Nombre: Johnny Guitar
Categorías: Western
Director:
País: Estados Unidos
Año: 1954

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Juan Carlos Gonzalez Arroyave

Johnny Guitar (1954)

Una noche, Nick Ray soñó con un western

"Hubo teatro (Griffith), poesía (Murnau), pintura
(Rossellini), baile (Eisenstein), música (Renoir). De
ahí en adelante hay cine. Y el cine es Nicholas Ray".
-Jean-Luc Godard

Y si, la textura de la película es esa, la de un sueño. La de un western onírico, si es que ese género existe. Creemos que no. Quizá entonces se trate de un western poético, extraña combinación, no tan fácil de presentir y difícil de describir. "Operático" lo llamó Scorsese, y cómo discutirle al maestro. "La película más bonita del mundo gracias a sus imperfecciones", la tildó Jean Wagner por si faltaba otro epíteto. Johnny Guitar (1954) es todo esto, pero antes que nada es la obra de un autor personalísimo y original. La hizo Nicholas Ray. Pero primero la soñó, de eso no hay duda.

¿Era posible reinventar el western? ¿Era factible hacer algo distinto, sin traicionar las características del género más antiguo del cine? Ray lo consiguió sublimando y estilizando los elementos constitutivos de la narración y de la puesta en escena, hasta el punto de que estamos en presencia de un western en apariencia típico pero que, en el fondo, tenemos la convicción de que es absolutamente distinto a cualquier otro que hayamos visto antes.

Simbólica, la película empieza con una explosión: es dinamita que pretende hacer polvo una montaña para dar vía al modernismo representado en una futura vía férrea. Así mismo el propio filme fue el explosivo –en amalgama con Rancho Notorious (1951)- que hizo detonar el western clásico y repensarlo para dar paso a obras más modernas y arriesgadas, donde el drama humano primara sobre la violenta acción externa que, entre duelos a pleno sol y ataques de indios, ya parecía al borde del agotamiento, sin mencionar las aventuras dirigidas al público juvenil protagonizadas por Hopalong Cassidy y Roy Rogers, que también acusaban cansancio.

Lo primero que hizo Ray fue despojarnos de certezas: Johnny (Sterling Hayden), el vaquero a caballo, llega en medio de una ventisca a un enorme Saloon digno de un pueblo prospero. El problema: no hay pueblo. El edificio se yergue allí, solo, en medio de la nada. Y al entrar la sorpresa se hace aún mayor. No hay ni un cliente, sólo los crupiers listos a repartir cartas y a hacer girar la ruleta, y el barman presto a recibir un pedido. Como si siempre hubieran estado ahí esperando únicamente a que él entrara para cobrar vida, para justificar su existencia. Surreal, como anticipándose un lustro a The Twilight Zone, la escena no acaba allí. El sitio es extraño, aparentemente excavado en las rocas de una mina. Pareciera haber sido encontrado antes que construido. Y lo construyó (o lo encontró) una mujer, Vienna (Joan Crawford), única dueña digna de un Saloon en toda la extensión del misógino far west.

Vienna y Johnny tienen un pasado común y esta es la historia de su reencuentro, tras cinco años de lejanía. Si, por que en el fondo Johnny Guitar no es otra cosa que una historia de amor. Barroca, melodramática, cursi, todos los adjetivos caben. Estos amantes al principio se repelen y hasta se ignoran, pero saben que –como polos opuestos- pronto estarán en los brazos del otro para recomenzar su vida juntos. A ellos se debe uno de los diálogos más memorables, citados y copiados de la historia del celuloide, que empieza cuando él le pregunta:

- ¿A cuántos hombres has olvidado?
- A tantos como mujeres recuerdas.
- No te vayas
- No me he movido.
- Dime algo agradable.
- Claro. ¿Qué quieres que te diga?
- Miénteme. Dime que me has esperado todos estos años. Dímelo.
- Te he esperado todos estos años.
- Dime que habrías muerto si yo no hubiese vuelto.
- Habría muerto si tu no hubieses vuelto.
- Dime que aún me quieres como yo te quiero.
- Aún te quiero como tu me quieres.
- Gracias. Muchas gracias.

Pero aún en el metraje estamos lejos del –ojalá- final feliz. Como en todo drama trágico que se respete, a esta pareja la esperan duras pruebas que pretenden alejarlos. Han de superar, ante todo, la envidia y la intolerancia de un terrateniente y de una mujer del pueblo cercano, convencida que su hermano fue asesinado por un grupo de bandidos liderado por el Dancing Kid (los nombres lo dicen todo), amante de turno de Vienna.

Esa mujer, vestida de luto por su hermano, es Emma Small (Mercedes McCambridge), una fanática que quiere desterrar a Vienna y lo que ella representa. ¿Tiene pruebas? No y no las necesita para creer que la dueña del Saloon es la causa de todos sus problemas: la muerte de su hermano, la indiferencia amorosa del Dancing Kid (Scott Brady) hacia ella, el robo que el banco fue objeto y el peligro que representa el proyecto de pueblo nuevo que Vienna y el ferrocarril impulsan y que traerá a la zona a campesinos y granjeros foráneos, una amenaza que su xenofobia no tolera.

Emma emprende entonces una auténtica cacería de brujas que busca primero el ostracismo y luego ahorcar a Vienna y al cuarteto del Dancing Kid. La metáfora macartista no sólo es obvia, sino además sencilla de explicar. Nicholas Ray no era indiferente al impacto que las acciones del Comité de Actividades Anti norteamericanas del Congreso había tenido sobre el cine. Recordemos que su película In a lonely place –protagonizada por Humphrey Bogart, activista declarado pro libertades civiles- fue estrenada en mayo de 1950, cuando ya habían sido juzgados "los diez de Hollywood" y faltaba un año para que el Comité retomara sus ataques sobre la industria del cine, iniciados en 1947. Alegórica, In a lonely place trata sobre un guionista, Dixon Steele, afectado por la paranoia de la persecución. Incluso uno de los actores del filme, el comunista Art Smith, fue puesto en la lista negra de McCarthy. Ray también colaboró con un escritor de esa lista, Bernard Gordon, en la historia de Circus World (1964), firmado -ante las circunstancias- por Philip Yordan, el prolífico guionista quien respaldó como testaferro el trabajo de muchos compañeros caídos en la desgracia de la lista negra, lucrándose con el prestigio derivado de esos trabajos. A Yordan se debe el argumento de Johnny Guitar, originalmente una novela de Roy Chanslor, publicada en 1953, y que el autor dedicó a Joan Crawford. Incluso la película se realizó a pedido de la actriz, quien recomendó comprar los derechos de autor y hacer que el propio Chanslor hiciera la adaptación a la pantalla. Sin embargo, el guión no convenció a Nicholas Ray, quien colaboró con Yordan en la elaboración de un argumento completamente distinto. Hasta ahí todo parece claro, pero el documentalista y guionista Ben Maddow afirmó, cuando pudo hacerlo, que él fue el verdadero autor del tratamiento de Johnny Guitar y que Yordan sólo fue su testaferro, tal como había ocurrido con otras películas. Yordan insistió hasta su muerte en 2003 que la versión final fue suya, aunque muchos ya también dan crédito a Maddow por este guión.

Si así fue, Ray y Maddow, fallecido en 1992, trataron de plasmar en su película la oscura inquisición macartista, con giros que la hicieran invisible, o por lo menos poco atractiva, a la censura: "una impresión del presente filmada a través de los mitos del pasado", como la llamó un crítico norteamericano al momento de su estreno. La idea era destilar todos los fundamentos de actualidad que componían la historia para hacerla tan irreal que no se pensara en ella como una alusión política a lo que se estaba viviendo. El aspecto más notorio es la inversión de los roles de género. Aquí las protagonistas son dos mujeres, dominantes y de aspecto masculino, cuya decisión y fuerza hacen que todos las sigan ciegamente, alineados en dos grupos antagónicos. Ray decidió adaptar también la paleta de colores a estas circunstancias: en el western tradicional los hombres se visten de colores neutros y las mujeres de colores brillantes. En Johnny Guitar, Emma y Vienna visten de blanco, negro o gris, mientras son los hombres llevan vestimenta multicolor -Johnny de rosado, Dancing Kid de verde- como señalando que ellos son los objetos del deseo de estas mujeres y causa última de todos los conflictos. El grupo de Emma, que se supone son los representantes de la ley, viste de negro, en atuendos funerarios estrictos. Como un todo visual, la película sorprende por sus colores fuertes y contrastantes. Filmada con un proceso llamado TruColor, Ray eligió los colores brillantes, y su opuesto el claroscuro, para iluminar muchas secuencias. El rojo fuego incendia en la noche absolutamente oscura el Saloon de Vienna; el sol alumbra la cabaña donde Vienna -de blanco- se enfrentará a Emma -de negro- en el duelo final.

La película se rodó entre septiembre y diciembre de 1953 en Red Rock Country, Sedona, en Arizona, donde Republic Pictures tenía construido un set para filmes del far west que fue utilizado aquí. A diferencia de los cientos de westerns contemporáneos, Johnny Guitar ha sobrevivido incólume a los embates del tiempo. Pasada la etapa macartista, donde la película pudo haber tenido impacto por su actualidad, su discurso amoroso continuara siendo vigente, mientras hayan personas que sufran por amor y que se reflejen en estos personajes sensibles, frágiles -aunque no lo parezcan- y humanos, que sólo quieren otra oportunidad para quererse pese a todo. Nicholas Ray se las dio. A él nuestra gratitud eterna.

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