Nombre: Saló o los 120 días de Sodoma
Categorías: Drama, Terror, Guerra
Director: Pier Paolo Pasolini
Año: 1976

Otras reseñas para esta película

Pedro Felipe * * * *
Jorge Mario Sánchez * * * ½

Saló o los 120 días de Sodoma (1976)

Hace un par de noches volví a ver Saló o los 120 días de Sodoma, de Pier Paolo Pasolini. Recuerdo la primera vez que la vi: un martes o miércoles del 2004, en el Ópera Plaza, solo, preparado para cualquier cosa excepto para lo que la película me enseñó. Porque el verbo es justamente ése, enseñar; porque ese filme, junto con otros que vi por aquella época (me acuerdo de Irreversible) y quizás algunas lecturas, cambiaron sutil y radicalmente mi vida. Lo menos que puedo decir es que mi percepción, mi entendimiento y mi conciencia se ampliaron, y esa comprensión, aunque inevitable, no fue necesariamente buena. Lo que ahora soy es consecuencia, entre muchas otras cosas, de esa primera proyección de Saló, de haber contemplado el lado oscuro de la luna.

Ahí estaban, en la película, los cuatro libertinos fascistas dueños del poder, las narradoras, los escoltas, la pianista, la servidumbre y las frágiles víctimas. Ahí estaban el sometimiento extremo, los padecimientos, las flagelaciones, la coprofagía, las torturas, las largas y dolorosas escenas de torturas con las que acaba el filme, y los libertinos turnándose para ver desde la ventana y con binoculares lo que sus tres amigos hacían con los adolescentes allá abajo, en el patio. Y lo que alcanzábamos a ver de esas torturas era justamente lo que el libertino miraba con deleite desde la ventana, como si, de alguna forma, nuestro punto de vista fuera el punto de vista de ese libertino, como si nosotros, en ese momento, disfrutáramos con él al observar las flagelaciones y los desmembramientos. El mensaje era claro: puede que nosotros no tengamos el cuchillo ensangrentado en nuestras manos, pero por lo menos somos vouyeristas. Ahí tenemos películas como Hostel o Saw (torture porn, como las llaman los críticos), ahí tenemos el cine snuff, la pornografía extrema, los periódicos amarillistas, las páginas de Internet en las que podemos ver fotos de accidentes y suicidios reales, etc. De hecho, la noticia más leída y comentada en la edición digital del periódico El Tiempo, al día siguiente de verme de nuevo Saló, tenía un titular como este: “Dos niñas de 10 y 12 años admiten ser prepago”, y empezaba con la crónica de la sorpresa mayúscula de una pediatra de colegio que descubría que una de las estudiantes del plantel había sido infectada con una enfermedad venérea.

Pero hace dos noches, viendo la película, no sentí ya el shock que experimenté la primera vez. Pude verla con tranquilidad y disfrutarla de cabo a rabo, pude apreciar su realismo, la perfección de muchas de sus escenas, sus buenas actuaciones (muchos de los actores de la película, sobre todo los adolescentes, eran actores naturales, como los que utiliza nuestro Víctor Gaviria), sus diálogos certeros, su ritmo vigoroso, y pude, de hecho, percibir el humor negro que recorre toda la película, y me reí una y otra vez sorprendido por el cinismo y la crueldad de los cuatro libertinos, la frivolidad de las narradoras, la indiferencia e ingenuidad de la pianista (que al final se suicida, cuando se percata de lo que está pasando), la inocencia de los adolescentes, el completo infantilismo de todos los personajes. Pude verla, además, a la luz de la lectura reciente del libro de Sade, mucho más explícito, metódico y descriptivo que el filme. Y pude perdonarme a mí mismo y a los demás por alojar en nuestra alma las peores aberraciones imaginables, pálida y superficialmente atenuadas por toda esa maraña que llamamos “cultura” (o sociedad, o civilización, o lo que sea).

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