| Nombre: | Bullets Over Broadway |
| Categorías: | Comedia |
| Director: | |
| País: | Estados Unidos |
| Año: | 1995 |
Otras reseñas para esta película
Bullets Over Broadway (1995)
El artista en su laberinto
Si había algo que todavía hablaba de un rezago de dignidad en el cine que llegaba a nuestro país, era la certeza de ver estrenarse año tras año un nuevo filme de Woody Allen. No sé por qué afortunados mecanismos estas películas -realmente poco rentables- lograban escapar a la feroz censura de nuestros indescriptibles distribuidores y llegaban puntualmente a nuestras salas de cine, para disfrute de un fiel y selecto grupo de espectadores, cuya admiración por el director neoyorquino era incorruptible y con características casi de religión.
Pero el hechizo habría de romperse -estamos en Colombia- y luego de Misterioso asesinato en Manhattan (Manhattan Murder Mistery, 1993), presentada en febrero de 1994, se nos privó de ver Bullets over Broadway (1994). ¿Los motivos? Escapan por ahora a todo intento racional de comprensión y eso que la película fue nominada a siete Oscares y obtuvo uno, gancho perfecto para ser exhibida aquí. Pasaron dos años y ocho mese para que pudiéramos ver Poderosa Afrodita (Mighty Aphrodite, 1995) y el estreno de Todos dicen te quiero (Everyone says I love you, 1996) al momento de escribirse este artículo ya se ha dilatado más de un año, mientras Deconstructing Harry (1997) ya se encuentra en exhibición en otras afortunadas latitudes. La prolífica actividad creativa de este director supera con creces la abrumadora indecisión mental de los responsables de traer el cine a esta porción del planeta, olvidada por Dios y por la suerte.
Como algo curioso, al tiempo con Bullets over Broadway se estrenaron en 1994 otras dos películas que trataron acerca del oficio creador y las dificultades y tribulaciones que la labor artística genera. Me refiero a dos cintas diferentes en su concepción, pero con una unidad temática y una calidad en su realización que las hace dignas de observar con cuidado: Caro diario (1994) de Nanni Moretti y Ed Wood (1994), de Tim Burton.
Caro diario es una visión nostálgica y muy personal sobre el lamentable estado de banalización del cine italiano y la incomprensión que afronta un creador incapaz de caer en la estética de alienación de las producciones norteamericanas, mientras reflexiona sobre su propia vida y el vía crucis que representó para él una terrible enfermedad. Ed Wood es una mirada satírica desde las entrañas de Hollywood, sobre la historia de un director de cine con más ego que talento, a quien, sin embargo, Burton dota de una dosis de sinceridad y humor que lo convierten en un personaje profundamente humano, transformando el filme en una experiencia tragicómica muy entretenida.
Ambas películas se refieren al mundo del cine, mientras Bullets over Broadway está centrada en el teatro, pero la sensación es la misma: la presión, los obstáculos, la mordaza al talento creador en principio libérrimo y que responde a sus propios principios y prácticas... incluyendo las morales, como insistentemente nos lo recuerda Woody Allen a lo largo del filme. Recordemos lo que había ocurrido alrededor del director en los meses previos a esta película: abogados, acusaciones, discusiones acerca de la custodia de sus hijos, la separación de su compañera, la aparición de Soon-Yi y, en fin, una tormenta que sacó a la luz lo que más había respetado: su intimidad, su vida privada. Lo sentíamos incómodo dando declaraciones, explicando su conducta, luchando por el derecho a criar a sus hijos. Para una persona como él, verse expuesto de esa manera y por primera vez por algo distinto a sus propios filmes, tuvo que haber sido duro y tremendamente penoso. Y, claro, eso se reflejó en Bullets over Broadway.
La idea que nos queda después de ver la película es que el director ha querido hacer una afirmación de libertad artística rabiosa, visceral antes que intelectual. De ahí que el filme nos parezca un producto inacabado, interesante pero incompleto. Ya Woody había mostrado sus inquietudes al respecto en Recuerdos (Stardust memories, 1980), que a más de homenaje a Fellini, es una declaración personal y compleja sobre los espectros que circundan al artista, y también en Broadway Danny Rose (1984), un filme amargo y muy sincero sobre el mundo del espectáculo, mientras que el tono y la estructura de Bullets over Broadway se acerca más a Días de radio (Radio days, 1978), con sus escenografías de costosos decorados, gran lujo visual y recreación de una época pretérita específica.
Angustias de un dramaturgo sin talento
Podríamos decir que ya hay una división clara en la filmografía de Woody Allen: la de las películas en las cuales el director también actúa y aquellas en las que no lo hace. Entre las segundas hay títulos como Interiores (Interiors, 1978), La rosa púrpura del Cairo (The purple rose of Cairo, 1985), La otra mujer (Another woman, 1988) o Alice (1991), películas en las que el propio Allen no ha encontrado un papel en el que se sienta cómodo, optando por delinear un personaje que podría representarlo, un alterego en el que deposita su manera de enfrentar el mundo: es Cecilia en La rosa púrpura, o la propia Alice. En Bullets over Broadway tenemos el caso más claro en la figura de David Shayne (John Cusack), un joven dramaturgo en los años veinte, personaje que es, sin duda, el que el director hubiera querido para sí, pero que para efectos de la historia -juventud, inexperiencia, ansias de talento, manipulabilidad- requería de un actor de mucha menor edad que el ya sexagésimo y otoñal neoyorquino.
Podríamos decir que ya hay una división clara en la filmografía de Woody Allen: la de las películas en las cuales el director también actúa y aquellas en las que no lo hace. Entre las segundas hay títulos como (, 1978), (, 1985), (, 1988) o (1991), películas en las que el propio Allen no ha encontrado un papel en el que se sienta cómodo, optando por delinear un personaje que podría representarlo, un alterego en el que deposita su manera de enfrentar el mundo: es Cecilia en , o la propia Alice. En tenemos el caso más claro en la figura de David Shayne (John Cusack), un joven dramaturgo en los años veinte, personaje que es, sin duda, el que el director hubiera querido para sí, pero que para efectos de la historia -juventud, inexperiencia, ansias de talento, manipulabilidad- requería de un actor de mucha menor edad que el ya sexagésimo y otoñal neoyorquino.Shayne se empeña en sacar adelante un drama teatral libre de las presiones de empresarios y patrocinadores, y su sueño se concreta gracias al aval económico de un mafioso cuya única condición es la inclusión de su amante (Jennifer Tilly) en el reparto, a lo que David asiente, para permitir así que la ambiciosa obra llamada Dios de nuestros padres sea protagonizada por una gran dama -ya decadente- del teatro, Helen Sinclair (Dianne Wiest) y un prestigioso actor con serios problemas de bulimia, Warner Purcell (Jim Broadbent). Una vez conformado el grupo de actores, empiezan los ensayos y con ellos la película, que hasta ese punto se ha movido con una pasmosa lentitud.
A la manera de París nos pertenece (Paris nous appartient, 1960), la creación de la obra teatral es una disculpa para develar las dificultades y tensiones que soporta un artista: Helen empieza a conquistar a David para hacer más destacado su papel, la mafia hace defender su inversión, los otros actores disputan entre sí y en el centro de todo este huracán, David se empeña en mantener su independencia mientras se va dando cuenta de su propia falta de talento. Allen trata de mostrarnos el laberinto donde debe florecer el arte: en medio de las presiones de los otros. Por lo demás, la película guarda una prudente distancia sobre la labor teatral en sí: fuera de los ensayos, sólo vemos instantes de la obra terminada, pequeños momentos sin ilación. Para Allen, lo importante no es lo que ocurre en las tablas -donde todo es ficción, un montaje- sino tras bambalinas, entre los actores y los autores, que viven cada uno su propia historia.
Y en este momento, cuando el filme se hace coral, es cuando se torna más interesante y entretenido. El director abre el foco sobre otros personajes que progresivamente comienzan a tomar fuerza: Cheech (Chazz Palminteri), un matón encargado de vigilar a la amante del mafioso, empieza a dar sus propias opiniones sobre el guión de la obra. Y lo que al principio se veía como una osadía, lentamente se va consolidando como un giro válido y talentoso que en últimas salva el confuso drama. Cheech se va apropiando de la labor creativa con una entrega para la que su falta de moral le sienta de maravilla, pues nada va a impedir que la obra triunfe... así haya que matar a alguien. Aparece entonces el segundo tema de Bullets: la amoralidad del artista, entendido como un ser superior -por su sensibilidad, por su educación- que crea su propio mundo de reglas y códigos sociales.
¿Pretendería Woody Allen darnos así una justificación a su conducta con Mia Farrow y a su relación con Soon-Yi? No nos atreveríamos a aseverarlo, pero queda latente en el aire esa posibilidad. De todos modos, este tratamiento ya ha sido abordado previamente, y para mencionar tan sólo tres ejemplos, es el tema tras el asesinato de La soga (Rope, 1948) y los crímenes pasionales de Matador (1986), y con otro énfasis -más hacia el triunfo de la maldad- en Crímenes y pecados (Crimes and Misdemeanors, 1989), del propio Allen. En el filme que hoy nos ocupa, el director ha adornado todo este ámbito con punzantes y divertidas gotas de su intelectual humor, que relaja, pero que no logra disimular por completo sus intenciones de querer -a grito herido- decirnos que su estilo de vida está por encima del bien y del mal, y que no desea ser juzgado por sus actos, sino tan sólo por sus películas.
Para David es ya suficiente, convencido de que intenta hacer parte de un mundo que no es el suyo -por su ineptitud, por sus reservas éticas- abandona asustado la vida artística, buscando la redención en el amor: un auténtico y apresurado final feliz. Final que nos deja inconformes, traicionados, preguntándonos por qué no le dieron los guionistas (Allen y Douglas McGrath) una salida distinta y más inteligente a esta película.
¿Hacía donde ha evolucionado el cine de Allen? ¿Podemos esperar ya cualquier cosa? No creemos que esta cinta represente una evolución. La vemos como un intento de mostrar que, a pesar de la crisis personal, el artista dentro del hombre atribulado se mantiene en buena forma, capaz de hacer a un lado la tormenta y brillar por lo que verdaderamente es: un inteligentísimo creador y uno de los directores norteamericanos más brillantes y auténticos. No es Bullets over Broadway su mejor obra, pero tampoco pensamos que deba ser ignorada: tiene momentos de brillante comedia y es una aleccionadora mirada al mundo del espectáculo como lo entiende ese señor autor llamado Woody Allen que ya ajustó treinta años haciendo el cine que ha querido y como ha querido hacerlo.
Publicado en la revista Kinetoscopio No. 42 de 1997
