Nombre: 4 meses, 3 semanas y 2 días
Categorías: Drama, Comedia
Director: Cristian Mungiu
País: Rumania
Año: 2007

Otras reseñas para esta película

Samuel Castro * * * *
Nicolás Mendoza * * * ½

4 meses, 3 semanas y 2 días (2007)

Rabia Gourmet
Mientras una boda se celebra en el primer piso de un modesto hotel rumano, en una de las habitaciones, la cámara del director Cristian Mungiu es testigo de una escena terrible: dos universitarias se ven en la necesidad de ceder a la inhumana manipulación sexual de un doctor especializado en abortos clandestinos. Es la Rumania oprimida de 1987, tan sólo dos años antes de la caída del régimen Ceauşescu. 

4 meses 3 semanas y 2 días es curiosamente parecida a María Llena Eres de Gracia, que también nos muestra el drama de una joven embarazada y su amiga mediante una producción que renuncia a los trucos del cine comercial para mostrarnos el mundo tal como es. En ambas películas el 90% de la narración recae sobre una heroína joven e imperfecta que se enfrenta absurdos no inventados por ella, y que la superan por mucho. En ambos casos salimos del teatro con dolor de estómago de tanto hacer fuerza. 

Cristian Mungiu, quien recibió la Palma de Oro en el Festival de Cannes por ésta película, no tiene compasión con los espectadores. Luego del aborto nos muestra cómo es, más o menos, un embrión humano de cuatro meses. Casi un bebé, ensangrentado y pegajoso, tirado en el piso de un baño. La película es clara en su planteamiento ante el aborto: es un acto bestial cuyo salvajismo es exacerbado por las brutalidades que trae su prohibición. Esta figura del bebé que termina en la basura es, sin embargo, un detalle dentro de una reflexión más ambiciosa. De esa habitación y de ese aborto aparece una crítica demoledora, silenciosa e irrebatible, a las revoluciones del siglo XX.

El logro asombroso de 4 meses 3 semanas y 2 días es construir un discurso político que, a través de una historia particular, cuestiona todo el siglo pasado y que resulta muy relevante en la América Latina del 2008. No hay en la película grandes gestos más allá de una reconstrucción minuciosa de un episodio de la realidad cotidiana de la Rumania comunista. El aplastamiento moral al que se ven sometidas Otilia y Gabita (nuestras dos universitarias) en su aventura, es en todo caso una situación permanente para todos en la revolución. Bajo el régimen todo esta prohibido, todo está regulado y es el miedo al régimen lo que hace posible, necesaria, la tragedia que viven. Después de la euforia de la revolución, las décadas de opresión arrasaron con la ideología que fue reemplazada por el miedo. El Gran Hermano lo sabe todo y es implacable: no puedes confiar en nadie. Nadie puede confiar en ti. En ese momento la búsqueda del ser humano deja de tener sentido. Sólo queda la humillación permanente de sentir que no se tiene permiso para vivir y en el caso del bebé de Gabita, ni siquiera para morir.

La cámara imparcial de Mungiu está ahí para mostrarnos la realidad y nada más; una realidad que se muestra con rabia, pero no una rabia como la entendemos en el trópico. La rabia de los rumanos es como las brasas del World Trade Center, que ardieron sin humo durante meses después de la tragedia. Es la rabia de un pueblo que durante 40 años fue saqueado primero por los soviéticos, luego por los Ceauşescu, y finalmente por el FMI y el Banco Mundial. Es la rabia contenida e incesante que nace cuando para sobrevivir hay que aparentar ante nuestros iguales, durante toda una vida infernal, que todo está de maravilla. De ésta rabia rumana gourmet, que se ha venido añejando desde los años cincuentas, proviene el nuevo cine rumano. Su sofisticada venganza consiste en mostrarnos meticulosamente el pasado como realmente fue. Mientras en la pantalla los personajes susurran, los rumanos se están quitando años de silencio de encima gritándole al mundo con su cine que la vida era una verdadera mierda.

 

nicolasmendo@gmail.com

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