Nombre: La diligencia
Categorías: Western
Director:
País: Estados Unidos
Año: 1939

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Juan Carlos Gonzalez Arroyave

La diligencia (1939)

Ringo Kid salva el día

Trece años y treinta y dos películas le tomó a John Ford para volver a dirigir un western, luego del estreno en 1926 de Three Bad Men, un complejo filme mudo que protagonizara George O’ Brien. En la transición al cine sonoro, Ford continuó implementando su particular y directo estilo de hacer cine, estilo que fue reconocido con el dorado galardón de la Academia de Hollywood por The Informer (1935), un excelente drama de rebelión y principios morales situado en la Irlanda de sus mayores. Según la novela de Liam O’Flaherty, adaptada por Dudley Nichols, la cinta obtuvo cuatro Oscares y sitúo a su director en el centro de las miradas del cine mundial. Pero lo mejor faltaba aun por llegar.

En 1939 John Ford tiene cuarenta y cuatro años y -con mucho todavía que contar- por fin se decide a dirigir otra película del oeste. Viene de hacer Submarine Patrol (1938), sin mayor éxito, cuando le propone al productor independiente Walter Wanger que aporte doscientos cincuenta mil dólares para hacer un nuevo filme. Su retorno al genero de las balas, las ciudades polvorientas y los Apaches, que tomó por sorpresa a la comunidad del cine, sería por la puerta grande: en febrero de ese año nos presentó La diligencia (Stagecoach) y a partir de ahí el western nunca sería igual.

El guión de la historia, escrito también por Nichols (y según se dice, con colaboración no acreditada de Ben Hecht), se inspiró en diversas fuentes, siendo la principal el cuento Stage to Lordsburg de Ernest Haycox, que la revista Collier’s Magazine publicó en abril de 1937 y cuyos derechos adquirió Ford por cuatro mil dólares. Pero en la historia también hay resonancias de The Outcast of Poker Flat del escritor Bret Harte y de la inolvidable Bola de sebo de Guy de Maupassant. La mezcla de todos estos elementos se conjuga aquí en una historia perfectamente construida, que el genio de John Ford se encargaría de convertir en imágenes tan inmortales como entretenidas.

Con La diligencia, Ford da la bienvenida al western sonoro, a los paisajes apocalípticos y majestuosos del Monument Valley en sus películas, y a su asociación madura con un actor de treinta y dos años, oriundo de Winterset, Iowa y cuyo nombre era Marion Michael Morrison : sin embargo el mundo del cine lo conocía como John Wayne. Wayne y Ford venían trabajando juntos desde 1928, interpretando aquel pequeños roles en sus películas mudas, pero a pesar de su amistad con el director no había tenido oportunidad de hacer un papel significativo en algún filme. A partir de La diligencia, donde interpretó al fugitivo Ringo Kid, Wayne se convertiría - a veloz paso - no sólo en una estrella del cine, sino en un símbolo nacional de Los Estados Unidos.

Aunque para conformar el reparto Walter Wanger había sugerido a Gary Cooper y Marlene Dietriech, Ford reclutó -además de Wayne- a un grupo de actores de carácter que incluía a Claire Trevor, Andy Devine, John Carradine y al actor de teatro y guionista Thomas Mitchell, que ese mismo año encarnó al padre de Scarlett O’hara en Lo que el viento se llevó (Gone with the Wind, 1939) y que acá representó a Josiah Boone, el medico alcohólico que es expulsado del pueblo por su conducta. Su actuación fue premiada con un Oscar como actor secundario.

La diligencia es ante todo el análisis de un grupo humano diverso, puesto en una situación extrema que no eligieron, y de la que saldrán o purificados o maltrechos, en una suerte de purgatorio terrenal del que algunos ascienden a la gloria y otros caen al infierno. La situación limite que Ford propone es un viaje en coche entre las poblaciones de Tonto y Lordsburg, atravesando territorio que Gerónimo, jefe Apache, ha invadido. Los ocupantes de la diligencia saben del peligro que corren, pero todos tienen motivos más o menos sólidos para arriesgarse a viajar. Y aquí viene lo que hace a este filme una obra maestra: cada uno de los pasajeros es un prototipo social muy característico -un autentico microcosmos del lejano oeste- que nos es presentado tanto con valores positivos como negativos. Así, la ley tiene dos representantes: un comisario, Wilcox (George Bancroft) y un fugitivo, Ringo Kid (Wayne); los hombres de la sociedad van representados por el director de un banco, Gatewood (Berton Churchill) y por un rudo jugador, antiguo oficial, Hatfield (Carradine); de las mujeres de la sociedad viajan una impoluta dama, esposa de un sargento, Lucy Mallory (Louise Platt) y una prostituta, Dallas (Trevor); de los profesionales vemos a un tímido viajante de licores y esposo ejemplar, Peacock (Donald Meek) y un medico permanentemente ebrio, Boone (Mitchell). De esta manera, cada uno tiene su contraparte, su cara y su sello. El único que podríamos decir que viaja solo es el conductor, Buck (Devine), pero así mismo es el personaje más unidimensional, caricaturizado expreso para convertirlo en fuente humorística por su voz, acento y gestos. La vena cómica de este director, aparentemente no muy explícita, tiene en La diligencia a uno de sus mejores ejemplos. Los apuntes oportunos e ingenuos de Buck y la graciosa relación del Dr. Boone y Peacock alivian en buena parte el tono de fatalidad irreversible de la narración.

La película en realidad cuenta dos historias: una externa, que es el viaje en si y sus vicisitudes; y una interna, que se desarrolla del contacto de los pasajeros, dentro de la diligencia y en los lugares intermedios donde bajan a descansar. Ford se esmera en describir la tensión interna que se genera en un grupo tan abigarrado al estar obligadamente juntos : poco a poco se ven florecer las alianzas por conveniencia, los desaires, las convenciones sociales que no pueden ser tocadas ni superadas, y también va surgiendo la redención, cuando de aquellos de los que no se esperaba nada, sale un acto heroico, una voz de aliento, un gesto sincero : el parto atendido por el doctor alcoholizado, la atención maternal de Dallas, el valor de Ringo Kid. Y claro, cuando las mascaras caen, los inmaculados estandartes de la sociedad también muestran su lado flaco y así el banquero es un egoísta y un ladrón, el negociante de licores un hombre pusilánime, y la gran dama un mujer sin compasión y atada a asfixiantes prejuicios. La compleja interrelación entre los personajes, la descripción de su personalidad y de los rasgos que distinguen a cada uno, el drama que surge de su unión y el magnífico balance entre humorismo y desventura, convierten a este filme en una "comedia humana" enmarcada en una historia del oeste, que parecía -por lo menos hasta ese momento- incompatible con ese tipo de profundidades. Este planteamiento formal se constituyó en un verdadero renacer del western, relegado a filmes baratos hechos para rápido consumo y veloz olvido, elevándolo a partir de aquí a un genero maduro, digno de representar los más complejos sentimientos, y aprobado tanto por crítica y público. Las obras maestras no tardarían de nuevo en llegar.

A pesar de su peso dramático, Ford no apela nunca al estatismo ni a la teatralidad. La diligencia está -literalmente- siempre en movimiento. El Monument Valley, en Utah, sólo había servido de marco cinematográfico a una película previa, The Vanishing American (1925) de George B. Seitz, y para Ford este paisaje desértico e impasible, con sus gigantescos e improbables bloques rocosos, más dignos de un paraje de Venus o Marte, fue toda una revelación. Aquí volvería -hipnotizado- una y otra vez en sucesivos filmes, quizás para recordarnos la pequeñez humana ante el voluptuoso y enorme espectáculo de la naturaleza. Por este terreno corre desbocada la diligencia, llevando su particular carga humana, con sus conflictos y sus variadas penas, y así mismo huyendo de un feroz ataque apache. El director crea una coreografía salvaje de caballos, gritos de guerra, flechas, disparos y arrojo, donde uno de los apaches y Ringo Kid se transan en un par de arriesgadas y peligrosas maniobras entre los caballos del coche. Estas escenas, de verdad peligrosas, fueron fotografiadas por Bert Glennon y realizadas por un gran doble y campeón de rodeo, Enos Yakima Canutt, que incluso fue también el director de la segunda unidad de este filme. Es más, tampoco falta un sobrio duelo final en Lordsburg, entre Ringo Kid y los asesinos de su familia.

Ford no descuida detalle, de ahí que mención aparte debe hacerse de la banda sonora de este filme. Diez y siete canciones folklóricas de fines del siglo XIX fueron adaptadas por cinco compositores, bajo la dirección de Boris Morros. Al entrar a Tonto oímos Bury Me not on the Lone Praire, que se convierte en el tema de la diligencia a su paso por el desierto, pero la canción más famosa y más interpretada del filme es I Dream of Jeannie With the Light Brown Hair, utilizada en varias cimas dramáticas. Hollywood también premiaría a La diligencia por su música.

Filmada durante diez semanas, y requiriendo de tres meses adicionales para edición y musicalización, la película tuvo un presupuesto de trescientos noventa y dos mil dólares, y recaudó más de un millón durante su primer año de presentación. Fue reestrenada en muchas oportunidades, por lo general junto a The Long Voyage Home (1940), del mismo Ford. Eventualmente el negativo original de La diligencia se deterioró o se destruyó, pero la intervención de John Wayne, que aportó su propia copia en 1970 impidió que la cinta se perdiera para siempre.

Imitada en dos ocasiones -en 1966 y en 1986-, y copiados sus personajes hasta convertirlos en estereotipos de una cultura y de un momento concreto de la historia, esta película es un clásico absoluto, vibrante, conmovedor y muy divertido. Nos deja la enorme lección de mirar más allá de convenciones y posiciones sociales, buscando lo que de humano habita en cada uno de nosotros. Su mirada rigurosa al western lo enriqueció, y así mismo la convirtió en un filme eterno, cada vez más lozano y ágil a medida que pasan los años.

Publicado en la revista Kinetoscopio No. 44 en 1998.