Nombre: Blue Velvet
Categorías: Drama, Misterio
Director: David Lynch
País: Estados Unidos
Año: 1986

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Jorge Mario Sánchez * * * *

Blue Velvet (1986)

En términos generales, Terciopelo azul cuenta la historia de un hombre tranquilo y pacífico (Jeffrey), quien debe regresar a su pueblo natal luego de que su padre sufre lo que parece ser un derrame cerebral. Al principio, Jeffrey disfruta paseando de noche por las calles del pueblo y tomando malteadas con su futura novia. Pero guiado por la curiosidad que le produce encontrar una mañana en el campo una oreja humana, conoce a una cantante, Dorothy Vallens, quien está siendo chantajeada por Frank, hombre violento y pervertido que ha secuestrado a su esposo y a su pequeño hijo para poder violarla de forma salvaje cuando se le antoje. Jeffrey es testigo de una de las violaciones, y, para su propia sorpresa, empieza a sentirse atraído por Dorothy. Ella a su vez lo seduce, lo lleva a la cama y lo incita a golpearla durante el acto sexual (en su angustia y delirio ha empezado a disfrutar la agresión). Vemos luego a Jeffrey lamentarse por ello, pero es Frank quien le canta en pleno rostro una verdad desagradable: “En tus sueños camino contigo. En tus sueños eres mío”.

Recientemente he vuelto a ver Terciopelo azul un par de veces, y me ha llamado mucho la atención la historia de Dorothy Vallens, ese estupendo personaje con el cual Isabella Rossellini logra la mejor actuación del filme, superior incluso a la del espeluznante Dennis Hopper (quien interpreta a Frank Booth). Sus gestos, su mirada, el maquillaje que usa, la forma desgarrada y contenida a la vez como canta las canciones de su repertorio, la excitación sexual que surge en ella en los momentos menos pensados, la ternura que le prodiga a Jeffrey… Es tan angustiosa esta representación del dolor (sobre todo en una de las escenas clave, cuando Dorothy camina desnuda, con los ojos muy abiertos y los brazos que caen a lado y lado del cuerpo, por el jardín de la casa de Jeffrey ante la vista estupefacta de varias personas), que uno de los críticos más influyentes de Estados Unidos, Roger Ebert, censuró Terciopelo azul (y quizá con algo de razón) por el grado de humillación al que es expuesto el personaje, y, hasta cierto punto, la actriz.

Ebert concluye que el director, David Lynch, se distancia irónicamente de la tragedia de Dorothy. Sin embargo, creo que ocurre lo contrario: Dorothy Vallens es el único personaje verdaderamente humano del filme, el único polo a tierra en esa maraña de estupidez, ingenuidad, violencia y depravación que da forma a Terciopelo azul. La vulnerabilidad de Dorothy, exacerbada por el secuestro del hijo y del esposo, trastoca su realidad y la arrastra a un estado permanente de delirio. De esta forma Jeffrey se convierte en su único apoyo; pero él, a pesar de su máscara de bondad e inocencia prefabricadas, es un voyeur que logra pasar al acto y que evitará a toda costa brindar cualquier tipo de ayuda a Dorothy mientras ella, en su excesiva fragilidad, le sea útil. En algún momento Dorothy le dice a Jeffrey: “No estoy loca. Conozco la diferencia entre el bien y el mal”. No podemos decir lo mismo de él: está tan aislado en sí mismo que puede cruzar la delgada línea que separa bondad y maldad una y otra vez sin siquiera percatarse de ello. El dolor de Dorothy lo hace olvidar el suyo propio (su padre aún sigue en la clínica), y quizá buscando aminorar el peso de ese horror del que es testigo se pone, sin saberlo, del lado del victimario y no de la víctima.

Tal vez Rogert Ebert sintió que era un abuso de David Lynch que la película se pusiera de parte de Jeffrey y buscara, con ello, poner al público de parte de él. Pero creo que justamente ese es el reto que nos plantea el filme: el director quiere involucrar al espectador para que sea éste quien se formule a sí mismo las preguntas que debería formularse Jeffrey.

¿No somos los espectadores, tanto del cine como de los demás medios de información, también unos vouyeristas? ¿De qué lado estamos en verdad cuando somos testigos de la tragedia que nos rodea, del lado de las víctimas o de los victimarios? ¿Hasta qué punto podremos conservar nuestra inocencia cuando enfrentemos la tragedia de la vida? ¿Aceptaremos el horror o pondremos un muro más entre éste y nosotros, un muro de indolencia y sadismo?

Sin embargo, David Lynch no nos hace fácil responder a estas preguntas. El humor negro del filme, presente aun en algunas de las escenas más espeluznantes, nos hace olvidar por momentos que estamos ante una película de terror que nos habla al oído, que nos hiere, que puede incluso incitarnos a dejar de lado nuestra aparente inocencia. Es este un cine que contamina, un cine doloroso y necesario a la vez (pensemos también en Seven, en Irreversible, en Saló), pero que, a pesar de ello, produce grandes cantidades de placer.

 

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