Nombre: Sin lugar para los débiles
Categorías: Drama, Acción, Policiaca, Western, Basado en una novela, Crimen
Director: Ethan y Joel Coen
País: Estados Unidos
Año: 2007

Otras reseñas para esta película

Pablo Muñoz * * * *
Jorge Mario Sánchez * * * *

Sin lugar para los débiles (2007)

Llewelyn Moss, hombre práctico y de pocas palabras, veterano de Vietnam y cazador, en un increíble golpe de suerte encuentra una maleta llena de dinero que podrá cambiarles la vida a él y a su esposa (viven en una casa rodante y por las noches ven televisión). Ha habido un tiroteo en medio del desierto entre bandas de narcotraficantes. Llewelyn sólo encuentra un sobreviviente, un hombre agonizante que le pide agua. Pero Llewelyn no tiene agua y está muy ocupado pensando en el botín que sin duda no debe de estar muy lejos como para prestarle atención al moribundo. Toma la maleta y se va sin dejar rastro.

Sin embargo, algo le impide a Moss aceptar que el azar le haya sonreído. Es demasiado escéptico como para creer que estas cosas le pasen a un hombre como él. Tal vez se siente culpable y piensa que no se lo merece. Así que, esa misma noche, decide pagar un precio, decide “hacer algo estúpido”: vuelve a la escena del crimen para llevarle una garrafa de agua al hombre moribundo –quien a esa hora ya está muerto–, y es descubierto por los narcotraficantes que buscan el dinero. Logra huir, pero deja tras de sí tantas huellas que no le será difícil a Anton Chigurh seguirle el rastro. Moss, como si fuera un sino del que le es imposible escapar, no puede evitar cometer errores uno tras otro.

Chigurh se considera a sí mismo un enviado de la muerte o del destino. Sólo mata a quienes, según su lógica perversa, se lo merecen. El dinero no le interesa, y es capaz de asesinar a los mismos hombres que lo han contratado. Tiene “principios que trascienden el dinero, las drogas y ese tipo de cosas”. Antes de dispararle a una de sus víctimas, Chigurh le pregunta: “si las reglas que sigues te trajeron hasta acá, ¿qué utilidad pueden tener?”. Y él cuenta, además, con una paciencia atroz. Hacia el final de la película un azar parecido al que hizo que Moss encontrara la maleta golpeará a Chigurh, pero no será suficiente para detenerlo.

El Sheriff Bell debe encontrar a Moss antes de que lo haga Chigurh. Esa es su misión. Pero está envejeciendo y se siente incapaz de comprender los nuevos tiempos. La violencia está devorando al mundo y es muy poco lo que un hombre como él puede hacer. Quizá todo sea culpa de las drogas, el dinero y ese tipo de cosas, piensa Bell; pero cuando sea demasiado tarde se dará cuenta de que lo que él está viviendo no es algo nuevo, que la violencia y el sinsentido han acompañado siempre a la humanidad, que el mundo seguirá siendo incomprensible y cruel, y que lo mejor que un hombre puede hacer es retirarse, fracasar. Ya le había advertido su anciano tío: “You can’t stop what’s coming”. No puedes parar lo que viene. No puedes detener a Chigurh.

Esto ya ha sido dicho muchas veces: con No Country for Old Men los hermanos Coen han logrado su mejor película en años. Anticlimática, soporífera, lenta, sin una banda sonora que subraye lo que vemos. Todo está en las imágenes poderosas, en los sonidos del desierto, en los disparos que se oyen a lo lejos, en las voces cansadas de Moss y de Bell, en la voz profunda, espeluznante y amable a un tiempo, de Chigurh. Y, sobre todo, en los detalles significativos: en una conversación intrascendente que sostiene con la esposa de Moss, Bell nos revela a los espectadores el tipo de arma para ganado que usa Chigurh, y que él, conscientemente, no ha podido averiguar; Moss, malherido, es abordado en México por unos mariachis que le cantan su suerte en una ranchera: “Quisiste volar sin alas / quisiste tocar el cielo / quisiste muchas riquezas / quisiste jugar con fuego / y ahora…”; tanto Chigurh como Bell rechazan sistemáticamente el contacto con la sangre, y Chigurh mira la suela de sus zapatos al salir de la casa de una de sus víctimas… Pero todo esto nunca se nos “afirma”, sólo se nos muestra, se nos entrega casi sin énfasis. Incluso los hermanos Coen tienen la osadía de no mostrar en absoluto algunos de los sucesos más importantes del relato. Sólo vemos sus consecuencias (que es, generalmente, lo único que encuentra el Sheriff Bell).

A la mayoría de personas que conozco y que han visto No Country for Old Men no les ha gustado demasiado. Pero hay algo en su sutileza (atípica en nuestros tiempos) que a mí me atrapó desde un primer momento. No Country for Old Men es como una gran pregunta que se despliega ante nuestros ojos, y que es probable que nos persiga toda la vida. Y el arte está hecho de preguntas, no de respuestas.

 

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