Nombre: Perro come perro
Categorías: Acción, Cine colombiano
Director: Carlos Moreno
Año: 2008

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María José Roldán Pardo * * * *

Perro come perro (2008)

Ha hecho carrera, patrocinada por los medios de comunicación y por los representantes con más audiencia de los colombianos de bien, la idea de que nuestro cine siempre aborda el mismo tema: la cara fea y violenta del país. De la mano de esa bobería se alejan muchos espectadores de las salas de cine y, lo más grave, se perpetúa la mala costumbre de la negación y el hábito de guardar la mugre debajo del tapete.

Y no hay nada que hacer, Perro come perro, hace parte del universo de películas colombianas que se la juega de manera obstinada y terca por retratar nuestra cara fea y violenta, la de esta sociedad narco-traqueta-para-guerrillo-politica.

El guión no escatima, no evita herir susceptibilidades, es rudo. A la manera del tristemente celebre lema turbayista, lleva el horror a sus justas proporciones. Sus personajes son hombres violentos contagiados de un miedo que los mantiene arrinconados, tensos y silenciosos. Hombres que hacen gala de un humor ramplón, reiterado y dañino. Hombres impotentes e incapaces de dar el paso atrás que tal vez los salve de si mismos. Hombres – sierra capaces de toda la crueldad, son rostros sudorosos  eventualmente fustigados por un tic nervioso incontrolable que nos recuerda que estamos frente a seres humanos, gentes de nuestra misma especie.

Perro come perro no tiene un protagonista. Blas Jaramillo, Marlon Moreno, Oscar Borda y Alvaro Rodriguez entendieron que cada uno era responsable de encarnar una de las cabezas del monstruo. El personaje de Iris, la bruja, además de estar impecablemente actuado logró anclar a la historia de manera creíble un tema difícil y que le aporta una pincelada más de sordidez que le viene bien y que entrega en blanco y negro otro elemento para la caracterización de nuestra violencia. Explicaba recientemente algún paramilitar que le recomendaba a sus hombres botar los cadáveres de las victimas a los ríos no solo para deshacerse del cuerpo como evidencia de un delito sino para alejar a las almas atormentadas de los muertos.

Necesitamos más historias como esta de Carlos Moreno, que nos enfrenten a la verdad. Tenemos el deber de olvidar aquello de que la ropa sucia se lava en casa, encarar nuestros demonios y hacer la catarsis necesaria que nos permita transitar por el esquivo camino de la reconciliación.

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