Nombre: Funny Games U.S.
Categorías: Terror
Director: Michael Haneke
País: Estados Unidos
Año: 2008

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Jorge Mario Sánchez * * ½

Funny Games U.S. (2008)

Advertencia: esta reseña contiene spoilers. Si no has visto la película y deseas hacerlo, evita su lectura. Gracias.

¡Vaya! Al parecer los psicópatas no necesitan motivaciones. El mal está latente en todos los seres humanos, y podemos acceder a él en cualquier momento, sólo por diversión. Y lo podemos hacer, además, sin preocuparnos por las consecuencias. De todas formas el mundo es un lugar injusto y nuestras vidas dependen del azar, y si hacemos algo malo es probable que salgamos impunes. Eso de que la balanza puede inclinarse en algún momento a favor de las víctimas es un cuento chino.

¡Es más! La ficción imita a la realidad y viceversa. Si vemos un suceso terrible en una película puede efectivamente pasar en la vida real. La violencia en el cine es un reflejo de nuestra propia violencia. Hay asesinos en todas partes. Por supuesto, si contemplamos al victimario torturar a alguien, es posible que, superficialmente, nos pongamos del lado de la víctima, y suframos con ésta… ¿O no? (Porque no faltarán enfermos que disfruten viendo cómo asfixian, persiguen y matan a un niño).

Sigamos reflexionando: Uno de los asesinos de Funny Games (la versión gringa) mira a la cámara dos o tres veces, y le habla directamente al espectador. ¿Quiere esto decir que nosotros, como espectadores, somos también cómplices? ¿Que queremos ver violencia en cine y en televisión, que la disfrutamos, y por lo tanto no somos inocentes ante ella? ¿Que inconscientemente, al pertenecer nosotros a la oprimida clase media de todo el mundo, anhelamos ver cómo torturan física y psicológicamente, y al final matan, a los integrantes de una familia de clase alta por el simple placer de hacerlo? ¿Que en el fondo deseamos que los asesinos sigan con la matanza hasta acabar con todos los veraneantes de aquel lujoso condominio campestre?

Más reflexiones: un director de cine alemán se copia a sí mismo, y hace en Estados Unidos la misma película que filmó una vez en Austria. Las dos tienen incluso el mismo nombre, Funny Games. Al parecer, era necesario que el público norteamericano, con su morbo voraz y creciente, con unos medios que le dan exactamente lo que quiere ver, se mirara el ombligo y pensara sobre su propia violencia. O tal vez el director quería subrayar el hecho de que su película es un artefacto. O quizá sólo buscaba dinero.

En fin, mi punto es que no vale la pena reflexionar demasiado luego de ver una película como Funny Games (la versión gringa), de Michael Haneke. Si lo hacemos, estamos descubriendo que el agua moja, que en verdad el filme no plantea nada nuevo, y que lo hace de una forma obvia. Lo mejor sería tomarla como una pieza de puro entretenimiento muy bien hecha, que nos sacude hasta el tuétano y nos hace, por ejemplo, gritar de júbilo cuando la protagonista mata a uno de los asesinos (sólo para descubrir que estamos siendo engañados, que todo es un truco, que nos hemos involucrado emocionalmente para nada: el asesino vuelve a la vida porque la película es, literalmente, retrocedida por su acompañante). Funny Games tiene varios puntos a su favor: Mantiene la tensión y el suspenso –que van aumentando desde el momento en que notamos que algo va mal con los vecinos de los protagonistas– durante todo el metraje. A pesar del tema que trata, no explota la violencia explícita, como sí lo hacen las series de Hostel o Saw. Cuenta con unos Naomi Watts y Tim Roth estupendos. Casi todo transcurre en el interior de la casa, en la sala o en la cocina, y hay varias tomas largas muy interesantes. La música cacofónica de John Zorn, que oímos tres veces, da en el clavo. Y nos hace saltar del asiento en un par de ocasiones y soltar, para qué negarlo, dos o tres buenas carcajadas.

No es necesario, repito, que hagamos una profunda reflexión moral, que le busquemos un sentido a esas escenas escalofriantes y humillantes (para los personajes y para nosotros, los espectadores), porque Funny Games es amoral y lo grita a los cuatro vientos. Es más, nos restriega en la cara una verdad (también obvia) del cine: éste nos manipula. “Mi película es un artificio”, insiste el director. Entonces, ¿para qué la vamos a tomar en serio? ¿Para qué vamos a profundizar en ella? ¿Por qué no quedarnos en la superficie, en la pura forma, como hacemos, por ejemplo, con Kill Bill o Rambo? Relajémonos y disfrutemos la película, aunque es probable que algún espectador sensible prefiera apagar el DVD y ver el noticiero o la telenovela. Y haría bien.

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