Nombre: Los falsificadores
Categorías: Drama, Política, Basado en hechos reales, Guerra, Basado en una novela, Histórica
Director: Stefan Ruzowitzky
País: Austria
Año: 2008

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Samuel Castro * * *

Los falsificadores (2008)

La zona gris

Sí y no. Sí es otra película más sobre la Segunda Guerra Mundial y es, una vez más, una cinta donde nos cuentan lo horrible que fue la vida de los judíos encerrados en los campos de concentración y lo terribles que fueron los nazis (claro que así fue, nadie lo duda, pero si todos lo sabemos, ¿es necesario que sigamos viendo lo mismo una y otra vez?) y el drama de los pobres seres humanos que tuvieron que padecer aquellos tiempos. Pero no es sólo OTRA película sobre la Segunda Guerra, porque, por fortuna, hay algo original en ella. Los falsificadores tiene, por lo menos, la ventaja de contar una historia distinta, dentro de las convenciones narrativas que ya conocemos: los detalles de la Operación Bernhard, una iniciativa del Reich que buscaba inundar las calles de Gran Bretaña y Estados Unidos con moneda falsa, de tal manera que la economía de los Aliados se derrumbara y eso obligara a aquellos países a salir de la guerra e impulsara el triunfo de Hitler. El problema fundamental era que los grandes falsificadores y expertos tipógrafos que se necesitaban para aquella operación eran judíos, así que fue necesario juntarlos a todos en unas instalaciones especiales en el campo de concentración de Sachsenhausen y brindarles ciertas comodidades (nadie se puede concentrar en un trabajo que es casi un arte si está mal alimentado y es un cadáver ambulante) para obtener resultados.

La historia se narra desde la perspectiva de Salomón Sorowitsch, más conocido como Sally, el mejor falsificador de su época, amante del lujo, el derroche y las mujeres bellas. Lo vemos al comienzo de la película en Montecarlo, gastando a manos llenas mientras escuchamos “Mano a mano”, aquel tango con música de Gardel que dice “Nada debo agradecerte, mano a mano hemos quedado, no me importa lo que has hecho, lo que hacés, ni lo que harás”; y aunque la letra no se escuche en la versión instrumental de la banda sonora (varios tangos suenan en la película, sumergiéndola en un aire de melancolía inclemente que la beneficia) la elección no puede ser casual: eso es lo que está haciendo Sally, tomándose un desquite con la vida, diciéndole que está bien, que lo acepta, que ahora, libre y todavía entero, ha quedado a paz y salvo con el destino. Sin embargo, algo parecido a la culpa (parecido, no exactamente igual) le impide disfrutar del todo su nueva situación.

Y los recuerdos se convierten en el motor de la historia, que nos lleva a verlo años atrás, cuando todo empezó, apresado por el policía de la S.S. Friedrich Herzog, defendiéndose como el criminal inteligente que es frente a las pequeñas violencias que ejercen entre sí sus compañeros (primera pista de que la historia no es tan predecible, aquí no todos los judíos son unas mansas palomas) y sobreviviendo sin que le importen lo que digan, consiguiendo con su talento para la pintura, tiempo de vida, lo único que les queda a los que ya no tienen esperanza. Pero la operación Bernhard se pone en marcha, Herzog está a cargo, y Sally es trasladado para que se encargue personalmente de las dos falsificaciones más difíciles: la libra y el dólar. En el camino conocerá a Adolf Burger, su antítesis: un tipo con ideales, que cree en la lealtad y en la justicia, que considera un crimen el hecho de que estén ayudando a los nazis y que se convierte en la conciencia moral de todos, incluido Sally (y quien es el sobreviviente real del libro en el que se basa la película). A éste, no le importa mucho lo que hagan los alemanes con el dinero que produce, pues ha tomado el proyecto como un reto personal, como su obra maestra. Pero incluso un criminal como él entiende que hay algo parecido a la ética (parecido, no exactamente igual) que lo obliga a aceptar que Burger tiene algo de razón, y a andar por la cuerda floja todo el tiempo, buscando complacer a los alemanes para que les permitan seguir viviendo en ese oasis de tranquilidad que es su campamento, pero alargando el éxito de la empresa todo lo que pueda, para no ayudar a fortalecer al nazismo.

Habrá, por supuesto, más personajes en la historia. Grave error del director, Stefan Ruzowitzky, teniendo en cuenta que cuando Karl Markovics aparece en pantalla encarnando a Sally, con ese rostro que parece haberlo visto todo, la cinta alcanza notas fascinantes. Pero esta no es la película más original, y habrá que soportar —sí, parece un comentario despiadado pero es la verdad— las consabidas historias del hombre que perdió a su familia en Auschwitz, el jovencito en la flor de la vida que se enferma para ser sacrificado injustamente y del militar cruel y sin corazón. Cuando juega al cliché, Los falsificadores pierde: otros lo han mostrado antes y lo han hecho mejor. Sale airosa, sin embargo, cuando se decide por el lado menos luminoso, por la zona gris de la historia: la que muestra a sus mismos compañeros judíos del campamento golpeando a Burguer por su idealismo terco que a nadie le importa, la que muestra a esos judíos felices, sin escrúpulos ante la posibilidad de dormir en camas cómodas. No se olvida con facilidad la secuencia en que, terminada ya la guerra y con los alemanes huyendo, los otros judíos, que no tenían las comodidades de los falsificadores, dudan por un momento si lo mejor no será matar a esos miserables que no sufrieron como ellos.

En la parte de realización el balance de Los falsificadores tampoco es perfecto. Nada peor que una cámara en mano cuando no es necesario. ¿Qué le aporta a una narración que casi nunca vive secuencias de acción o que se desarrolla en muy pocas locaciones? Pero si la dirección de cámaras no funciona, la fotografía de Benedict Neuenfels es maravillosa, como si alguien le hubiera dado a la película un baño en sales de plata, consiguiendo un brillo frío y metálico  y una acentuación de los tonos oscuros, que se percibe en todas las imágenes. El gris de la historia también se puede ver en la pantalla.

El resultado, al final, es satisfactorio —lo que no es excusa para la Academia, que le dio el Oscar a mejor película extranjera a Los falsificadores sin tener en cuenta, por ejemplo, a 4 meses, 3 semanas y 2 días, muy superior—, pues a pesar de algunas inconsistencias en el guión (¿por qué si era tan inteligente, Herzog esconde los dólares que ha acumulado para su huída en el campo de concentración y no en su casa?) nos preocupamos por Sally y lo entendemos cuando triste, baila un tango en una playa desierta. Él no es un judío cualquiera, es un paria incluso entre los suyos y por eso se convierte en el antihéroe perfecto: casi como cualquiera, lo único que desea es salvar su pellejo y evitar que el destino lo derribe. Conseguir que la vida no lo trate, “como juega el gato maula, con el mísero ratón”.

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