Nombre: 4 meses, 3 semanas y 2 días
Categorías: Drama, Comedia
Director: Cristian Mungiu
País: Rumania
Año: 2007

Otras reseñas para esta película

Samuel Castro * * * *
Nicolás Mendoza * * * ½

4 meses, 3 semanas y 2 días (2007)

Dolor en las entrañas

Gabita ni siquiera puede cuidar a un pececito sin que se le muera, mucho menos va a ser capaz de atender a su hijo. A lo mejor por eso ha decidido abortar. ¿O quién sabe? No nos lo dicen, nadie lo cuenta. La decisión se ha tomado. Ahora sólo importa hacer lo necesario. Pero Gabita es tan indolente, tan absolutamente incompetente para enfrentar la vida, que es su compañera de cuarto, su amiga Otilia, la que asume el control de la situación, pues  entiende que si no lo hace, la vida de Gabita se complicará aún más de lo que ya la tiene, gracias a que vive en la Rumania comunista de los ochenta, un Estado represivo que con sus prohibiciones y normas incluso los obliga a comprar sus cigarrillos favoritos en el mercado negro.

Esta es la historia que cuenta Cuatro meses, tres semanas y dos días, la ganadora en 2007 de la Palma de Oro a mejor película en Cannes, el festival cinematográfico más importante del planeta, del que sólo escuchamos hablar en nuestros medios (con la excepción de la W en radio) cuando allí se estrenan Indiana Jones o Shreck. Por fortuna, o por el buen sentido de alguno de nuestros distribuidores, tenemos la oportunidad de ver este relato, que junto a La muerte del señor Lazarescu y a 12:08 al este de Bucarest, se han convertido en el símbolo del renacimiento de una cinematografía tan desconocida en Colombia como la rumana.

Durante las casi dos horas que dura la cinta somos testigos –incluso deberíamos decir que somos un poco cómplices– de la ruta que sigue Otilia para conseguir el aborto clandestino de Gabita. La acompañamos a pedirle algo de dinero a su novio para completar el pago a quien realizará el “procedimiento” (ni siquiera se atreven a mencionarlo por su nombre, como las cosas a las que tememos); después soportamos la burocrática consecución del hotel donde se realizará el aborto, pues Gabita en su absurda irresponsabilidad ni siquiera fue capaz de hacer eso bien; luego, estamos frente a Otilia durante la cita con el siniestro “facilitador”, el doctor Bebe, un hombre con apariencia de plomero y alma de matarife (o probablemente sin alma), quien es aún más siniestro por su tranquilidad; y al final, la acompañamos en lo que sigue: su particular descenso a los infiernos.

La cámara, casi siempre al hombro, y las fascinantes actuaciones de Anamaria Marinca (Otilia) y Laura Vasiliu (Gabita), desprovistas de todo convencionalismo, hacen que la sensación de estar viendo “la vida real” sea casi insoportable. La iluminación descuidada, las locaciones que no intentan nunca ser bonitas, la ausencia de música, nos terminan por convencer de que estamos viendo algo que “pasó”, que tuvo que ser así. Sin embargo, y esto es lo mágico de la dirección de Cristian Mungiu, nada hay dejado al azar en esta película. A diferencia de lo que ocurre en la mayor parte del cine que vemos, aquí no hay planos narrados con muchas cámaras, ni siquiera a dos, como normalmente pasa en televisión cuando vemos diálogos entre dos personajes (lo que los especialistas llaman “plano/contraplano). El director escoge un lugar para ubicar la cámara y desde ese sitio transcurre toda la escena frente a nuestros ojos. En algunos casos la mueve un poco, y en otros la deja estática, pero siempre es sólo esa cámara. No es cualquier sitio el que escoge para ponerla: es el mejor, el único posible para mostrarnos justo lo que Cristian Mungiu quiere que observemos. El que nos deja ver durante casi diez minutos, la cara de desazón que pone Otilia durante la cena a la que ha tenido que asistir obligada por su novio mientras su amiga, en la que no puede dejar de pensar, termina “la tarea” sola en el cuarto del hotel; el que nos pone tres pasos detrás de ella cuando corre muerta de miedo (y la cámara corre con ella, muerta de miedo también) para conseguir el transporte que la devolverá al patético hotel donde a lo mejor la espera la desgracia; el que unos minutos atrás nos permitió asistir a la negociación con el “abortador”, donde éste, entre eufemismos y frases a medias, les dice a Otilia y a Gabita cuál es el verdadero precio de su “servicio”, la explicación de por qué sus honorarios son más económicos que los de las mujeres que también se ocupan de esa tarea, mientras los espectadores hacemos fuerza, rogando porque eso que parece intuirse en el diálogo no sea cierto.

Todo en Cuatro meses, tres semanas y dos días ( título que indica el tiempo que en realidad tiene Gabita de embarazo), tanto en la imagen como en el guión, está “fríamente calculado”: el diálogo casual alrededor de Otilia en la cena de cumpleaños es capaz de darnos una visión de Rumania en aquel tiempo, con detalles como la situación de inferioridad de las mujeres bajo el régimen o la desprotección del campo; la conversación a escondidas con el novio desnuda la verdad interior de la protagonista, su creencia de que nada bueno le espera en un futuro, haga lo que haga–que a lo mejor sea también el motivo de su valentía–; incluso el pudor y el respeto por sus personajes principales cuando la cámara escoge refugiarse en el baño del cuarto de hotel, en el momento más doloroso de la historia, para que no podamos verlo y sólo lo imaginemos. Y en cambio nos muestra, media hora después, al niño abortado en un primerísimo plano, porque al final él ya está muerto y el dolor siempre será para los vivos, los que tienen el doloroso deber de seguir viviendo.

Habría que decir que la mayor virtud de esta cinta es que no tiene “mensajes importantes”: esas moralejas a las que nos ha acostumbrado el cine de hoy, demasiado preocupado por fomentar unos valores políticamente correctos. Aquí no hay un discurso a favor o en contra del aborto, ni un castigo para el malo (cosa que casi nunca ocurre en la “vida real”) ni un premio para la heroína de esta tragedia. Una protagonista que lucha contra el mundo que le tocó en suerte, que se resiste a dejarse aplastar, que brinda su ayuda a pesar de las calamidades en un elogio a la amistad como pocas veces hemos visto. Una protagonista que al final, asqueada por lo vivido, prefiere olvidar. Y que parece preguntarnos en el último plano, totalmente intencional, qué opinamos.

Nosotros, en medio del dolor, de las ganas de pararnos de la silla para seguir su petición de la escena final y no hablar nunca de lo que hemos visto, sólo podemos guardar un respetuoso silencio y, por fin, tras 113 minutos de angustia, suspirar por Otilia.

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