Nombre: La noche es nuestra
Categorías: Drama, Acción, Policiaca
Director: James Gray, Joaquin Phoenix
Reparto:
País: Estados Unidos
Año: 2007

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Samuel Castro * * *

La noche es nuestra (2007)

Una de policías y ladrones

¿Alguien de verdad puede creer que las mafias criminales que azotaban a New York en los años 80, llenando sus calles de crack y asesinando policías a diestra y siniestra no sabrían que el jefe de la policía de Brooklin tenía 2 hijos? ¿O que un asesino que unos minutos antes amenazaba a un secuaz con matar a su madre si lo delataba con la policía no investigaría, aunque sea un poquito, al tipo a quien va a invitar a ser socio en un negocio de drogas? Y sin embargo, aunque todo esto suene absurdo, aunque haya que tragarse estas situaciones inverosímiles, We own the night es una buena película que uno quiere ver hasta el final, que se puede recomendar sin vergüenza y que además reivindica como tema cinematográfico las historias de policías, tan maltratadas por gente como Michael Bay y sus horribles Bad Boys

La discoteca “El Caribe” está a reventar. Hay mujeres semidesnudas que bailan en la barra mostrando las tetas. Pero eso no le importa a Bobby, el administrador del lugar. Él sólo tiene mente para lo que está haciendo en ese momento: acariciar la entrepierna de su novia, la hermosa Amada, que también se muere de ganas y de amor por él. Esa escena retrata lo que es Bobby: un tipo exitoso y despreocupado, a quien poco le importa si en su club negocian con drogas. No es su problema.

Pero el asunto no es tan fácil, porque justo en ese momento su hermano, Joseph Grusinsky, capitán de la policía de New York, está recibiendo un homenaje que preside el jefe de departamento, el papá de ambos, Albert Grusinsky. Cuando Bobby Grusinsky llega a ese salón colmado de uniformados, irritando a todos esos hombres respetables con su arete en la oreja, su novia con pinta de prostituta y oliendo a mariguana queda claro que estamos ante un drama familiar, y lo que es peor, un drama masculino, como en las películas de mafiosos, en las que los lazos de sangre convierten el respeto por el padre y las peleas entre hermanos en una tragedia anticipada y las mujeres son sólo un adorno necesario de la trama.

Desde esa primera reunión entendemos que nos encontramos frente a dos personajes poderosos y a dos actores extraordinarios: Joaquin Phoenix (Bobby) y Robert Duvall (Albert, el papá). Bobby hace todo por sacar de quicio a su padre, que no puede soportar las idioteces de su hijo ni su deseo de que nadie conozca su apellido paterno, del que debería estar orgulloso, para caer bien en los bajos fondos en que se mueve. El reproche es más difícil de soportar para Bobby porque su hermano Joseph (un Mark Wahlberg muy por debajo de lo que demostró en Infiltrados), es el heredero perfecto, casado y con hijos, valiente y reconocido policía. Los caminos de ambos terminan por encontrarse cuando Joe decide irrumpir en el club de Bobby porque en él se esconde un peligroso miembro de la naciente mafia rusa, Vadim Nezhinski, sobrino del dueño del club, es decir, del patrón de Bobby.

Cuando estamos por pensar que vamos a ver la historia de los dos hermanos que se enfrentan en orillas opuestas de la ley, le dan un balazo a Joe frente a su casa. El rostro de Joaquin Phoenix al oír la noticia, el gesto que hace cuando Vadim le dice que el siguiente en caer será el jefe de policía sin saber que es su padre, muestran por qué Phoenix es uno de los actores mejor dotados de su generación. En esos segundos vemos quebrarse la falsa autoconfianza del protagonista, entendemos que adora a su familia, que su hermano y su papá están por encima de todos y que no va a permitir que nadie les haga daño. Por eso se juega su pellejo, inexperto como es en esas lides, en una operación encubierta que va a meter a Vadim a la cárcel y los convertirá a él y a su novia en testigos encubiertos, condenados a vivir en hoteles de mala muerte y a abandonar la vida disipada que conocieron.

Joe vuelve de la convalecencia meses después y encuentra que su mundo ha cambiado. Ahora su padre respeta a Bobby tanto como a él. Eso acaba con su antigua confianza en sí mismo, con consecuencias que sólo conoceremos casi al final de la película. Pero esto no es sólo un drama, también es una cinta de acción donde las armas están para ser usadas y la tensión tiene que explotar necesariamente en una secuencia violenta. Y James Gray, el director de la película, que desde que estrenó Little Odessa en el 94 se ha convertido en uno de los nuevos valores del cine norteamericano (no por nada tres de sus películas ya han sido selección oficial de Cannes y tiene en su bolsillo un León de Oro de Venecia) sabe hacer acción de la buena, de esa que narra al ritmo de las balas, que transforma a sus personajes mientras matan e intentan matarlos, tan escasa en estos tiempos de efectos especiales al por mayor, en la que prima la pirotecnia sobre la narración. La persecución en que intentan asesinar a Bobby, narrada casi toda a través de sus ojos, entra fácilmente en una antología de las mejores secuencias con automóviles del cine contemporáneo.

James Gray ha conseguido recargar con baterías nuevas ese cine de policías que gustaba mucho en los setenta y ochenta, tanto en las salas como en televisión y que hemos dejado a un lado, obnubilados con los efectos especiales y las deducciones asombrosas de los CSI. Inspirado en películas como The french connection o To live and die in L.A., donde los diálogos eran rápidos y efectivos y se le hablaba a los cadáveres después de matarlos, el director y guionista consigue devolvernos la esperanza en las cintas de acción “a la antigua”. Es tanto su empeño por recobrar el brillo perdido de aquellos años (en los que también transcurre la película) que incluso hace que su director de fotografía trabaje con una paleta de amarillos, un color ya casi extinto en las películas urbanas. Sus imágenes tienen energía, es capaz de contar una historia que hubiera podido protagonizar Clint Eastwood pero haciendo que luzca como algo original (como en la persecución a pie que Bobby hace en medio de un cañaduzal lleno de humo) Por esa electricidad que se respira en sus secuencias de acción, porque el público se da cuenta de que esta película es algo más que un producto prefabricado, es que We own the night resulta un entretenimiento maravilloso.

Al final  Bobby se ha convertido un héroe a pesar de todo. Amada no está a su lado, pero nosotros los espectadores emocionados sí. A su lado y de su parte.

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