Nombre: Las hermanas Bolena
Categorías: Drama, Basado en hechos reales, Basado en una novela, Histórica
Director: Justin Chadwick
País: Reino Unido
Año: 2008

Otras reseñas para esta película

Samuel Castro * *

Las hermanas Bolena (2008)

Las cortinas del cuarto de la Historia

La Historia, como todos sabemos, es un fértil caudal de historias para el cine, especialmente en aquellas filmografías con el suficiente dinero para recrear las épocas en que suceden los acontecimientos. Se necesitan grandes presupuestos para poder recrear ambientaciones, vestuarios y lugares que ya no existen y que sólo conocemos por libros y pinturas, sin que se vean ridículos. Por eso cualquier joven colombiano ha visto más relatos de la guerra de secesión norteamericana que de la lucha por la independencia y conoce más de la figura de Elizabeth, reina de Inglaterra, que de Policarpa Salavarrieta. Además, los dramas históricos siempre han sido bien vistos por las academias que otorgan los premios más importantes de la industria. Es como si el hecho de que las películas cuenten episodios que aparecen en los libros de texto de las escuelas, les diera un aire de respetabilidad que los hechos contemporáneos aún no tienen. Por eso grandes figuras de la actuación acceden con mucha facilidad a interpretar a personajes que —ellos lo saben— les pueden proporcionar con mayor prontitud candidaturas a premios.

Pero las buenas películas históricas (Gandhi, Lawrence de Arabia, La lista de Schindler por sólo mencionar algunas) son aquellas capaces de trascender los hechos y los tiempos que cuentan, para mostrar una dimensión humana de los acontecimientos: no son buenas películas porque los hechos que relatan sean grandiosos; lo son porque logran que nos importen sus personajes, porque a pesar de saber cuál será el fin de los acontecimientos, en la sala de cine sufrimos por su destino, como si no estuviera escrito de antemano. Nos olvidamos de su lugar en la Historia y nos detenemos en su lugar en la historia, la que el guión pretende contarnos en dos horas o tres (las películas históricas tienden a ser largas). Consiguen el difícil equilibrio entre el recuento de fechas, nombres y personajes y el drama personal de cada uno de los protagonistas. Pero ese equilibrio no es nada fácil. Lo cual queda demostrado al ver The other boleyn girl, una película que a pesar de contar uno de los capítulos más interesantes de la historia de Inglaterra (y del mundo, pues estamos hablando del cisma que creó a la Iglesia Anglicana) no logra ser la gran cinta que prometía su afiche a simple vista.

La película, basada en el bestseller del mismo nombre que escribió Philippa Gregory, cuenta la trágica vida de los hermanos Boleyn. Hijos de una de las familias nobles inglesas, se convierten en fichas de ajedrez de su tío, Thomas Howard, Duque de Norfolk, quien ve en la ausencia de herederos varones del trono de Henry VIII la oportunidad perfecta para lograr aumentar su influencia en la corte. Para eso planea convertir a su sobrina, Ann Boleyn, en la amante del rey. Sin embargo, su plan no sale como pensaba y es Mary, la otra hermana Boleyn, quien llama la atención de Henry que la toma como su querida. Ella, en un principio reticente a hacer parte del juego (pero al fin y al cabo una voz sin voto, como todas las mujeres de su época) lo acepta porque se enamora del rey al conocerlo. Por desgracia Mary se enferma durante el embarazo y es obligada a encerrarse en sus aposentos. Su tío, temeroso de perder lo que ha conseguido durante esos meses, manda llamar a Ann para que nuevamente intente seducir al rey, olvidando que su fracaso anterior y el triunfo de su hermana han convertido a Ann en una víbora que quiere desquitarse por lo ocurrido. Ann triunfa en su empeño y usando la estrategia de negarle sus favores sexuales al rey consigue enloquecerlo de deseo, a tal punto que lo obliga a que abandone a la reina Catalina de Aragón, deje de visitar a su hermana Mary e incluso se rebele contra la Iglesia Católica, que no le permite casarse con ella. Pero a Ann tampoco le salen los planes como pensaba, pues el hijo que tiene es una niña, Elizabeth y no el ansiado hijo varón de Henry VII, que va transformándose en un ogro enloquecido y huraño que odia a quienes le rodean y a sí mismo por lo que ha hecho. La desgracia entonces se ciñe sobre toda la familia, incluso sobre George Boleyn, el hermano, que además de casarse con una mujer que desprecia tiene que enfrentar la posibilidad de mantener relaciones incestuosas con su hermana Ann, pues ésta ha abortado a su segundo hijo y necesita quedar embarazada nuevamente sin que el rey se entere

Esta telenovela de la realeza, que podría haber sido un drama desgarrador en unas manos mejor preparadas, cae por desgracia en la tentación de narrarse como quien cuenta un chisme de pasillo. El equilibrio necesario en una película histórica se busca aquí exagerando en uno y otro lado de la balanza, pero sin criterio: si en ocasiones hay que aguantar los comentarios del duque que explican los entresijos políticos de la corte, en otros tenemos que enterarnos de la vida sexual del rey y de lo que tiene que hacer Ann para excitarlo. Y esa misma indecisión en el enfoque se aprecia en las imágenes, tanto que parece que la cinta no hubiera tenido uno sino varios directores. Incluso la buena idea de que algunas escenas se vean como si el espectador espiara detrás de las cortinas se torna insulsa con el pasar de las tomas y la inexistencia de un estilo visual que el director Justin Chadwick, parece nunca encontrar. Este joven realizador que ha hecho toda su carrera en la BBC, usa algunas herramientas televisivas (como esos paneos laterales que le sirven de transición) en la película que la hacen parecer una pieza menor, un encargo barato.

Una de las buenas sorpresas de esta cinta es ver a sus actrices protagonistas cambiando de su registro usual: si el rostro bondadoso de Natalie Portamn consigue ser muy convincente como la manipuladora Ann, la voluptuosa Scarlett Johansson también triunfa en su empeño de verse como la sencilla y amable Mary. Lastimosamente no se puede decir lo mismo de Eric Bana como Henry VIII; igual que la película, el actor (el guión no le ayuda mucho, hay que aceptarlo) pasa de una emoción a otra, como si el personaje fuera apenas una marioneta descontrolada. Sin un titiritero con buen pulso, la Historia se convierte en historieta.

Al comienzo de la película el sol brilla y las imágenes están teñidas de dorado, como el futuro luminoso que parecen tener los niños Boleyn. Conforme pasa el tiempo y la maldad va entrando a las vidas de los hermanos, el brillo de oro de la fotografía se va oscureciendo y las imágenes se tornan verdosas, como el metal oxidado. Esa metáfora —tan buena para esta película que parece una decisión accidental—es la que mejor explica este drama histórico fallido: una joya de la Historia que alguien no supo brillar.