Nombre: La última noche de Boris Grushenko
Categorías: Comedia
Director:
País: Estados Unidos
Año: 1975

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Andres Borda Gonzalez

La última noche de Boris Grushenko (1975)

La mitad que come

Solo los fanáticos se acuerdan del Woody Allen que hacía comedias tontas antes de Annie Hall. Los críticos, los cinéfilos, los canales de televisión se empeñan en mostrarnos a un autor que sólo existe desde que se ganó un Oscar a mejor película en 1977, y que consiguió establecer un número reducido pero fuerte de fieles seguidores con obras como Manhattan, La rosa púrpura del Cairo, y Crímenes y pecados. Pero es bueno volver a los sesenta y los primeros años de los setenta para recordar que Woody Allen comenzó -antes de haber reformado las técnicas narrativas del cine mezclando a Bergman y a Brecht en Annie Hall, y de intentar según sus propias palabras de conseguir obras de la misma relevancia artística del cine de Fellini o Kurosawa- haciendo comedia. Entre las seis películas que hizo con el único propósito de matar de la risa a todo el público, tal vez las dos más sólidas sean El dormilón y Love and death. Y vale la pena verlas, porque con ellas ocurre algo que no pasa con muchas otras de sus películas: incluso a las personas que no son fanáticas y seguidoras suyas les van a gustar.

Es sorprendente el salto que hay entre Love and death (de 1975) y Annie Hall (1977). Son películas increíblemente diferentes: la primera quiere parecerse a una comedia loca de los hermanos Marx, mientras que la segunda es una curiosa mezcla entre Lubitsch y Bergman. Los españoles tradujeron esta primera como La última noche de Boris Grushenko, aun cuando la película nos muestre mucho más que la última noche de su protagonista. Ésta nos cuenta, puesto en pocas palabras, la historia de un joven ruso y cobarde que está perdidamente enamorado de su prima Sonia, y que desde pequeño tiene experiencias místicas en donde puede ver en ocasiones a la mismísima muerte. Y el resultado es una comedia que logra mezclar cosas que nadie habría pensado que se pudieran poner juntas: el argumento une las novelas de Tolstoi y Dostoyevski, algunas imágenes parodian las películas de Eisenstein y de Bergman, hay enredados diálogos que recuerdan a Leibniz y a Espinoza, y algunos de los episodios más divertidos son claramente inspirados en las películas más famosas de los hermanos Marx.

Y su título, Love and death (que literalmente traduce Amor y muerte), es una definición precisa y también confusa de la película: ¿quién podría creer que esta comedia loca ambientada de la manera más ridícula posible en la Rusia de finales del siglo XVIII fuera, en el fondo, una reflexión sobre el amor y la muerte? Sus protagonistas tienen encrucijadas éticas que les hacen temblar sus vidas, los personajes femeninos no encuentran salvación en los romances a los que recurren para escaparse de sus fallidos matrimonios, y la guerra termina convirtiéndose en un deber social necesario para rescatar el honor de cualquier familia. Woody Allen extrajo todos estos dilemas de novelas como Crimen y Castigo, Anna Karenina, y Guerra y paz, y los planteó y construyó a través de preguntas filosóficas tales como "¿es este el mejor de los mundos posibles?", "¿existe Dios"?, y "¿qué ocurre después de la muerte?". La mezcla (que algún intelectual podría calificar de postmoderna, y que bien podría funcionar como otro pesado tratado filosófico del siglo XX) resulta convirtiéndose, de una manera que sólo Woody Allen ha probado ser capaz de conseguir satisfactoriamente en el cine, en una comedia que -sin querer recurrir a frases recurrentes- no nos deja parar de reír. Los encuentros con la muerte, los diálogos rápidos y geniales (en uno de ellos, por ejemplo, Sonia le confiesa a Boris que es "mitad santa, mitad puta", y él responde: "espero obtener la mitad que come"), y las situaciones absurdas en las que sus protagonistas se ven atrapados mientras buscan asesinar a Napoleón o acostarse con uno u otro personaje (Sonia tiene un esposo que está obsesionado con los arenques, y Boris se convierte en amante de una noche de una mujer con la que ha coqueteado durante una presentación de La flauta mágica de Mozart), nos dan la impresión de que Woody Allen consiguió hacer una comedia de la misma genialidad de Una noche en la ópera o Tres edades.

Y aunque el mundo entero prefiera aun las películas más sutiles y menos locas de Allen, es evidente que también sus primeras comedias merecen atención. Si queremos, también las podemos considerar como arte. Y el hecho de que prefieran simular en su estructura la locura de las comedias de los cuarenta norteamericanas al difícil y admirable cine europeo de Fellini y Bergman (incluso cuando encontremos en Love and death innumerables referencias a estas obras, nunca podríamos decir que Bananas o El dormilón se parecen ni remotamente a Fresas salvajes), estas películas son, medidas y juzgadas de acuerdo a sus propios objetivos, obras geniales. Y Love and death, que es una comedia desde el principio hasta el final, y que no falla en ninguno de sus chistes (prometo que quien la vea se va a reír desde la primera escena hasta la última), es la película más coherente, dentro de su propia locura, de ese "primer periodo" de Woody Allen.

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