| Nombre: | Perro come perro |
| Categorías: | Acción, Thriller, Cine colombiano |
| Director: | Carlos Moreno |
| Año: | 2008 |
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Perro come perro (2008)
Malos sin maldad
El kitsch es la negación de la mierda, decía Kundera. El arte Kitsch, el arte rosa, pretende mostrar “lo bonito” del mundo y esconder “lo feo”. Exigirle al arte que no muestre “la mierda” es, en cierto modo, ponerle un mordaza, censurarlo. Creo, en consecuencia, que el artista, si ese es su interés, debe ir hasta el fondo del mal y sumergirse en lo abyecto porque eso también hace parte de la realidad.
Los griegos, quienes tal vez fueron los primeros en enfrentarse con la fealdad, aprendieron a conjurarla. Nos enseñaron –y ese es su gran legado a la cultura occidental- que se podían imitar bellamente las cosas feas. Siglos más tarde, siguiendo esa tradición, Baudelaire le haría un bello poema a una carroña. El tema más horrible y más sórdido es asimilado a través de una forma, de un procedimiento estético que lo reivindica. Un personaje patético descrito de una manera artística, es otra cosa.
Perro come perro, la película colombiana de Carlos Moreno, cuenta una historia sórdida con unos personajes sórdidos “pero está bien hecha”, “es una buena película”. En general, tal ha sido el consenso de la crítica y de muchos espectadores al que en principio yo me suscribí sin vacilaciones. En efecto, se encuentra bien filmada, los actores son buenos, la narración es eficaz. Hay una intención y unos logros estéticos, lo cual debería ser suficiente y llenar mis expectativas, de acuerdo con lo que he dicho. Sin embargo, no fue así, para mí no lo fue con el paso de los días. No me gustaría verla de nuevo y creo que la voy a olvidar muy pronto. ¿Por qué?
No es fácil responder a esa pregunta. “¿Por qué tuvimos que ver esa película?”, me preguntó molesto mi hijo de 16 años el sábado, a la salida del teatro. “Porque es buena”, le respondí. Él no quedó muy convencido con la respuesta y no logré quitarle el mal sabor de esa historia en la que un lugarteniente de un mafioso le roba una plata a su jefe y éste es capaz de cualquier cosa –matar, torturar, etc.- para recuperarla. El problema es que yo tampoco quedé satisfecho con esa respuesta que en ocasiones anteriores me había bastado: porque el buen arte reivindica hasta lo más sórdido. Desde el sábado he estado dándole vueltas al asunto y ahora encuentro la respuesta.
Esa sangrienta pelea de mafiosos me produjo asco -y crisa por su humor negro- pero no me involucró, no me llevó a ninguna reflexión sobre el mal o la crueldad humana. Son unos mafiositos caleños que se mataron como unos perros por una plata y punto. Ahí se acaba todo. Como una noticia de prensa –como otra más de la mala prensa que no es crónica sino mera información- que escandaliza y luego se olvida porque no tiene nada memorable, ningún personaje que importe y estremezca como en A sangre fría de Truman Capote, No es lugar para los débiles de Comarc MacCarthy, El padrino, de Mario Puzo o Buenos muchachos de Scorsese, ya que estamos en la onda de malos y mafiosos. El pathos de esta película, a mi juicio, no alcanza ninguna trascendencia. Lo que me lleva a preguntar: ¿está realmente bien hecha? ¿No es una caricatura demasiado simple de los delincuentes? ¿No es un cliché de la maldad? ¿No es la realidad un poco más compleja de lo que aquí se muestra?
