Nombre: Savage Grace
Categorías: Drama, Erótico, Basado en hechos reales
Director: Tom Kalin
País: Espa
Año: 2007

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Lina M. Céspedes-Báez

Savage Grace (2007)

Savage Grace: una muerte que merece ser en Venecia

Uno se sienta con respeto, porque le han prometido una película digna de ser comparada con La Muerte en Venecia, se prepara, ve los cortos de otras producciones con ansiedad, siente que las luces del teatro se desvanecen y, por fin, una voz en off comienza a contar una historia con evocaciones literarias, metáforas e imágenes de palabras sobre imágenes de pantalla. Un niño de brazos y una madre ataviada de manera exquisita (Julianne Moore) saturan el panorama, una escena que podría ser el inicio de cualquier película, pero que, gracias a la tensión que transmite la mujer sin decir siquiera una palabra, augura una trama distinta e impredecible.

A primera vista, la pareja formada por Barbara (Moore) y Brooks Baekeland (Stephen Dillane) es una más en el mundo de los matrimonios adinerados de New York City, con sus compromisos insoslayables de alta alcurnia, sus frases cargadas de ironía, sus poses excelsas y esa incomunicación que tiene su génesis en las expectativas magníficas y su contraste con la realidad opaca. Sin embargo, esa esposa vehemente, dominante y hermosa no encuentra descanso al lado de su marido, por eso lo somete a preguntas de doble sentido en las comidas de alta sociedad o lo deja abandonado delante de sus amigos. El pecado común que comparten radica en la fortuna que los cobija y los persigue de aquí para allá en sus peregrinaciones a París, Londres, Ibiza: Brooks es el heredero, Barbara es la advenediza. La presencia del hijo (Eddie Redmayne), Tony, no hace más que empeorar este juego de ilusiones, apuestas y deseos. Él encarna el afán por agradar, la falta de definición y el miedo a no encajar en los patrones establecidos por una sociedad ciega y cruel que se apega con terquedad patética, siempre de puertas para afuera, a los estereotipos. En últimas, ese hijo parece ser el doble de la madre, una sombra que juega a ser esposo, amante, amigo y extraño, un hijo que quiere ser la negación del padre, pero que en su renuncia consigue extrañarlo con dolor infantil.

Hasta ahí uno tiene una saga familiar común y corriente o una narración de dinero y pasiones al estilo Gran Gatsby, algo que no merecería, en este justo momento, convertirse en obra del séptimo arte, salvo por la impecable fotografía de Juan Miguel Azpiroz y por el evidente profesionalismo del elenco. Pasada media hora, la película da un giro inesperado con la separación del matrimonio y con los eventos que se suceden: orgía sugerida, incesto, insania y crimen. Las escenas son chocantes y el contraste entre la estética de la secuencia y su contenido aterrador deja a los espectadores sin aliento, confundidos, tal y como están los personajes. Por momentos el público logra olvidar que la historia es tomada de la realidad y que ni siquiera los nombres fueron cambiados, incluso alcanza a sentir o quiere sentir que lo que está presenciando es un mito o la recreación de sus miedos más profundos.

La película termina y en la sala no hay más que murmullos. Nadie se atreve a hablar en voz alta. Todos reconocen lo que vieron, aunque sólo lo nombren a través de eufemismos, todos saben que el director (Tom Kalin), el guionista (Howard A. Rodman), los actores, los autores del libro en que se basó la película y el público con su complicidad han tocado un tema prohibido, todos saben que "aquel que ha contemplado la belleza está condenado a seducirla o a morir".

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