Nombre: Padre nuestro
Categorías: Drama
Director: Christopher Zalla
País: Estados Unidos
Año: 2007

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Nicolás Mendoza * *

Padre nuestro (2007)

New York, New York

Llegar a Nueva York es un tema recurrente en el cine. Todas las culturas han llevado esta experiencia a la pantalla  tal vez como una manera de legitimar su presencia en Estados Unidos, una especie rito de iniciación obligatorio para unirse al club América. Como en todo rito iniciático, hay que sufrir. Desde el pequeño Vito Corleone pasando cuarentena solitario en la isla Ellis hasta el mismísimo Superman, el inmigrante siempre tiene que agachar la cabeza primero. Es parte del ritual. Tal vez la mejor película que se ha hecho sobre llegar a la gran manzana es Vaquero de Medianoche (John Schlesinger, 1969) donde  el inmigrante es precisamente un norteamericano. Vaquero de Medianoche establece temas que todavía se repiten: pequeños espacios decadentes, comercio sexual, amigos de los que es mejor no fiarse, y la inocencia empeñada a una ciudad usurera que te exprime pero no te deja morir.

Sangre de mi Sangre vuelve sobre el tema, solo que con dos jóvenes mexicanos. Al llegar a Nueva York con poco más que una maleta cada uno debe arreglárselas para sobrevivir. Cuando vemos la escena obligatoria en que Pedro se detiene asombrado a contemplar los edificios de Manhattan desde la otra orilla, es inevitable pensar “Bueno, aquí vamos otra vez”. Recorren calles oscuras, son engañados, pasan hambre, se prostituyen y roban. También hay momentos de felicidad. Apoyada en una actuación sobresaliente (la de Armando Hernández como Juan, el impostor), Sangre de mi Sangre intenta desviar la atención hacia un conflicto familiar (de ahí el título).  La temática de los inmigrantes compite con éste otro drama paralelo pero los dos ejes se quedan a medio camino. Nos quedamos con un novelón mexicano por un lado y con la historia estandarizada de inmigrantes por el otro.

Sangre de mi Sangre propone una Nueva York oscura e inhóspita (como manda el género) que al menos es mucho más creíble que la retocada versión de Simón Brand en Paraíso Travel. Las dos películas tienen suficientes cosas en común como para preguntarse si quizás hay un subgénero del inmigrante latino, que tiene sus propias reglas. Parece como si por decreto tuvieran que existir una cocina de restaurante como punto de llegada y una escena de amigos en un burdel que consolida amistades recién nacidas. Las dos películas ponen al protagonista a buscar al otro, perdido al llegar, y cuando alguien los está persiguiendo suenan tambores para más emoción.

Salvo por la variación del intercambio de identidad entre los protagonistas, la película repite la misma historia que se ha contado desde hace cuarenta años. Contar lo mismo no es necesariamente malo, pero el que lo hace debe superar lo que ya se ha hecho o aportar algo nuevo para justificar el esfuerzo. Al final, queda la sensación de que la película no era necesaria porque cuando no está mostrando escenas que ya hemos visto, está contándonos una anécdota que parece desgarradora pero que también ha sido contada mil veces. Las botas de Jon Voight siguen siendo de lejos las que mejor nos han mostrado lo que implica llegar a Nueva York sin saber a dónde llegar.

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 Reseña publicada originalmente en Revista Arcadia

 www.revistaarcadia.com

 

 nicolasmendo@gmail.com

 

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