Nombre: Juego de niños
Categorías: Drama, Fantasía, Romance, Comedia dramática
Director: Yann Samuell
País: Francia
Año: 2003

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Samuel Castro * *

Juego de niños (2003)

¿La verdad o se atreve?

No sabía Jean-Pierre Jeunet, cuando estrenó Amélie en abril de 2001, todo el mal y todo el bien que habría de hacer con esa película entre los cineastas del planeta. No muchos habían visto su filmografía previa (donde se destacaban películas valiosas como Delicatessen o La ciudad de los niños perdidos) aunque fue su particular estilo, arriesgado en lo visual e innovador en lo narrativo, lo que hizo que los productores de Hollywood lo ficharan para dirigir Alien: Resurrection. Después de aquella experiencia traumática, Jeunet volvió a Francia y lanzó ese tremendo batacazo mundial de crítica y taquilla que fue Amélie. Medio mundo disfrutó con aquella historia dulce y con una pequeña nota de maldad inocente, que combinaba fantasía desmedida con romance rosa y humor corrosivo, explorando y explotando las posibilidades del color en escenarios recargados y luminosos. Amélie tenía una propuesta estética convertida casi en una marca reconocible, que se replicó en centenares de piezas publicitarias y que aún sigue vigente, como lo demuestra esa combinación entre Jeunet y Tim Burton que es la serie norteamericana Pushing daisies.

Cuando se ve Juego de niños, una cinta francesa que llega a nuestras pantallas con cinco años de retraso, tal vez porque su protagonista es la hermosa (y aquí sí se aprecia) Marion Cotillard, ganadora del Oscar a mejor actriz por La vida en rosa, resulta inevitable pensar en Amélie. Ahí están otra vez un grupo de adultos marcados para siempre por su infancia y por sus padres; está esa paleta de color en la que parece que a alguien se le derramaron las témperas e incluso los juegos de la fantasía, que aquí se convierten en elaboradas secuencias de animación, imitando escenarios de cartón y teatrinos de títeres que parodian incluso al Paraíso de la Biblia. Yann Samuel, el director y coguionista de la película, conoce y usa perfectamente todos los trucos visuales de Jeunet: cámaras que se aceleran y frenan de repente, pasos del tiempo abruptos, cámaras que entran por las ventanas de las casas para contarnos la intimidad de los personajes, e incluso sucesos “mágicos” que ocurren inesperadamente.

Sin embargo, Juego de niños NO ES Amélie. Principalmente porque Yann Samuell no es Jean-Pierre Jeunet y porque en el guión de esta película la ingenua y deliciosa maldad de todos los personajes de Amélie se ha convertido en una locura sin sentido, que sucede evadiendo toda coherencia, simplemente porque al guionista se le da la gana, sin guardar un mínimo de verosimilitud (que no es lo mismo que realismo). Aunque Amélie era loca, también era lógica: sus decisiones eran perfectamente aceptables para lo que conocíamos del personaje. Pero en Juego de niños, un par de protagonistas que aparentan tener buenos sentimientos, se convierten en unos malos retorcidos y peligrosos. Sin razón alguna. Porque sí.

Julien, un niño fantasioso  que sufre porque su mamá va a morir de cáncer y porque su papá es un absoluto cascarrabias, que lo culpa irracionalmente por la enfermedad de su esposa, defiende un día a la pequeña Sophie Kowalsky, la hija de unos inmigrantes polacos de la que se burlan todos los niños crueles (¿”niños crueles” es una redundancia?) del colegio. Ese gesto heroico y el regalo de un tarro con forma de carrusel, sellará una amistad y un juego infantil del que no podrán escapar de ahora en adelante: cada vez que uno de los dos le entregue el tarro a otro, éste deberá cumplir con la penitencia que el primero lo ponga. Una especie de “la verdad o se atreve” donde sólo vale la segunda opción. La relación entre Sophie y Julien es intensa, y la sociedad en la que viven comienza a separarlos a las malas porque no soporta su brusca espontaneidad y su poco respeto por las normas. Pero ellos se las arreglarán para continuar con su juego mientras crecen.

Es muy claro para quienes ven la película que los dos protagonistas, ya jóvenes, se adoran. Pero el juego los ha contaminado y, como si vivieran en un perpetuo berrinche, ya no son capaces de quererse sin apuñalarse. Él se cree muy gracioso haciendo que ella lo bese y abrace apasionadamente, sin darse cuenta de que para ella aquel beso es distinto, significó “algo”. Traicionada en lo más íntimo por Julien, Sophie lo reta al decirle que él jamás será capaz de herirla de verdad. Pasan los años pero él, con una crueldad que hace a los espectadores exclamar aterrados, consigue herirla en lo más hondo (en una de las mejores escenas de la película) y el juego se descarrila hacia posibilidades cada vez más terribles. ¿Por qué lo hacen? Nadie lo sabe. ¿Qué los ha convertido en esos seres sin piedad? Nada hasta donde nos lo cuenta la película. ¿Por qué entonces deberíamos creer en esa historia? Nuevamente la respuesta parece ser “porque sí”.

En un salto sin lógica, pues acaban de vivir una serie de experiencias muy intensas juntos, de repente hemos avanzado en el tiempo y tanto Julien como Sophie tienen sus vidas muy definidas. Parecen adultos responsables y maduros que saben lo que hacen. El problema es que con sus parejas perfectamente construidas (aquí la película se enreda con depresiones que causa en los adultos la rutina, para justificar el afán de adrenalina) sólo desean continuar con ese juego hasta las últimas consecuencias, y lo que había empezado como una comedia dulce, se convierte en un drama trágico que trata de remediar todo con un final ambiguo sacado del sombrero de copa de un mago.

Hay muchas cosas buenas en Juego de niños. Visualmente es impecable y propone algunas tomas (ellos abrazados bajo la lluvia) y algunos momentos (cuando Julien se quita los pantalones para invitarla a salir) realmente llamativos. Pero donde Amélie era capaz de atar todos los cabos y cerrar todas las historias esta cinta se queda corta: ¿al final qué importaba todo lo que nos contaron sobre el futbolista esposo de Sophie, o sobre la mamá y el papá de Julien? Donde Amelie lograba combinar con éxito el drama romántico y la comedia cruel, Juego de niños no sabe cómo hacer la mezcla, y los grumos se sienten: los mismos personajes que nos caían bien de repente nos parecen maníacos y antipáticos, a pesar de las tremendas actuaciones de Cotillard y de Guillaume Caunet.

Por eso Jeunet también le hizo un gran mal al cine cuando creo Amélie: ahora debemos soportar a imitadores que, incluso siendo buenos alumnos, no están a su altura.

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