Nombre: 4 meses, 3 semanas y 2 días
Categorías: Drama, Comedia
Director: Cristian Mungiu
País: Rumania
Año: 2007

Otras reseñas para esta película

Samuel Castro * * * *
Nicolás Mendoza * * * ½
Jorge Mario Sánchez * * * *

4 meses, 3 semanas y 2 días (2007)

La tragedia de la vida diaria

Al ver 4 meses, 3 semanas y 2 días hay en nosotros una sensación de excesiva normalidad, de que lo que se nos muestra ocurre todos los días, en cualquier parte del mundo. Somos espectadores “ideales” de los hechos, estamos presentes en medio de la acción, atentos a cada gesto de los personajes, a ciertos detalles que nos revelan sus conflictos internos. Nuestra mirada recorre con familiaridad los espacios donde ellos se desenvuelven. Nos encontramos ahí como si estuviéramos viviendo el mismo drama de Otilia y Gabita, como si las conociéramos desde siempre, como si nos importaran. Y vaya si el filme logra que nos importen.

Asistimos, sobre todo, a una tragedia, y al avanzar la película nos vamos dando cuenta de ello. Es una tragedia que nos duele porque nos preocupamos por ellas, por Otilia y por Gabita, y nos duele tener que recorrer con ellas ese vía crucis. Gabita va a practicarse un aborto ilegal en la Rumania comunista, pero ella es tan pasiva y frágil que tiene que ser Otilia, su compañera de habitación, quien organice todo. Y a pesar del entusiasmo y la recursividad de Otilia las cosas parecen siempre a punto de salir mal: todo es sospecha y paranoia en ese régimen opresivo (los cigarrillos, por ejemplo, sólo se consiguen en el mercado negro, y prácticamente para todo hay que presentar el carnet de identidad). Siempre estamos, junto a ellas, al borde del abismo, esperando lo peor pero rogando que todo salga bien.

Y será Otilia quien, con su sacrificio y su evidente amor por Gabita, sea testigo, en menos de veinticuatro horas, de su propia transformación. Son este tipo de accidentes, de eventos desafortunados (un embarazo no deseado, por ejemplo, o una frase dicha a destiempo), los que cambian radicalmente nuestras vidas y nos hacen entender la fragilidad de todo lo que nos rodea, de la existencia que llevamos, de nuestros sueños, de nuestras relaciones sentimentales. El peligro acecha siempre. Justo cuando nos sentimos más seguros algo inesperado ocurre, algo que nos transforma y hace que veamos el mundo con otros ojos, y no tenemos otra opción que seguir adelante.

La película está construida con planos muy largos, generalmente en espacios cerrados (por ejemplo, la habitación de hotel donde se va a practicar el aborto), con una cámara que nos va revelando y ocultando a un tiempo información, como si algunas veces nos adentráramos en la personalidad de Otilia escrutando su rostro, y otras veces prefiriéramos no ver lo que ocurre y no involucrarnos demasiado en la intimidad de esas personas (sin embargo, estamos tan cerca que oímos o intuimos aquello que no vemos). La tensión, que es constante durante todo el metraje, se logra con la meditada construcción de las escenas y las excelentes actuaciones, sobre todo de la protagonista, Anamaria Marinca (Otilia). No hay banda sonora, lo que acentúa la inmediatez de lo que observamos; las escenas nos involucran sin necesidad de efectismos.

La película, además, evita una posición política o ideológica definitiva en su discurso, y todo juicio moral dependerá de nosotros, los espectadores. Pero para ello necesitamos ver ciertas cosas, así no queramos. Por ejemplo, poco antes del final nos enfrentamos a una toma larga y dolorosa de algo en el piso del baño, y esta imagen y el diálogo que sigue nos hacen cuestionar nuestro juicio previo sobra la decisión tomada por Gabita y Otilia. Era necesario, sin duda, ¿pero a qué costo? Esta escena hace que la película adquiera una dimensión mucho más profunda, y que nos plantee incluso preguntas del tipo: ¿dónde está la vida, en qué consiste?; ¿qué carajos somos en verdad?

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