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Martin Scorsese: cineasta cinéfilo

Por Luis Fernando Afanador

Su primer recuerdo no es de una película sino de una sala de cine: la alfombra mullida, el olor de las palomitas de maíz frescas, la oscuridad, la sensación de seguridad, de estar entrando a un santuario, a un mundo mágico de sueños.

Su padre, un obrero siciliano no muy culto, empezó a llevarlo a cine desde los cinco años. Iban juntos y no tenían necesidad de hablar: para comunicarse sólo les bastaba compartir en silencio aquellas imágenes. “Todo eso me marcó tanto, hasta el día de hoy, que lo esencial de mi deseo y de mi necesidad de expresarme por medio del cine surge directamente de ahí”.

La primera imagen de cine que tiene presente es la de Ray Rogers en su caballo Trigger saltando por encima de un tronco que le cierra el paso. Y la primera película que recuerda es Duelo al sol de King Vidor, en Technicolor de tres bandas: Jennifer Jones muriendo acribillada con su amante bajo un sol cegador. “La calidad alucinatoria de la estampa jamás ha disminuido, después de tantos años. Creo que esta experiencia me marcó para siempre”.

Pero la experiencia iniciática como creador, su camino de Damasco fue The Magic Box , de Jhon Building, una película sobre el inventor británico William Friese-Greene, uno de los pioneros desconocidos del cine. Allí hay una escena en la que Friese-Greene le explica a una amiga el concepto de “persistencia retiniana” pasando muy rápidamente los dibujos que ha esbozado en las márgenes de un libro. “Las imágenes están separadas, son estáticas, pero cuando pasan con rapidez se mueven milagrosamente. Era la primera vez que yo entendía qué eran las películas... Y de súbito comprendí cómo fabricarlas”.

Le gusta la intriga en el cine, seguir una buena historia –al fin y al cabo viene de la tradición del cine norteamericano, basado en la diversión- pero lo que más le interesa son los personajes y sus sentimientos. Aunque hoy en día estén de moda los héroes irónicos al estilo Tarantino, esos que si les toca matar dicen: “Bueno, ¿y qué?”. Él prefiere los héroes existenciales. Y, finalmente, que se quiebren las nociones de espacio y de tiempo, encontrar otras formas de narración que lo alejen de la dramaturgia decimonónica, la división en tres actos que se ha convertido en el dogma tiránico y predecible de Hollywood. Cuando oye a la gente decir “la película es buena, pero hay un verdadero problema en el tercer acto”, Scorsese prefiere pensar que el cine se construye con secuencias que se dividen en escenas, como Desprecio, de Godard, en la que toda la primera parte es una pareja en un apartamento. Nunca estará de más recordarlo: el cine no es el teatro, al final no es necesario levantar el telón y aplaudir.

Para él, la música es más que mero decorado. Al igual que Kubrick, cree que la combinación de imágenes y música es lo más poderoso que hay en el cine. Tesis que corrobora al ver la música lenta y majestuosa de Barry Lindon . “Sé que sin la música yo estoy perdido. Muy a menudo, únicamente al escuchar la música escogida para mi película comienzo a imaginármela”. Y sí, Calles peligrosas no sería la misma sin la música de Johnny Ace o The Ronettes, ni Toro Salvaje sin las canciones de su primera infancia, Bob Crosby silvando el tema Big Noise from Winnetka –en los discos de 78 revoluciones de sus padres y sus tíos- cuando Jake La Motta ve a Vickie, su mujer, salir del club en el carro de unos tipos: “la música concuerda perfectamente con la cólera, los celos, las tendencias autodestructivas de Jake”.

En Mis placeres de cinéfilo , un libro imprescindible para conocerlo, habló de su sólida amistad con Robert De Niro, de cómo perdió el rumbo después de New York, New York y cayó en las garras de la droga; de sus directores más amados –Bertolucci, Kubrick- y de su película preferida, Crimen perfecto, de Alfred Hitchcock, a la que recurre siempre que se encuentra agotado y lo hace sentir “como si escuchara una fuga de Bach”. En fin, vida, películas y trabajo, enlazados en sola, inmensa y contagiosa pasión: el cine.

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