Nombre: La rosa púrpura del Cairo
Categorías: Comedia
Director: Woody Allen
Año: 1985

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Tomás Obregon * * * *

La rosa púrpura del Cairo (1985)

Estoy en el cielo

Me atrevo a decir que esta es la mejor película de Woody Allen. Y quiero decir, con esto, que es la que mejor ha logrado decirnos lo que Woody Allen ha estado diciéndonos en los últimos cuarenta años: que lo único que podemos hacer ante el horror de la existencia es distraernos. El último plano de Cecilia, la protagonista de La rosa púrpura del Cairo, con los ojos aguados frente a una película (Juan Carlos González ha revelado el nombre: Top Hat) en la que Fred Astair canta "heaven, I'm in heaven / and my heart beats so that I can hardly speak / and I seem to find the happiness I seek" mientras atraviesa la pantalla en un baile memorable, es un encuadre que resume por completo el sentido del cine de Allen: el conmovedor intento de olvidar, en la medida de lo posible, que vivimos en un universo al que le tenemos sin cuidado.

Es la era de la depresión. Y la pobre Cecilia, camarera explotada, esposa sumisa de un caradura llamado Monk (caradura, digo, porque no parece interesado en otra cosa que en jugar a los dados con sus amigos), sólo encuentra paz en la sala de cine del viejo Nueva York en donde durante los últimos días han presentado un largometraje de aventuras titulado La rosa púrpura del Cairo. Como los niños, como los cinéfilos que conocemos bien, Cecilia puede repetirse aquella película todas las veces que se lo permitan. Y ahí está, viéndola por enésima vez, siguiendo por enésima vez las escena en las pirámides, la llegada al sofisticado club neoyorquino, cuando uno de los personajes secundarios, el explorador Tom Baxter, se queda mirándola durante un buen rato. "Debe gustarte de verdad esta película", le dice. Y después se sale de la pantalla para estar cerca de ella.

Es el comienzo de la historia. Nada volverá a ser igual para Cecilia. Ni mucho menos para Gil Shepard, el arrogante Gil Shepard, que interpretó a Baxter sin imaginar que se saldría de una de las copias: ¿y si Baxter resulta ser un asesino?, ¿y si va por ahí agrediendo a las ancianas? Lo mejor será buscarlo en el barrio en donde ha desaparecido con esa extraña mujer. Debe convencerlo, a como de lugar, de que a nadie conviene que la ficción se cruce con la realidad de esa manera.

No era la primera vez que Woody Allen pensaba en una historia como esta. El Woody Allen cuentista escribió uno de los mejores cuentos que me he leído en la vida, El episodio de Kugelmass, partiendo prácticamente de la misma idea: un hombre se mete en Madame Bovary, el libro, gracias a las gestiones mágicas de un mediocre ilusionista que ha inventado ese alivio para hombres en la crisis de la edad madura. Kugelmass se enamora de Emma Bovary. Y ella de él, ni más faltaba. Y, como ocurre en La rosa púrpura del Cairo, en la que los espectadores de los Estados Unidos comienzan a quejarse porque esa no era la película para la que habían pagado (es todo un guiño al Buñuel que se negó a aparecer en Annie Hall: los aristócratas de la película, como los de El ángel exterminador, no consiguen salir de una cena elegante), en El episodio de Kugelmass los estudiantes de literatura se preguntan los unos a los otros si en la edición que están leyendo aparece un gordito calvo que se queda con la heroína.

Quizás sea ese el mejor cuento de Allen. Y La rosa púrpura, decíamos, la mejor película. Su genialidad está presente desde la idea misma, pero su ejecución la convierte en un milagro del cine. Las actuaciones de Mia Farrow, Jeff Daniels y Danny Aiello son extraordinarias. Y los travelings largos, los encuadres precisos, funcionan mejor que nunca. La suciedad del color. Y la luminosidad del blanco y negro (Gordon Willis cerró su colaboración con Allen después de trabajar en esta obra) no nos dejan olvidar que todo está bien (que nos sentimos en el cielo) cuando estamos en el cine.

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