Nombre: Ararat
Categorías: Drama
Director: Atom Egoyan
Año: 2001

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Maria del Rosario Acosta Lopez * * * ½

Ararat (2001)

Ararat, la última película del director canadiense Atom Egoyan, es difícil de reconstruir en pocas palabras. Podría decirse, claro, tal y como fue presentada en Cannes en el 2002, que el tema principal es el exterminio de más de un millón de armenios a manos de los turcos en 1915. Pero, precisamente, el que ése no sea el problema central de la película, el que eso no sea, justamente, lo que Egoyan termina contando, es lo que la hace ser un relato extraordinario, una reflexión profunda que aprovecha todas las ventajas que tiene el lenguaje cinematográfico sin olvidar que, a la larga, de lo que se trata siempre es de contar historias. Porque Egoyan es lo suficientemente inteligente para no dirigirse directamente al problema del genocidio: al fin y al cabo lo que se ha propuesto hacer no es un documental, y lo que se sabe del tema queda atrapado entre los recuerdos de los armenios que lograron sobrevivir (entre ellos los antepasados de Egoyan y su esposa Arsinee Khanjian, Ani en la película) y la historia oficial (aún hoy el gobierno turco se niega a aceptar el genocidio). La dificultad del tema queda, así, simbolizada también en la manera como Egoyan lo trata en su película: lo convierte en una tras escena en la que todo sucede pero a la que nunca tenemos acceso del todo. El drama del genocidio armenio se transforma, a través de los dramas más cercanos de cada uno de los personajes de la película, en la tragedia humana por la  búsqueda de la propia identidad a través del reconocimiento, en la necesidad que todos tenemos de contar nuestras propias historias. Lo que más duele, le dice Edward Saroyan (Charles Aznavour) a Raffi, es saber que hayan podido odiarnos tanto, y saber que, hasta hoy, sigan negando que lo hayan hecho. El olvido, nos dice Egoyan una y otra vez, es la peor forma de odio, porque nos priva de nuestra identidad. La vida humana no se trata de otra cosa sino de contar historias: nacemos en ellas, es en ellas que nos movemos, y es gracias a ellas que seremos recordados.

Es cierto que el relato tiene muchos niveles, y que puede volverse, a veces, un tanto laberíntico. Algunos personajes no parecen estar bien armados del todo, no entendemos muy bien por qué deciden hacer lo que hacen, o cuál es su función en la trama general. Pero todos los niveles tienen su propio sentido: la relación de Raffi con el padre asesinado se invierte en la relación de David con su hijo, la historia de Ani tiene que ser contada a través del odio de Celia, el genocidio se convierte en el set de la película que está siendo filmada, y todo lo sabemos por un solo relato: el relato de un viaje al lugar de los hechos, lugar que sólo vemos (no en vano) a través de una cámara de video, y cuya lejanía le da significado a cada una de las historias de los personajes. La imagen más profunda y más conmovedora es la imagen del pintor Arshile Gorky (quien logró huir en la época del exterminio hacia los Estados Unidos), a quien vemos a lo largo de la película transformando en un cuadro la fotografía de su madre. Contar una historia, parece decirnos Egoyan, es como la pintura de ese cuadro. Trazando las manos de su madre sobre el lienzo, logrando que en su pintura la realidad de la fotografía cambie para él, Gorky se reconcilia con su pasado, lo convierte en presente, nos lo relata esta vez desde su propio punto de vista. Es lo que hace Egoyan con su película: la película sobre una película sobre el genocidio. La conversión de la Historia en un relato, de un relato dentro de otro: el paso de la realidad a la ficción, y de la ficción nuevamente a la realidad: a una realidad propia, humana, transformada a través de los ojos de un director que nos cuenta su historia, la de sus antepasados, pero también, como todo buen narrador, la nuestra. Todos necesitamos contar historias para convertir lo que nos pasa en parte de nuestra vida. Ararat es el intento de Egoyan. Comprenderla, traducirla y recontarla debe hacer parte del intento de sus espectadores agradecidos.

Mejor escena: Gorky borrando las manos de su madre en el lienzo, las imágenes del monte Ararat vistas a través de la cámara de Raffi, los pocos momentos en los que Egoyan decide hablarnos de sus antepasados a través de los escenarios de la película que está siendo rodada. Lo peor: la mayoría de los diálogos entre el inspector de aduana y Raffi: terminan siempre pareciendo innecesariamente dramáticos para el contexto. Vale la pena: la música de la película es espectacular, también lo son la mayoría de las actuaciones, en especial las de Aznavour y Arsinee Khanjian. Véala si: tiene paciencia para descubrir, a través de las distintas tramas y los diferentes niveles -a veces, hay que aceptarlo, un tanto laberínticos– un relato personal brillantemente contado.

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