Nombre: Shortbus
Categorías: Drama, Comedia, Erótico, Basado en hechos reales, Comedia romántica, Romance, Comedia dramática
Director: John Cameron Mitchell
País: Estados Unidos
Año: 2006

Otras reseñas para esta película

Nicolás Mendoza *
Javier Moreno * * * *

Shortbus (2006)

La Pesadilla de Foucault
La cultura norteamericana es un poco rara. Hace poco vi un programa en cable en el que mostraban una reproducción del David de Miguel Ángel, y los genitales aparecían pixelados. Cuando se trata de sexo se complican la vida, y Shortbus, la segunda película de John Cameron Mitchell, es una más de esas cosas incomprensibles que la cultura gringa ha parido alrededor de la sexualidad.

La película comienza estrepitosamente con una escena en la que se ven los protagonistas, en sus respectivas viviendas neoyorquinas, entregados a diferentes actividades sexuales: una vehemente pareja explora posiciones acrobáticas, un joven recibe latigazos, y otro más se contorsiona hasta practicarse sexo oral a sí mismo y eyacula en su propia boca. Hasta ahí la cosa pintaba interesante, fuerte, atrevida. Un comienzo así nos llena de preguntas. ¿Quiénes son estos personajes? ¿A dónde va a llevarnos todo esto? ¿Por qué lo hacen? Poco a poco nos vamos dando cuenta, de que sólo hay una respuesta: porque sí. Toda la película es más de eso y nada más que más de eso.

Lo que ocurre es que aunque la película nos muestra a los personajes en todo tipo de posiciones y combinaciones sexuales, sus problemáticas son tan babosas como los fluidos que intercambian, y el interés se pierde de inmediato. El conflicto de la protagonista principal es que nunca ha podido tener un orgasmo. En serio: ese es el gran problema en Shortbus. Todos los personajes son igualmente unidimensionales; el joven que quiere suicidarse porque no ha sido capaz de dejarse penetrar por su novio (o por lo menos eso me pareció entender) o la dominatriz que añora un poco de romance. Con estos “conflictos” tan infinitamente triviales, es imposible no terminar aburriéndose a pesar de que las fuertes escenas sexuales van una tras otra hasta el final. Nunca antes había sido tan poco excitante ver sexo en cine.

En su libro de 1976, La Voluntad de Saber, Michel Foucault propuso la idea de que la proliferación de discursos alrededor del sexo (refiriéndose a terapistas, sexólogos, pornógrafos, etc.) es la más sofisticada forma de represión de la sexualidad individual, llevada a cabo a través de la cultura misma. Esta idea inquietante contradice la noción generalizada de que el gran destape sexual del siglo XX es signo de una sociedad que ha encontrado la libertad. Si todo se ha dicho, si todo está al descubierto, hemos mostrado todas nuestras cartas y nos tienen en sus manos. Tener qué ocultar, en Foucault, es bueno. Hay una escena incómoda en Shortbus, en la que Sofía, la protagonista, entra a una salita donde hay unas cinco mujeres. Les confiesa que nunca ha tenido un orgasmo, y ellas empiezan a relatar por turnos qué se siente. “Yo siento que por un instante dejo de estar sola” dice una, “Es como si pasara por tu ser toda la energía del planeta”, dice la siguiente. Este mismo discurso ingenuo atraviesa la película de arriba a abajo. John Cameron Mitchell parece creer que escucharlo (y verlo) es la manera de abrirle a los espectadores las puertas de una libertad que no conocen. No leyó a Foucault. Es lo contrario; aburre, incomoda, y nos recuerda lo estética que es la discreción, el delicado placer del silencio.

Sin embargo, en mi opinión, todo lo anterior es poco al lado de lo pretenciosa que es la película. Todo en Shortbus es “artístico” en el sentido más indignante de la palabra. La dominatriz sadomasoquista anda con una cámara polaroid, y toma fotografías callejeras que interviene con un lápiz antes de que se terminen de desarrollar. ¿Por qué? Porque eso es “artístico”. El gay depresivo que está haciendo una “película” sobre si mismo intenta suicidarse ante su videocámara. ¿Por qué? Porque eso es “artístico”. Alguien eyacula sobre una pintura de Jackson Pollock y el semen se mimetiza en el cuadro lleno de pintura chorreada. ¿Por qué? Porque eso es “artístico”. El vestuario, la música, los diálogos… todo es así, “artístico”. El tedio se convierte en rabia ante la maldad subyacente de una película que en últimas lo que hace es desinformar al público, reforzando la idea venenosa de que el arte no es sino un adorno que sirve bien para poner aquí y allí cuando se quiere disimular que las cosas están mal hechas.

Hace poco leí a alguno de los colaboradores de Arcadia animando a sus lectores a ir a ver la película que estaba reseñando. Yo voy a recomendar a quienes leen esto que no vean Shortbus, no vale la pena porque es aburrida, tonta, pretenciosa y de mal gusto. 




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Reseña publicada originalmente en Revista Arcadia

http://www.revistaarcadia.com

 

nicolasmendo@gmail.com

 

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