Nombre: El sospechoso
Categorías: Drama, Política
Director: Gavin Hood
Año: 2007

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Samuel Castro * * ½

El sospechoso (2007)

Tan solos que están los buenos

Siempre que alguien habla mal de películas colombianas que tratan el tema del narcotráfico como El rey o Sumas y restas con el argumento de que “muestran la cara más terrible de Colombia” o que “le hacen mucho daño a la imagen del país” habría que preguntarle si lo dice en serio. ¿Lo dice en serio? ¿Aquellos que hacen ese tipo de interrogantes realmente van a cine? Porque de hacerlo se darían cuenta de que las virtudes de una película no tienen nada que ver con aquello de lo que hablan, que una buena historia no es lo mismo que una historia sobre gente buena y que con ese argumento, un director como Oliver Stone jamás hubiera podido triunfar y El padrino nunca hubiera sido filmada. La moral no puede ser el criterio de juzgamiento del cine.

Por otro lado, los países tienen distintas reacciones frente a los filmes que hablan de forma poco complaciente de aquella cara menos amable de su realidad. En Colombia nos desgastamos en debates interminables en los medios de comunicación sobre si esos temas deberían tocarse o no en las películas, pero llenamos las salas de cine para verlas: nos encanta observar nuestras miserias, de la misma manera que nos deslumbramos con los carros de los mafiosos. Los estadounidenses, en cambio, ni siquiera cuestionan que esas películas existan (son mucho menos condescendientes cuando el cine se mete con la religión, por ejemplo); simplemente no las ven. No porque se indignen con el daño que eso causará a la imagen de su país en el mundo. No. No las ven porque, como a todos, les da un poco de vergüenza mirarse al espejo y ver ese lunar peludo que estropea el brillo de su cara. Por eso han fracasado todos las cintas que últimamente han querido tratar el tema de Iraq (In the valley of Elah, The kingdom, Redacted). Porque a los norteamericanos no les gusta que les recuerden lo que ya saben que anda mal.

Eso explica que una película como Rendition, protagonizada por dos de las estrellas jóvenes más importantes de los últimos años (Reese Whiterspoon, ganadora del Oscar en 2005 por Walk the line y Jake Gyllenhaal, nominado al Oscar en 2006 por Brokeback mountain) hubiera sido un tremendo fracaso en taquilla y sea, sin embargo, una película más que digna, sobre el lado oscuro de la “cruzada por la libertad” que libra Estados Unidos contra el terrorismo.

En Rendition se cuentan varias historias que se relacionan entre sí, pero que nunca se cruzan (no es un Crash del Medio Oriente), todas sobre personajes que de una u otra forma, están aislados. Aislado en un calabozo obscuro e inmundo está el pobre Anwar El-Ibrahimi, ingeniero de origen egipcio residente en Estados Unidos, quien volviendo a casa después de una conferencia profesional, es capturado por la CIA bajo la sospecha de haber participado en un atentado terrorista en algún país de África del Norte. Sobre él se ha aplicado la norma de la “extraordinary rendition” que permite al gobierno norteamericano, sin dar explicaciones ni entregar cuentas a nadie, capturar a alguien y enviarlo a un país extranjero, donde oficiales interrogadores de otros ejércitos (¡eso sí, bajo supervisión gringa, no vaya a ser que algo malo pase cuando electrocuten al prisionero!) le sacan información con todo tipo de métodos. Aislada está la pobre Isabella (Whiterspoon), la esposa del ingeniero Ibrahimi. Aislada porque nadie la quiere escuchar, porque a pesar de su avanzado estado de embarazo debe ir a Washington a luchar ella sola contra la burocracia y el poder (representados mejor que nadie por Meryl Streep) para que alguien le diga dónde demonios tienen a su marido. Aislado está el pobre agente Douglas Freeman (Gyllenhaal) que de free man, de hombre libre, no tiene nada. Aislado porque se le vino el mundo encima, porque tuvo que ver desangrarse a un compañero en sus brazos tras un atentado terrorista y ahora tiene el penoso deber de reemplazarlo al frente de la oficina regional de la CIA, asistiendo al interrogatorio brutal del prisionero que traen secuestrado desde Estados Unidos y sintiéndose mal porque —de eso está seguro Freeman—, el prisionero es inocente. Y aislada de su padre y de su familia está la pobre Fátima, la hija mayor de Abasi Fawal, un alto funcionario de la policía local. Aislada porque que ha abandonado la casa paterna (cosa nada simple en un país musulmán) porque desea seguir estudiando y no quiere que su papá le escoja marido para casarse, sin percatarse que el hombre del que está enamorada, que parece tan comprensivo, esconde un fanatismo peor que el de Abasi.

Con el correr de los minutos y gracias a una narración que avanza a buen ritmo sin caer en aceleres innecesarios, tomándose el tiempo de contarnos una historia, Gavin Hood, el director sudafricano que asombró al mundo (de manera algo exagerada) con Tsotsi  en 2005, va involucrándonos emocionalmente con la trama. Nos compadecemos de Isabella con su barrigota inmensa y su infinita capacidad de lucha, nos duele cada golpe que recibe su esposo en el interrogatorio, nos preocupa la pobre muchacha musulmana. No pasa lo mismo con todos los protagonistas, pues Jake Gyllenhaal se limita a poner la misma cara de angustia impotente que le conocimos en Donnie Darko. Sin embargo, a su lado se destaca la figura del actor israelí Yigal Naor, quien consigue convertir a Abasi en un personaje multifacético, lleno de matices.

Y eso, los matices, las zonas grises, la ambigüedad que hace parte de la vida misma, es lo que se extraña en Rendition. Como si de un debate escolar se tratara, el guión se encarga de mostrarnos dos posiciones encontradas: por un lado que vale la pena cometer injusticias contra un individuo si con eso protegemos a la sociedad y por el otro, que un país como Estados Unidos no puede ufanarse de un respeto a la libertad que no practica. Pero queda muy claro de parte de qué posición está la película. Ese es el error principal de Rendition: subestimar la inteligencia de su público, no permitir que seamos nosotros quienes hagamos la reflexión.

Incluso la película es demasiado explícita en su intención de hacer del aislamiento la metáfora del mundo en que vivimos. ¿O es muy difícil darnos cuenta de que estamos cada vez más separados: entre religiones distintas, entre culturas diferentes, entre los gobiernos y los pueblos? Entre la justicia y las leyes. Y el hecho de que Rendition insista tanto en sus teorías, en su “posición política”, la convierte en un sermón, un sermón que, sin embargo, emociona porque nos recuerda que se pueden contar buenas historias sobre lo mal que anda el mundo, y sobre lo solos e indefensos que parecen andar los buenos. 

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