdad que se ha repetido hasta la saciedad), los nazis supieron reunir lo mejor de la ciencia y la técnica de su tiempo, poniendo en pie en tiempo récord una economía en ruinas, desarrollando una infraestructura admirable, y dándole a sus seguidores la clara sensación de que el futuro ahora sí estaba trazado. A lo anterior hay que agregar el hecho de que a través del tremebundo Goebbels desarrollaron la propaganda moderna, aplicando prácticas a las que hoy estamos más que acostumbrados, pero que en 1930 tenían toda su carga explosiva. Utilizar el miedo y el odio como instrumentos de manipulación popular; modular las políticas estatales en función de las debilidades de los electores; filtrar cuidadosamente las noticias con el fin de no alarmar a la población, ¿no les suena conocido? Para ser francos, considero que dejar de poner el énfasis en la crueldad nazi para resaltar las herramientas utilizadas para llevar a cabo sus propósitos es indispensable, pues de lo contrario estaremos convencidos de que sus despropósitos fueron cometidos por monstruos, y no por seres algo anodinos que asesinaban cuando no eran buenos padres, cuando no promovían la cultura, cuando no construían impresionantes estadios y autopistas. Parafraseando a Bolaño, recordemos que el asesino es una persona con la que podemos conversar, dar una vuelta, amistarnos y compartir nuestras dichas hasta que, justamente, nos asesina.

Pese a las justas críticas por ciertas distorsiones hollywoodianas —en particular durante las horas subsiguientes a la salida del búnker— la secretaria muestra el paroxismo de la política de ojos vendados de la Alemania nazi, en donde los ciudadanos se fueron adentrando, como quien no quiere la cosa, en las turbias aguas del extremismo, hasta despertarse una mañana con las manos untadas de la sangre, las uñas y los cabellos de quién sabe quién, enterarse de que el ejército soviético está a pocos kilómetros de Berlín y saber que muchos van a morir. Es probable que mi simpatía hacia Traudl Junge se deba a sus palabras al principio o al final de la cinta (no recuerdo con precisión) cuando afirma que no logra perdonarse los años que pasó junto al "siempre amable" Hitler. ¿Por qué? Por haber participado en uno de los mayores horrores de la humanidad sin darse cuenta de que el odio de su jefe al trasformarse en el Führer (como bien se lo señala la ya entonces Frau Hitler), no era una figura retórica ni mucho menos. Una persona que participó —Hannah Arendt ha argumentado  que se debería decir "apoyó", pues se trata de una adulta, joven pero adulta— en esa operación no puede aspirar a la inocencia, aunque jurídicamente no se le pueda imputar gran cosa.

En fin, hay una frase que resume con extraordinaria precisión el momento histórico vivido por los alemanes en 1945. Tras años de considerar al Führer como el origen de la Ley (esa es una de las características definitorias del nazismo), cuando la guerra y el horror —su guerra y su horror— habían cercado a Berlín, al darse vuelta para saber cuál camino tomar en esos momentos aciagos, los alemanes se dieron cuenta de que su Líder estaba confundido... No hay que leer a Lovecraft para imaginar lo que sintieron al saber que se había suicidado.

Por último, hay que señalar que esta cinta le debe enormemente a la canónica actuación de Bruno Ganz. Sólo los papanatas le han visto inconvenientes.

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