Nombre: Sex and the City
Categorías: Comedia, Romance
Director: Michael Patrick King
País: Estados Unidos
Año: 2008

Otras reseñas para esta película

Lina M. Céspedes-Báez

Sex and the City (2008)

No sé muy bien porqué me dejé convencer, si desde que Nueva York comenzó a llenarse de anuncios de su estreno –hace tres meses-, me dije que ni loca le iba a gastar un solo dólar a Carrie Bradshaw y su combo de amigas, sin embargo, anoche, a las nueve, terminé en un cine, rodeada por un montón de adolescentes gringas y "wannabe" gringas, viendo la famosa película "Sex and the City". Creo que decidí ir a verla porque desde hace unos años he comenzado a entender porqué mi mamá, una excelente cinéfila, se rinde de vez en vez a películas ligeras: la cabeza y el ojo necesitan la risa fácil, la belleza en su sentido más primitivo, el drama evidente, el desenlace predecible; no es bueno quedar siempre en punta, tener que hacer un cine foro para desentrañar el sentido último de la película o someterse a tensiones de 3 ó 4 horas en las que todas las pasiones humanas se suceden unas a otras sin sentido aparente, como suele suceder en la vida fuera de la pantalla, dónde el ridículo, el drama y la acción acontecen sin que haya director al cual acudir cuando uno no sabe qué hacer, ni contrato que terminar cuando ya no se quiere "actuar" en su propio "video".

El caso, con la idea de tener una noche relajada, de encontrar situaciones amorosas con finales felices, "gente linda" por montones y el retrato y la secuencia de la ciudad en la que ahora vivo, pagué con gusto la boleta, me arrellané en mi asiento, apagué el celular y me entregué a la gran pantalla. Cuál no sería mi asombro cuando las primeras notas de la famosa canción de apertura de la serie llenaron la sala: todas, digo todas, óigase bien, todas las adolescentes, es decir todo el teatro menos yo y mis tres amigas, comenzaron a emitir gritos de histeria y a aplaudir con gestos de focas y micos, como si estuvieran en el concierto de una gran estrella de rock, tal cual lo hemos visto en las grabaciones de los legendarios conciertos de Michael Jackson o en esos programas de E! Entertainment Television en los que se cuenta la historia de los New Kids On The Block y cosas de calaña similar. Mi primer temor fue que las niñas se abalanzaran a la pantalla, el segundo fue que empezáramos a ver pasar miembros de la Cruz Roja con camillas para recoger a las desmayadas, mas la realidad, como siempre, rebasó mis peores premoniciones: nada de eso pasó, pero durante toda la película (la cual tiene la osadía de durar dos horas y cuarto) estuve a merced de los comentarios en voz alta de las adolescentes, sus expresiones de júbilo, aliento y reprobación, incluso, tuve una especie de clase a distancia por cortesía de uno de esos cerebritos que se saben todos los datos de las actrices, de los personajes, del vestuario, de las locaciones, de los contratos, entre otras curiosidades. Por ese motivo, y no es porque tenga una otitis que me nuble el juicio, asistí a una especie de película comentada en "voz en off" que me estaba provocando una esquizofrenia severa.

A pesar de lo anterior, yo seguía con mi determinación de pensar poco, de no dejarme perturbar, de no olvidar a qué había ido, a ver cine comercial como quien oye música ligera o incidental. Con el pasar de los minutos esa película liviana que tanto había esperado se fue convirtiendo en la película de terror más desalmada que haya visto, un filme que dejaba entrever una mente más perversa que la de Hellraiser o Saw, en especial porque tenía la osadía de camuflar su terrible mensaje en sedas rosa, canciones de moda y zapatos de diseñador. Como la idea no es contarles de qué va la cinta, porque habrá alguno de ustedes que querrá comprobarlo con sus propios ojos, tan sólo hablaré de generalidades.

La intención última del filme era darle un final definitivo a la serie de televisión, pero al estilo de los toros, la cuestión tenía que hacerse por la puerta o por la pantalla grande, así que nuestra heroína, Carrie, no sólo quería quedarse con el galán, cosa que ya había logrado en el formato de televisión, sino que quería casarse con él en el formato gigante ante miles y miles de espectadores. Obviamente, su boda-película no iba a ser la de cualquiera, porque si la serie había sido una loa al mundo de las marcas y de los millones, con ideas del estilo "vivir en Manhattan es lo único que vale la pena, ya que Brooklyn es demasiado vulgar, digno de asalariados", o un inventario de clichés como aquél de que la única opción feliz para las mujeres es el matrimonio o el compromiso "hasta que la muerte nos separe" de pareja heterosexual, la versión cinematográfica no podía más que magnificar los lugares comunes y el sadomasoquismo (dependiendo de qué lado estés, por supuesto) de tacones (no tengo nada contra ellos, es una imagen), hombres equivocados, vida social y nombres famosos para exhibir en carteras, relojes y pashminas. La cinta le hace homenaje al arte de aparentar lo que no se es, por eso Carrie decide contratar a la mujer que renta carteras de marca por días con el objeto de poder pasar por una persona adinerada; los diálogos insulsos se asientan en la estrechez mental que Christine de Pisán, Jane Austen, las hermanas Brönte y otras más han combatido por siglos; el mensaje terrorífico y oculto es que las mujeres no podemos realizarnos sin marido y sin vestidos de princesa. En este sentido, Carrie es un adefesio, un espécimen de la edad de piedra, una mujer de las cavernas que escribe una poesía para alabar los beneficios de su yugo y que transmite con convicción impactante su mensaje entre millares de adolescentes que sueñan en ser como ella, he ahí el horror y el escándalo.

Esto no se trata de ser feminista o de no serlo, para nada, porque los hombres en esta película también se llevan una parte bastante patética, en la medida en que el guión los destina a mujeres que sólo les importa tener un ropero inmenso, una propuesta de amor al estilo amor cortés (lo que la gente no recuerda es que detrás del amor cortés estaban los "bárbaros" de las justas y las cruzadas) y un macho proveedor que no las moleste demasiado siempre y cuando les deje sobre la mesa de noche una tarjeta de crédito con cupo ilimitado.

Cuando la película se acercaba a su final, pude oír algunos sollozos entre la asistencia y no supe si las muchachitas lloraban de corazón por las vicisitudes de su heroína o que, como yo, en medio de la risa trágica que me provocaban las aventuras de Carrie y sus secuaces se me escapaban algunas lágrimas enfurecidas.

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