Nombre: El sueño de Casandra
Categorías: Drama
Director: Woody Allen, Kevin Macdonald
Reparto:
País: Estados Unidos
Año: 2007

Otras reseñas para esta película

Samuel Castro * * ½
Javier Moreno * * * *
Jorge Mario Sánchez * * * ½

El sueño de Casandra (2007)

Me gusta el Woody Allen de estos últimos diez años. Me gustaron Sweet and Lowdown, Match Point e incluso Scoop. Hay algo en el viejo Woody –en la maestría de sus diálogos y de su puesta en escena, en su pesimismo e ironía, en su sorprendente productividad, y en el hecho de que ya no tiene que demostrar nada– que lo posiciona todavía entre los mejores cineastas del planeta. Y me parece que Cassandra’s Dream, su obra más reciente (sin contar Vicky Cristina Barcelona, que esperamos sea estrenada pronto en Colombia), tiene poco que envidarle a las mejores de su filmografía.

En el cuento “Me alquilo para soñar”, de García Márquez, uno de los personajes, el poeta Pablo Neruda, inconmovible frente a una conversación sobre sueños premonitorios, dice a sus compañeros de mesa: “Sólo la poesía es clarividente”. Quizá sea esta la premisa de Allen en Cassandra’s Dream: el gran arte, desde los tiempos del teatro griego, ha entendido perfectamente al ser humano, ha desentrañado las profundidades de la vida, ha previsto los horrores en la historia de la humanidad, y nos ha enseñado, como ninguna otra cosa, que nuestra existencia es ante todo trágica.

En una de las escenas del filme, los hermanos Ian y Terry ven una obra de teatro en la que actúa el nuevo amor de Ian. En aquel momento ellos se encuentran ya en la encrucijada que terminará destruyendo sus vidas (tienen que asesinar a un hombre para que su tío rico les dé el dinero que necesitan con urgencia, a pesar de que nunca han hecho nada parecido), pero creen todavía que el futuro les deparará algo brillante, que podrán resolver los problemas que los agobian, que cumplirán sus sueños. Las dos actrices en escena hablan sobre el accidente que tuvo una conocida de ellas, sobre la posibilidad de que dicho accidente hubiese sido en verdad un intento de suicidio. El personaje interpretado por la novia de Ian dice entonces: “Es curioso que la vida se reduzca a esto. La vida no es nada, sino pura ironía”.

En Cassandra’s Dream son pronunciadas varias frases como ésta (típicas de Allen), pero hasta cierto punto los diálogos están despojados de la erudición demasiado evidente que veíamos en sus primeros filmes, teniendo en cuenta que los dos hermanos pertenecen a la clase obrera londinense. Hay también en los diálogos referencias a películas y obras literarias, dobles sentidos y pequeñas pistas que nos van llevando por ese camino sin retorno emprendido por Ian y Terry. Y encontramos aquí y allá reflexiones sobre algunas de las obsesiones del director: la suerte y el destino, el egoísmo, la ambición, el crimen y la culpa, el arte, Dios y la neurosis.

Pero estos diálogos, en vez de agotar, enriquecen la historia, proponen varios niveles de interpretación, y gracias a su correcta dosificación mantienen viva la atención del espectador, lo van predisponiendo poco a poco para la desgracia. Son, por lo tanto, premonitorios, y hasta cierto punto hacen que la película sea un tanto predecible, pero al parecer esto es intencional: “Al final, lo único que cuenta es la familia”, les dice la madre a Ian y a Terry, y luego su tío Howard subraya esto, buscando convencerlos de que asesinen para él. “Vaya, ¿no es genial la vida?”, dice Terry en el primer viaje que hacen en su bote recién comprado, citando un diálogo de Bonnie and Clyde: “dos hermanos pasándola muy bien”; a lo que Ian responde: “Ya sabes cómo terminaron”. “Siempre lo digo: navegar puede ser peligroso”, comenta alguien en un bar. Y en una fiesta el hombre a quien los hermanos piensan despachar se encuentra con ellos y brinda “por la vida”… El destino está escrito, como en toda tragedia griega (¿y como en la vida?), y podemos ver las señales en todas partes.

Cassandra’s Dream es una película agradable y entretenida por muchas razones: la música de Philip Glass, por ejemplo. La construcción de los personajes, los vislumbres que vamos teniendo acerca de su pasado y de aquello que los motiva, sus reacciones y los diálogos que sostienen. Las estupendas actuaciones de los tres protagonistas, Ewan McGregor (Ian), Tom Wilkinson (Howard) y, sobre todo, Colin Farrell (¡Colin Farrell puede actuar!) en el papel de Terry, el personaje más entrañable del filme. Las reflexiones sobre el arte y sobre la forma como se entrelaza con la vida. Las referencias a Dostoievsky, sobre todo a su Crimen y castigo, algo parecido a lo ya visto en otras dos películas de Allen, Match Point y Crímenes y pecados. La tensión y el suspenso muy logrados (recuerdo sobre todo la escalofriante escena en la que los dos hermanos esperan a su víctima en la casa de éste: la llamada telefónica y el mensaje que la anciana madre deja en el contestador automático ponen los pelos de punta); tensión y suspenso que, sin embargo, decaen un poco en la última media hora de metraje. Y el humor casi imperceptible que permea todo.

Ian y Terry son, en general, insensibles al arte y a las “verdades” que éste y que la misma vida les susurra, y por eso son incapaces de entender que las cosas van a terminar muy mal. Es esto lo que Woody Allen nos dice en la película con algo de ironía, e imagino que con una sonrisa en los labios. Luego de cuarenta años escribiendo y dirigiendo, de reflexionar sobre la creación artística, y de toda una vida leyendo toneladas de libros y viendo cientos de películas, el viejo Woody entiende que los seres humanos estamos condenados (igual todos vamos a morir, ¿no?), que no hay salvación posible y que lo mejor que podemos hacer, mientras llega nuestra hora, es reírnos de nuestra propia tragedia. Algo así como mirarnos el ombligo y burlarnos de él.

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