Nombre: El arco
Categorías: Drama
Director: Kim Ki-Duk, Varios
Reparto:
País: Corea (Sur)
Año: 2005

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Nicolás Mendoza * * *

El arco (2005)

Lolita Zen
El amor poderoso e imposible entre un viejo y una niña es siempre una situación extrema que juega al filo del reglamento de nuestra cultura. La pedofilia, aparte de ser una palabra horrorosa, es un delito tan reprobable que quienes son condenados por cometerlo suelen requerir protección especial en la cárcel. Sin embargo, encierra algo de infinita nostalgia, y puede ser más romántico que mil Ofelias ahogándose en un río inglés. Vladimir Nabokov contó la historia en palabras del siglo XX y desde entonces basta mencionar a Lolita para evocar el amor prohibido y la esencia demoníaca que pueden tener algunas niñas desde los doce años.

Cuando terminé de ver “El Arco”, me di cuenta de que acababa de ver la historia de Lolita, sólo que con un Humbert que no habla, con una Lolita que no habla, y en un barquito viejo y solitario en medio del mar coreano. Y sin tantas idas y vueltas en el argumento. Kim Ki-Duk va directo al grano. Contar con tanta precisión, y con tan pocos elementos algo tan complejo es un logro impresionante de un director que no hace concesiones en su búsqueda por un cine que sea sólo puro cine.

En “El Arco” se violan con valentía las convenciones que hacen predecible el cine actual. Toda la película se desarrolla en un barco al cual llegan cotidianamente visitantes que se sientan en unas poltronas viejas a pescar. En el primer acto vemos un par de incidentes con visitantes que intentan profanar la belleza de nuestra Lolita. Lo interesante es pensar lo fácil que hubiera sido desviar la película tratando de entretenernos con una secuencia de golpes, o usar a los visitantes como un recurso fácil para hacer avanzar el argumento. Nada de esto ocurre. La niña se convierte en heroína por un instante, entendemos que ella se manda sola y no se vuelve a saber del episodio.

En un momento la niña, encontrándose sola en el barco, se mide su vestido de novia. Es un vestido deslumbrante rojo y azul y fucsia y blanco hecho de seda. Mira el horizonte y suena la música que es a la vez nostálgica y alegre: la música que toca el viejo con su arco. Tiene puestos los audífonos que le regaló su pretendiente joven y guapo, y la cámara nos muestra que no están conectados a nada. Hay que verlo para entender, en una sola imagen Kim Ki-Duk condensa toda la tensión que contiene el relato, y de paso se traslucen los encantos y las decepciones del mundo contemporáneo.

La música es uno de los de los puntos fuertes de la película, y a la vez se las arreglaron para que fuera su peor defecto. La música, en sí, es hermosa. El problema es que el director trató de hacernos creer que, a veces, esa melodía rica y profunda proviene del raquítico arco que el viejo se sienta a tocar en el mástil del barco cuando se siente inspirado. El recurso puede tener buenas intenciones pero se nota falso y tiene la propiedad de recordarnos que estamos viendo una película y no viviendo en el mar del lejano oriente.

La actuación de los personajes secundarios en tan mala que parece intencional, parecen caricaturas, como si quisieran hacernos entender que todo lo ajeno a los protagonistas es irreal y ridículo. Algo similar ocurre con la coherencia de ciertas situaciones, como el hecho de que ninguna autoridad se molesta en rescatar a la niña cautiva y descaradamente visible a los visitantes. Pero es que “El Arco” no tiene la necesidad de ser siempre coherente, y menos cuando se trata de cosas tan mundanas como la autoridad, la ley o la física. Se trata de otra cosa, de construir un minucioso paisaje sentimental donde una cuerda, por ejemplo, se convierte literalmente en el lazo que simultáneamente ahoga al uno y retiene al otro. Sin ser perfecta, “El Arco” es una película con la fuerza suficiente para quedarse rondando la mente, como la niña raptada que merodea el barco sin dejar de sonreír.

 

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Reseña publicada originalmente en Revista Arcadia

 

http://www.revistaarcadia.com

 

 

nicolasmendo@gmail.com

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