Nombre: Nashville
Categorías: Drama
Director:
País: Estados Unidos
Año: 1975

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Andres Borda Gonzalez

Nashville (1975)

En Nashville, dos horas y cuarenta minutos parecen fluir de una manera en la que pocas películas parecen hacerlo: los espectadores, seamos o no fanáticos de la música country, norteamericanos o extranjeros, seguimos las vidas de veinticuatro personajes (entre los que encontramos músicos, aspirantes a cantantes, soldados retirados, y políticos empeñados en ofrecer todo lo que ningún otro político se habría atrevido) con una naturalidad y comodidad muy raras en la historia del cine. Robert Altman, su director, con tomas largas y muy pocos close-ups, logró armar satisfactoriamente, y como sólo Jean Renoir y Federico Fellini lo habían conseguido, una película sin protagonistas en donde los personajes se cruzan a veces entre ellos, pero sólo se reúnen, por azar, hacia el final. Lo que dice Roger Ebert en su emocionada reseña es también cierto: después de verla nos sentimos más vivos, sentimos que sabemos más sobre el mundo y sobre las personas.

Sería imposible (o por lo menos inútil) intentar relatar la vida de cada uno de los personajes que integran esta gran "ópera" de lo que fue Estados Unidos a mediados de los setenta. Los dos grandes ejes de la película son, sin embargo, presentados durante los primeros cinco minutos: en primer lugar, los créditos iniciales introducen a los actores y a su director, a manera de parodia, en una especie de propaganda para un disco de grandes éxitos musicales de Nashville; y aunque no todas las historias que seguimos son sobre músicos, lo cierto es que sí están íntima y necesariamente ligadas con el absurdo e inmenso fenómeno musical de esta ciudad. Después de los créditos, abruptamente vemos una van que promociona a Hal Phillip Baker, un político que está dispuesto a romper con todos los esquemas tradicionales de hacer política, y que en una de sus líneas iniciales asegura que "todos estamos, lo queramos o no, involucrados con la política"; la frase adquiere gran relevancia cuando al final las vidas de todos los personajes se ven interrumpidas por un inesperado incidente en una de las campañas de Baker.

Pero más allá de estos dos grandes "temas", la música y la política, el peso de Nashville reside en la naturalidad con la que la cámara sigue a sus personajes, en cómo consigue conmovernos con sus vidas sin recurrir a ningún sentimentalismo ni manipulación. Pauline Kael dice que es "la visión épica de América más chistosa que haya tocado jamás la pantalla", y no se equivoca: las canciones que ocupan cerca de dos terceras partes del metraje total son absurdas, ridículas y divertidas, pero al mismo tiempo son genuinamente honestas. Vemos aquí un micro mundo que parece ser un modelo a escala de uno mucho más grande: vemos a los perdedores, a los frustrados, a los exitosos, a los locos viviendo sus vidas con total ignorancia del resto de la humanidad, excepto cuando logran conectarse con los demás a través de la música.

Por otra parte, ver Nashville no es lo mismo que ver cualquier otra película; la forma en que el proyecto se gestó es una causa evidente de esto. Altman, con la finalidad de darle coherencia y un aspecto documental a su historia, construyó un guión con muy pocos diálogos para que los actores se vieran motivados a improvisar. La cosa no para aquí: muchos de ellos tuvieron también que componer, dentro de sus propios personajes, las más de quince canciones que oímos a lo largo de la película (una de ellas, I’m easy de Keith Carradine, fue eventualmente un éxito en radio). Altman entiende como pocos directores se han atrevido a confesar que el cine es un trabajo de muchos, y que por ello una película se ve increíblemente beneficiada cuando todos los participantes del proyecto son motivados a hacer parte del proceso creativo de ésta. Y aunque los actores no aparezcan (o al menos casi ninguno) más de media hora en la pantalla, sus actuaciones son tan genuinas y llenas de vida que nos basta con haber visto a cualquiera de ellos sólo un poco para que nos sintamos comprometidos con este hasta el final.

Es cierto que Nashville ha ejercido una influencia sobre el cine norteamericano contemporáneo difícilmente calculable (aunque puede rastrearse en las obras de directores como Alexander Payne y Paul Thomas Anderson), pero lo cierto es que lo que al final importa es la sensación que permanece con nosotros cuando la hemos acabado de ver: Robert Altman impregna con su sensibilidad cada uno de los planos en la pantalla, y es inevitable no identificarse con Roger Ebert y pensar que, efectivamente, después de verla nos sentimos un poco más sabios. No hay duda, así suene a exageración, de que esta es una de las películas más importantes dentro de la historia del cine norteamericano.

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