Nombre: La familia Savage
Categorías: Drama, Comedia dramática
Director: Tamara Jenkins
País: Estados Unidos
Año: 2007

Otras reseñas para esta película

Samuel Castro * * * ½

La familia Savage (2007)

Cómo duele crecer

“La soledad
es la ecuación,
de la vida moderna”.
Fito Paez y Joaquín Sabina, en “La vida moderna” de Enemigos Íntimos

Hay cosas de las que no se habla en el cine norteamericano, por la simple razón de que son deprimentes, y se supone —o suponen la mayor parte de los productores de allá— que nadie quiere ir a una sala de cine a recordar lo terrible (y temible) que es la vida, sino todo lo contrario. Por eso no se encuentran muchas cintas acerca de la depresión cotidiana, o sobre la gordura y las dietas que nos esclavizan o sobre la vejez y la muerte. Y cuando esos temas se tocan, normalmente están tratados en clave de comedia, para que nos burlemos de ellos, no para que las preguntas sobre lo que vemos nos acompañen después de que se encienden las luces.

The Savages de Tamara Jenkins está dedicada a uno de esos temas de los que la gente, incluso entre nosotros, prefiere hablar en voz baja: ¿qué hacer con nuestros padres cuando envejecen y debemos cuidarlos? ¿Cómo afrontar ese momento en que parece que la muerte es un acontecimiento que se espera, e incluso, que se desea?

Wendy y Jon son hermanos, pero no se ven muy seguido. Ella vive en New York; él en Buffalo. Y probablemente no se llamarían para algo distinto a las felicitaciones habituales por su cumpleaños o por navidad, si la novia de su padre (que no es su mamá pues ésta los abandonó cuando eran niños) no hubiera muerto y su papá, Lenny, que está padeciendo de demencia senil, no se viera a estas alturas de la vida sin dónde quedarse, pues firmó un acuerdo que le quita toda posesión sobre los bienes de su novia. De repente, —porque la vida no es justa, como todos sabemos—, a Jon y a Wendy les cae del cielo la responsabilidad de cuidar de su papá en los últimos días de su vida.

Las posturas sobre cómo hacerlo son tan distintas como las personalidades de los dos hijos Savage: si Wendy (escritora freelance, dramaturga en constante intento, amante de un hombre casado, mujer al borde de un ataque de nervios) piensa solamente en hacer lo mejor para su papá, aún en contra de la lógica o de sus posibilidades económicas, Jon (profesor universitario con evidente sobrepeso, ensayista sobre la obra de Bertol Brecht, novio de una mujer a la que adora pero con la que se niega a casarse) tiene una mirada tan realista y despiadada de las cosas, que casi roza la crueldad en lo que se refiere a qué hacer con el “viejo”.

Y estos personajes, columna vertebral de la película, son representados por dos actores que pasan por el mejor momento de sus carreras: Philip Seymour Hoffman (Capote, Boogie Nights) y Laura Linney (Mystic River, The squid and the whale), nominada al Oscar por este personaje. Ambos construyen a dos adultos maduros, fracasados aunque se mientan a sí mismos y a los demás para no aceptarlo, que como casi todos nosotros tienen que sobrellevar el conflicto diario entre la realidad que tienen y la vida que quisieran. Tanto Hoffman como Linney son capaces de sostener las escenas en que están solos sin necesitar más que su mirada para expresar lo que sienten. Ella: soledad, abandono, ganas de que la quieran. Él: pesimismo, aceptación de lo inevitable, compasión por una hermana a la que quisiera ver en mejor situación. Pero si solos son perfectos, juntos o en compañía de otros personajes, como Lenny Savage, su padre, hacen un espectáculo. La naturalidad de su trato, la manera en que se hablan, van haciendo que les tomemos cariño (la escena en que Jon está lesionado y con el cuello colgando, mientras ríe y llora al mismo tiempo, es inolvidable) y que nos identifiquemos con ellos. Los Savage somos todos nosotros.

El guión, escrito por la misma directora, Tamara Jenkins, logra que acciones simples como montar en avión, responder a un cuestionario o desayunar sean momentos llenos de humor o de drama, consiguiendo al final que toda la película tenga un sabor agridulce: lo que vemos nos entristece pero no podemos dejar de sonreír. Y ese sabor se ve intensificado por los escenarios realistas, marca registrada de la diseñadora de producción Jane Ann Stewart, la misma de las películas de Alexander Payne (About Schmidt, Sideways) quien consigue que la mayor parte de la historia transcurra en una clínica que luce real: un poco sucia, un poco inhóspita y muy, muy solitaria. En ella —mientras visitan a su padre o se turnan para cuidarlo— vamos entendiendo poco a poco que aunque los hermanos Savage sean tan opuestos sólo se tienen el uno al otro para decirse la verdad y apoyarse en el momento que viven.

Hay un uso narrativo de la fotografía en The savages que hace pensar en una propuesta intencional. Por ejemplo al comienzo, en Sun City, la ciudad para ancianos en la que vive Lenny, todo tiene el brillo falso de lo artificial (la primera secuencia, con unas porristas de la tercera edad que bailan sonrientes en minifalda lo dice todo). La luz es distinta de acuerdo con cuál de los hermanos aparece en la escena e incluso es reveladora la secuencia en que Jon está cuidando a su papá leyendo bajo un tubo de neón y al llegar, Wendy lo apaga y enciende la lámpara de luz amarilla y cálida que ella había puesto en la mesa de noche. Tal vez por eso las escenas en que ambos se desahogan por lo que están sintiendo y sueltan un par de frases duras (“somos gente horrible” dice ella al dejar a su papá en la clínica, “es más de lo que él hizo por nosotros y lo sabes” dice él para terminar con una discusión) casi no tienen luz mostrándoles el rostro, como si la imagen reflejara el hecho de que están expresando lo más oscuro de sus personalidades.

En la información de prensa la directora y guionista confiesa que a partir de un momento pensó en sus personajes principales como en unos Hansel y Gretel de mediana edad, que como los del cuento, se enfrentan a la muerte en el bosque oscuro de la vida adulta. Lo que hace a esta película tan digna de recordar, aparte de unas actuaciones espléndidas, es precisamente que muchos de nosotros nos hemos perdido en ese bosque y como ellos, guardamos la esperanza de que al final, en medio de los árboles, una luz nos guíe al calor del hogar

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