Nombre: Transylvania
Categorías: Drama
Director: Tony Gatlif
País: Francia
Año: 2006

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Jorge Mario Sánchez * * *

Transylvania (2006)

Zingarina, la protagonista de Transylvania –la última película de Tony Gatlif–, viaja de París a Rumania para buscar a su amante, un músico llamado Milan, de quien espera un bebé. Pero Milan no quiere saber nada de ella. Zingarina enloquece, se extravía en las calles y en las carreteras de Transilvania, se emborracha, se vuelve indigente, se hace gitana, encuentra la libertad viajando en el auto de Tchangalo, perdiéndose en los bares, en los bosques, en medio de la nieve. Tchangalo, traficante de oro y de cualquier otra cosa, la acepta como parte de su travesía ininterrumpida.

Desde el momento en que inicia el filme entramos en un mundo exuberante, vital y caótico, sensual, desolado y en apariencia completamente ajeno al nuestro. La música se cuela por todos los rincones, recordándonos nuestras alegrías y nuestras penas, y, sobre todo, recordándonos que estamos vivos. Hay baile y licor por doquier, hay carnaval, hay fiesta permanente. Los osos escarban en la basura, los sacerdotes hacen ritos abrumadores para exorcizar los demonios,  las adivinas leen el presente en el tarot y el porvenir en los posos del café, las penas de amor se intentan arrancar del cuerpo estrellando platos contra el suelo o botellas vacías de cerveza en la propia cabeza. Vemos gitanos aquí y allá, y campesinos viejos recorriendo en bicicleta las carreteras desoladas. Hay alegría, pero también pobreza e indigencia. El amor lleva a la locura a quien lo padece. Zingarina y Tchangalo se niegan a encerrarse en casas o moteles, y siguen adelante en su auto.

Con los minutos nos damos cuenta que esta Transilvania se encuentra mucho más cerca de nosotros de lo que creemos. Aunque todo lo que vemos es extraño, nuevo y dolorosamente bello, nos sentimos identificados con la locura de Zingarina y con el anhelo de libertad de Tchangalo. Y los viejos, los campesinos, los indigentes, las carreteras, el campo, los carnavales, la miseria y la música –sobre todo la música– llegan a ser el espejo de lo que vivimos a diario en Colombia, si olvidamos por un momento la belleza de postal que intentan vendernos los publicistas mediocres que abundan por estos lares, y que nadie sabe para quién trabajan.

Leo en IMDB que Transylvania ha sido estrenada sólo en un puñado de países, incluyendo a Francia, Rumania, Italia, Japón y Colombia. No me parece extraño que se nos haya tenido en cuenta. En cierto sentido, Colombia es otra Transilvania, pero sólo algunos escritores y muy pocos directores de cine lo han entendido así.

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