Nombre: Antes que el diablo sepa que has muerto
Categorías: Drama
Director: Sidney Lumet
País: Estados Unidos
Año: 2007

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Samuel Castro * * * ½

Antes que el diablo sepa que has muerto (2007)

A la griega

¿Qué fue lo que les salió mal? ¿Fue no cerciorarse de que en la joyería que iban a asaltar no hubiera nadie conocido? ¿O que Hank, el hermano encargado del crimen, fuera un pusilánime sin valor que necesitaba la ayuda de un compinche irascible? ¿Tal vez fue el hecho de tentar al destino robándole a sus propios padres? ¿O las cosas salieron mal desde muchos años antes, cuando el viejo Charles Hanson (Albert Finney) prefirió a su hijo menor sobre Andy, el mayor, sólo porque éste no era bien parecido? Dónde, en qué lugar, se torció el camino de esta pobre familia.

Al comienzo de la película leemos un refrán irlandés: “"May you be in heaven half an hour... before the devil knows you're dead” (Ojalá puedas estar media hora en el cielo… antes de que el diablo sepa que estás muerto). Y aunque el título de la cinta sólo tome la segunda mitad del refrán, es la primera parte de la frase la causa de todo: en la escena de apertura, Andy (Philip Seymour Hoffman) hace el amor con su esposa (no hay doble de cuerpo, Marisa Tomei se ve cada vez mejor) fogosa y apasionadamente. Después nos enteramos de que esa no es la regla en su relación; que normalmente el sexo entre ambos termina en la insatisfacción y el resentimiento, que el éxito sexual que vimos y los gemidos que escuchamos se debieron a que estaban de vacaciones en Brasil, donde podían ser millonarios con el mismo dinero que los hacía parte de la clase media en Estados Unidos.

Si uno ha conocido el cielo, quiere volver a él. Por eso Andy —por eso y porque una firma auditora está trabajando en su compañía y se acerca el momento en que descubran que el mayor de los hermanos Hanson recibe el sueldo de dos personas que ya no trabajan en la empresa— planea un robo limpio, fácil: la joyería de sus papás, donde él y su hermano trabajaron cuando jóvenes y de la que saben cada detalle importante: el nombre de la empleada que atiende, la clave de seguridad, la ubicación de los diamantes. Como Andy ha estado visitando la zona en los últimos días y pueden reconocerlo, recurre entonces a Hank para que ejecute el asalto. Y Hank, a quien Ethan Hawke convierte con convicción en un imbécil sin valor capaz de avergonzar a su propia hija porque nunca tiene dinero, contrata a un cómplice, olvida la advertencia de Andy acerca de usar un arma de juguete y precipita la caída en desgracia de su familia, al matar a su madre en el asalto.

A primera vista, la estructura en zig-zag con que se nos cuenta esta historia, que va de un personaje a otro, y alterna entre el antes y el después del robo, cambiando la perspectiva de los hechos para enfatizar ciertos detalles, haría pensar que el director es un joven muy atento a las modas que se han impuesto gracias al éxito de proyectos como 21 gramos o Babel, ambas de Alejandro González Iñárritu. Pero no, quien conduce el auto es un chofer que conoce todos los trucos del cine, de los actores y del negocio: el viejo Sidney Lumet, Oscar honorario de la Academia en 2005, director de películas inolvidables como Doce hombres en pugna, Serpico, Tarde de perros, Network o Murder in Orient Express. Un hombre que durante su carrera ha estado en la cumbre, ha caído varias veces y se ha recuperado otras tantas, sobreviviendo a pesar de todo en el implacable Hollywood donde otros directores talentosos yacen hoy en el olvido, a lo mejor precisamente porque ha sabido adaptarse a los gustos del público a lo largo de los años y ha conseguido mantener un nivel de profundidad en sus historias, infrecuente en el cine de entretenimiento que se hace hoy en día.

El experimentado director deja sus marcas de estilo en la narración: las actuaciones son fundamentales para el éxito de la película (Al Pacino le debe dos de sus nominaciones a películas de Lumet), se privilegia la narración sobre la reflexión (por eso son muy pocos los primeros planos, casi toda la película se narra con encuadres abiertos) y muchas de las secuencias se dan en espacios cerrados, tal vez porque Lumet aprendió el oficio haciendo televisión en los cincuenta, cuando todavía se hacía una especie de “teatro en pantalla”. Sin embargo, más que defectos, su estilo aporta una personalidad que le ayuda a la película, que no se pierde en rodeos innecesarios y que va a lo que va, permitiendo que los pocos momentos en que los actores explotan de rabia o de enojo o de tristeza, nos conmuevan de verdad.

Ahí nos tiene el viejo zorro, tensionados en el borde de la silla, dejándonos ver en cada decisión su sabiduría: si la música nos molesta al comienzo porque parece demasiado efectista (una fanfarria fatalista nos señala con precisión el momento que podríamos llamar “el comienzo de la pesadilla”) entendemos después, cuando todo se echa a perder, que no podía ser otra; si pasa el tiempo y no entendemos qué demonios hace un actor como Albert Finney en un papel tan secundario, Lumet reparte la última mano de la partida y se ríe de nosotros: sólo Finney puede estar a la altura de un Hoffman (que en sus últimas películas parece vivir en estado de gracia) en ese diálogo tremendo entre padre e hijo que quiebra emocionalmente al mayor de los hermanos, sólo Finney puede ejecutar la escena final (la terrible escena final, que convierte a Before the devil knows you’re dead en lo más cercano a una tragedia griega que hemos podido ver en los últimos años) sin que pensemos, ni por un solo instante, que lo que vemos no es totalmente verosímil.

Tal vez otros se hubieran asustado con este guión (hijos que matan a sus madres no es propiamente un tema taquillero). Tal vez otros, incapaces de hacer cine sin usar efectos especiales o que, por el contrario, se escudan en “formalismos vanguardistas” para narrar sin contar nada, hubieran echado a la basura esta mezcla de drama familiar con thriller de criminales. Pero no Sidney Lumet. No un luchador de mil batallas, no un hombre que fue capaz de convertir una situación tan común como la de doce miembros de un jurado que discuten por un veredicto en una obra maestra; no el artista que ha dirigido más de 40 películas y convirtió muchas de ellas en clásicos del cine norteamericano.

No hay que perderse esta película. Hay que escuchar atentamente cuando los maestros tienen una buena lección para darnos. En este caso de buen cine y de teatro griego.

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