Nombre: La maldición del escorpión de jade
Categorías: Comedia, Policiaca, Fantasía, Comedia romántica, Romance, Crimen
Director: Woody Allen
País: Estados Unidos
Año: 2001

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Juan Carlos Gonzalez Arroyave

La maldición del escorpión de jade (2001)

Play it again, Woody

"De vez en cuando todo el mundo es Bogart, muchacho". Es el espíritu de Boogie quien así se expresa en Sueños de un seductor (Play it again, Sam, 1972), la adaptación a la pantalla de la pieza teatral homónima que Woody Allen estrenara en las tablas de Nueva York el 12 de febrero de 1969. Allí Woody es Allan Felix, un apasionado cinéfilo que se asesora de los consejos espirituales de Bogart para solucionar sus frecuentes crisis afectivas.

La frase parece haberse quedado en la cabeza del director todos estos años, para ahora volverla realidad con El beso del escorpión (The curse of the jade scorpion, 2001), su muy singular homenaje a Bogart y al film noir de los años cuarenta. Pieza de época -como lo fueron Bullets over Broadway (1994) y Días de radio (Radio Days, 1987)- ambientada en la Nueva York de 1940, recrea el mundo en el que se movían los duros detectives privados del género policial. "Me agrada hacer películas ambientadas entre los años veinte y cuarenta, porque me gusta la música, el vestuario, el estilo visual y la forma en la que las mujeres lucían, así como el romance de la época. De los años veinte me gustan los gángsters con sus ametralladoras en estuches de violín; y los cuarenta con los soldados y los marineros despidiéndose de sus novias. Es algo muy bueno visualmente, por eso hago con frecuencia películas sobre esas épocas", explicaba el director en una entrevista.

Woody Allen interpreta a CW Briggs, un veterano detective que trabaja para una compañía de seguros y que se enfrenta a intrincados casos de robo y defraudación. Vestido a la usanza de Bogart y pronunciando sus frases de doble sentido frente a las mujeres, Woody -con el otoñal aspecto que le han dado los años- estaba al borde de caricaturizar su personaje hasta al punto de hacerlo inverosímil. En inteligente decisión, decide dotarlo de las características usuales de su personalidad fílmica -inseguridad, nerviosismo, levedad, ansiedad- y lo salva del ridículo al dotarlo de la "masculinidad frágil" que una de sus compañeras de labores le endilga. Para el espectador este giro implica reconocer al personaje y ponerlo de inmediato de su lado: es el Woody Allen de siempre, con los ropajes de un detective rudo. Como actor puede que esta no sea una muestra de versatilidad, pero sí de consistencia con su imagen fílmica.

El resto de la atmósfera está intacta: el estilo visual (cortesía de Zhao Fei, fotógrafo de Chen Kaige y Zhang Yimou), el clima de sutil corrupción, el misterio por resolver, la rubia despampanante (Charlize Theron, toda curvas y susurros, impersonalizando a Lauren Bacall) y la resolución no del todo lógica y coherente del caso, tal como nos lo enseñaron clásicos como El halcón maltés (The maltese falcon, 1941), Tener y no tener (To have and have not, 1944), Double indemnity (1944) o El sueño eterno (The big sleep, 1946). La diferencia es, claro, el tono de comedia que reemplaza al grave acento dramático que esos filmes tenían.

Parodiando un género en el que tradicionalmente el intercambio verbal y los juegos de palabras entre los personajes eran clave, Woody Allen se siente muy cómodo deslizando de manera permanente sus ágiles gags orales, no siempre fáciles de traducir y de captar. Sus contiendas en la película no son exactamente contra maleantes, sino contra Betty Ann Fitzgerald (interpretada por Helen Hunt), una mujer que ha llegado a la compañía de seguros donde él labora, con intenciones de modernizar los procesos administrativos de la empresa, mientras en secreto es la amante del director de la misma, Chris Magruder (Dan Aykroyd). Ella es una mujer independiente, educada y que no está dispuesta a dejarse usar sexualmente, cualidades no muy apreciadas por la sociedad tradicionalmente machista del momento. Los enfrentamientos entre Briggs y Fitzgerald recuerdan los mejores momentos del screwball comedy de los años cuarenta y las peleas fílmicas entre parejas tan recordadas como Cary Grant y Rosalind Russell o como Spencer Tracy y Katharine Hepburn. La tensión sexual entre ambos personajes es evidente, a pesar de la diferencia de edades, vigor y el odio que se profesan. Puede anticiparse, si la tradición se mantiene, un final feliz y romántico para ambos, luego de una lucha de sexos sin cuartel.

Otro factor diferencia a El beso del escorpión de los film noir usuales: la introducción de un elemento de fantasía, situación muy usual al cine de Woody Allen y que va a requerir de un análisis muy profundo a la hora de hacer un balance integral de la obra de este autor. La fantasía está presente en Sueños de un seductor, Recuerdos (Stardust memories, 1980), Comedia sexual en una noche de verano (A midsummer night´s sex comedy, 1982), La rosa púrpura del Cairo (The purple rose of Cairo, 1985), Alice (1990) y muy notoriamente en Edipo reprimido (Oedipus wrecks), su segmento en Historias de nueva York (New York Stories, 1989). Es precisamente con este episodio, que involucra el poder de la magia, con el que El beso del escorpión se encuentra más relacionado. Allen siempre ha admirado al cine de Federico Fellini, con su mezcla de recuerdos y fantasía, y como el italiano, siente atracción por los circos, la magia y los magos. En ambos filmes el director representa a personajes absolutamente confiados en la lógica y en la racionalidad que son inesperadas víctimas de la magia y la hipnosis, siendo presa de un destino juguetón que no pueden -muy a su pesar- controlar. El conflicto aparece cuando Briggs y Betty Ann son hipnotizados en una reunión social de la empresa por Voltan, un extraño mago (David Ogden Stiers), y en el trance olvidan por unos segundos su odio, y se suponen enamorados. Lo que ninguno de estos personajes sabe es que han quedado a merced de las intenciones del mago, quien tiene ya planes para ellos. A partir de este punto se desenvuelve la madeja del relato, que sigue dos caminos: el de la investigación de sendos robos de joyas, y el de la relación de Brigss y Betty, la cual toma insospechados y graciosos giros cuando entran y salen del trance al que el mago los sigue sometiendo. El beso del escorpión es una comedia simple en propósitos y de sencillos resultados. El humor de Woody Allen se mantiene hasta cierto punto en forma, pero ha derivado hacia propuestas más directas y modestas, que carecen de la profundidad de filmes previos tan valiosos como Hannah y sus hermanas (Hannah and her sisters, 1986) o Crímenes y pecados (Crimes and misdemeanors, 1989), donde el director sacaba humor de la exploración sincera de la tragedia, en una conjunción brillante entre drama y comedia. Los personajes tridimensionales que creó para esos filmes eran seres vivos, personas en las que podíamos reflejarnos, con las que podíamos reflexionar y, porque no, reírnos. No eran títeres a las órdenes de un mago caprichoso como aquí, sino seres responsables de sus propios destinos, con un presente que ellos mismos habían creado. Cuando uno analiza en retrospectiva la filmografía de este autor, es cuando se da cuenta que su cine ha perdido peso y que quizá la sencillez adquirida no le sienta bien, que a lo mejor le suma un par de espectadores, pero que desconcierta a sus seguidores habituales, que recuerdan momentos más logrados de su obra, piezas fundamentales para entender el cine norteamericano de los últimos treinta años.

Como obra menor, El beso del escorpión -así como Small time crooks (2000)- cumple con su propósito de divertir con inteligencia. Si esos eran sus fines, Woody Allen los cumplió. Pero nos resistimos a creer que este neoyorquino ingenioso se complazca en la ligereza y en el chiste veloz. Su cine es más, mucho más. Sus fieles espectadores así lo sabemos y a ese credo nos aferramos convencidos.

Publicado en la revista Kinetoscopio No. 64 en 2003.

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