Nombre: Definitivamente, quizás
Categorías: Comedia, Comedia romántica, Romance
Director: Adam Brooks
País: Estados Unidos
Año: 2008

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Samuel Castro * * ½

Definitivamente, quizás (2008)

Un hombre de hoy, tres mujeres de ayer

A veces se llega a un punto de la vida y no sabemos cómo. Es como si esos que fuimos en el pasado ya no fuéramos nosotros y los recuerdos que tenemos se refirieran a otras personas: personas que se perdieron en alguna parte  del camino. Uno de esos momentos es el que está viviendo Will Hayes, ahora que le han traído a su oficina los papeles de divorcio. Para no sentir mucho desespero decide salir a la calle a recoger a su hija en el colegio y mientras lo hace, buscar la canción perfecta para ese instante. Desde esa secuencia de apertura, donde la narración se adapta al ritmo de la canción (la pantalla se parte y se cuadricula, con unas ventanas que se adaptan a lo que quieren mostrar) y la película empieza a mostrarnos postales de New York que casi nunca vemos (los detalles que percibe el protagonista en su caminata) nos damos cuenta de que estamos ante un drama romántico distinto, uno que se preocupará por ofrecer algo más de lo acostumbrado. Y la impresión no nos engaña, pues cuando WIll recoge a su hija para pasar el fin de semana juntos y hay una gran conmoción en la escuela porque los niños tuvieron su primera clase de educación sexual y andan diciendo las palabras “pene” y “vagina”” en voz alta, como posesos, sabemos que al menos no todo será tan correcto ni tan predecible como siempre. No tanto, al menos.

La hija del protagonista, Maya (la misma Abigail Breslin de Little Miss Sunshine que sigue demostrando que los niños en las películas pueden ser tiernos con credibilidad y sin esa falsa pose afectada a la que nos había acostumbrado Dakota Fanning), traumatizada por el tema de la clase y con la esperanza de que su papá se reconcilie con su mamá, le propone que le cuente cómo se enamoró de ella. Y él, reflexivo como está, decide aprovechar la situación para relatar a su hija y volver a recordar mientras lo hace, la historia de su juventud donde aparecen las tres mujeres más importantes de su vida, entre las cuales está la mamá de la niña. El problema es que Maya deberá descubrir cuál de las tres mujeres es su madre pues Will les va a cambiar el nombre en el relato.

A partir de este momento, con un guión de diálogos entretenidos e inteligentes y una excusa argumental novedosa, tenemos la oportunidad de conocer las andanzas sentimentales del protagonista masculino que lleva el peso de la historia sobre sus hombros. Ese ya es un cambio que se agradece, pues en los últimos años (con Legalmente rubia, con Bridget Jones con Sex and the city) parecía que la sensibilidad masculina (que existe, aunque no parezca) había dejado de ser interesante en las comedias y dramas románticos. Y a pesar de que Ryan Reynolds, quien encarna a ese papá confundido y treintañero, sea el principal error del casting (su inexpresividad es tal que apenas notamos la diferencia entre enojo y alegría en su rostro), el papel está tan bien escrito (Adam Brooks, el guionista y director de esta historia es también el autor del guión de French kiss, Wimbledon y Bridget Jones: the edge of reason) que uno continúa viendo la película a pesar incluso de ese defecto mayúsculo: la historia nos gusta, porque todos hemos tenido lo que tiene Will: un primer noviazgo inocente que nunca se concreta, o que se vuelve importante muchos años después; un deslumbramiento repentino y apasionado con alguien con quien jamás nos hubiéramos imaginado y una amiga o un amigo que han estado todo el tiempo a nuestro lado, y que tal vez hubiera podido ser nuestra alma gemela si hubiéramos abierto un poco más los ojos.

La narración se hace ágil y divertida, sobre todo por las interrupciones en el relato que hace desde el presente de la historia la pobre Maya, confundida: “¿qué es un menage a trois?, pregunta cuando alguien menciona la expresión, o se asombra cuando su papá le confiesa sin querer que fumaba en su juventud. Junto a ella acompañamos a Will en su llegada a New York, la gran ciudad, con todo el conocimiento del pueblerino inteligente decidido a tragarse el mundo y enfrentado a una urbe donde no es nadie. Lo vemos llamar a su novia en el pueblo para prometerle que la esperará y hasta comprar un anillo de compromiso. Pero también lo vemos coquetear, casi sin querer, con una joven que a diferencia suya, hace rato que no cree en los políticos, que lo critica todo el tiempo por su trabajo voluntario en la campaña a la presidencia de Bill Clinton, la razón por la que Will ha ido a New York. Una joven que le fascina de una forma muy distinta, que le enseña cosas (le hace escuchar al grupo del momento, Nirvana) y que se convertirá en su gran amiga.

Pero hay más buenas situaciones en la historia. Emily, su novia, le ha encomendado a Will llevarle un libro a una joven que conoció hace mucho. Él no aguanta la curiosidad, y al romper el paquete se da cuenta de que el encargo es un diario en el que la mujer a quien se lo debe entregar confiesa que se acostó con Emily. Esta mujer, Summer, estudiante de literatura, periodista en ciernes y amante de un escritor liberal encarnado maravillosamente por Kevin Kline, lo fascinará a tal punto de que nuevamente piensa en casarse. Uno de los mejores momentos de la película, que muestran originalidad, es precisamente su salida con Summer, en la que ella comienza a tararear una canción (I’ve got a crush on you, de George Gershwin, un clásico de New York), la canción se convierte en banda sonora que recrea los momentos futuros de la relación, y luego volvemos al punto de partida, con la hermosa Rachel Weisz cantándola frente a Will y frente a nosotros. Ojalá hubiera más ideas así en las comedias norteamericanas.

Luego veremos los errores profesionales de Will, su depresión de los treinta (además de su decepción frente a Clinton), su angustia ante la adultez y su reencuentro paulatino con las tres mujeres de su vida. Maya descubrirá quién es su mamá (por un gesto visual, lo que muestra lo detallista del guión y de la dirección) pero también quién es la mujer perfecta para su papá, aunque no sean necesariamente la misma persona. Y entonces, como el buen drama romántico que es, original dentro del esquema clásico, con pequeñas ideas maravillosas que lo distinguen de la media, Definitely maybe desemboca en el reencuentro de los amantes postergados. En esta ocasión, a diferencia de lo que ocurre con muchas otras historias comerciales, uno siente que hay algo de verdad en el relato: no siempre acertamos a la primera, ni a la segunda; a veces el amor se acaba y los hijos nacen de matrimonios imperfectos. Pero siempre guardamos la esperanza de ese final feliz que todos nos merecemos. Incluso Ryan Reynolds.

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