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Regalos en blu-ray

Wednesday, December 10, 2014 por Samuel Castro

Esto de los regalos de Navidad es para volverse loco cuando uno tiene la romántica creencia de que cada presente navideño debe ser escogido específicamente para el destinatario y que eso de darle lo mismo a todo el mundo, es una costumbre de empresas y no de personas. Para que las compras no sean eternas yendo de un almacén a otro, decidí gastarme toda la plata en series y películas en blu-ray pero, eso sí, intentando que cada quien se lleve lo que necesita (o lo que merece). Comparto con ustedes mi lista de Navidad.

Christmas tree

A Juan Manuel Santos: Downton Abbey para que recuerde, de una vez por todas, que se debe gobernar tanto para “los de arriba” como para “los de abajo”.

A Alejandro Gaviria: Sherlock, a ver si copiando las tácticas del detective, logra resolver ese caso sin solución que es la salud colombiana.

A Gustavo Petro: House of cards para que descubra, finalmente, que lo que hace a un político memorable no son las peleas que caza, sino los objetivos que lo guían.

A los libretistas de los canales privados: Orange is the new black, a ver si recuerdan la diversidad que pueden tener los personajes femeninos cuando se escriben bien, y dejan de pensar en términos de “esposa de”, “madre de”, “amiga de”.

A Juan Carlos Ortiz, el de Interbolsa: Las dos caras de enero, para que nos cuente qué se siente que Viggo Mortensen haga de uno en una película.

A Álvaro Uribe: True detective y Dallas buyers club. Para que vea que, como Matthew McCounaghey, la gente sí es capaz de reinventarse si se lo propone y deja de actuar siempre igual.

A Julio Sánchez Cristo: Modern family, para que la vea completica y alguna vez sea capaz de hablar de las buenas escenas de Sofía Vergara y no de “lo buena” que está.

A Sergio Fajardo: Birdman, para que en los “detrás de cámaras” pueda ver al gemelo del que lo separaron al nacer, Alejandro González-Iñárritu.

A Roy Barreras: El cazador de cocodrilos porque seguramente podrá reconocer a familiares que hace mucho no ve.

A Maluma: Glee para que vea algunas formas realmente creativas de adaptar canciones a un formato juvenil, sin necesidad de decirle “princesita” a las niñas que hacen parte de su grupo en La Voz Kids.

Seguramente me faltaron regalos, ustedes me dirán. Pero creo que los que di están bien, a ver si de pronto mostrándoles a los famosos y poderosos, series y películas bien escritas, dejamos de vivir en un país tan mal libreteado.

Publicado en Revista Únete edición diciembre de 2014

Lloro por quererme

Thursday, August 15, 2013 por Samuel Castro

Todos nos acordamos de nuestra primera vez. La mía fue a los 12 años. Sólo yo estaba en casa cuando ocurrió. Frente a mí, sin que mis lágrimas la conmovieran, Winnie Cooper terminaba su noviazgo con Kevin Arnold en Los años maravillosos. El dolor por lo que estaba viendo era tan grande que el llanto se dio espontáneamente. De ahí en adelante, llorar frente al televisor se volvió costumbre. ¿Alf volvía a su planeta y dejaba a los Tanner? Lágrima inmediata. ¿El padre Pío Quinto fallecía frente a sus feligreses en San Tropel? Mi mamá y yo teníamos que compartir pañuelo. Y mejor no hablemos de mi cara roja y congestionada cuando murió Juliet en Lost.

The wonder years

Pero ¿por qué lloramos frente al televisor? Si sabemos que lo que vemos son mentiras bien contadas. Si incluso conocemos los nombres reales de los actores y nos reímos con los chismes sobre sus vidas que nos cuentan en E!. ¿Qué nos impulsa a ese lagrimeo incontrolable? Se me ocurre pensar que en este mundo despiadado que nos tocó en suerte, es muy incómodo llorar en público: cuando no hay un desconocido que se acerca a preguntarnos qué nos pasa, hay un compañero que nos mira con cara de vergüenza ajena, por tener que soportar a un adulto que llora. Si lloras te ven como a un bicho raro, incapaz de controlar sus emociones.

En cambio en casa, frente al brillo tibio del televisor, nadie nos juzga. Podemos sollozar tranquilos sin excusas y sin explicaciones. Podemos incluso buscar intencionalmente el llanto sintonizando, por ejemplo, Extreme makeover home edition, ese programa donde le regalan la casa de sus deseos a familias que lo merecen o que lo perdieron todo por alguna desgracia. ¿Lo conocen? Resulta imposible no llorar viéndolo. Es mejor aun que pelar cebollas. Y es que después de años de acompañar las horas de soledad con su voz distante y sus imágenes sorprendentes, el televisor se ha convertido en ese amigo que siempre está ahí, en el consejero de los momentos difíciles, en la bulla amable que nos ayuda a dormir después de un día agotador en la oficina.

Extreme makeover

Aquellos que no entienden por qué nos hace llorar una serie, una telenovela o un reality, son los mismos que no se conmueven cuando un amigo pierde su trabajo y que nunca dedicaron una serenata. Porque llorar frente al televisor es, finalmente, la forma moderna de desahogo que nos queda a los sentimentales de siempre, a aquellos que piensan en sus personajes favoritos como en amigos lejanos. A los que sabemos que en lugar de estar solos, es mejor estar mal acompañados.

Publicado originalmente en revista Únete #39 de noviembre de 2010

¿Por qué matamos a Betty si era tan buena muchacha?

Friday, June 7, 2013 por Samuel Castro

Cuando hace tres años un amigo me contó que estando de vacaciones en París (¡en París!) había perdido toda una mañana de su paseo, irremediablemente “enganchado” a la televisión de su cuarto con la versión local de Yo soy Betty, la fea, comprendí que la magia de esa historia no estaba en su reparto o en sus diálogos (mi amigo no entendía ni jota de francés), sino en la originalidad de la historia: la protagonista más fea que recordáramos triunfaba gracias a su cerebro en el medio donde la imagen es más importante: la moda. Aquella historia fue el punto máximo de lo que caracterizaba ya a la telenovela colombiana: alterar lo suficiente el esquema clásico del melodrama haciendo que pareciera algo nuevo.

Betty la fea

Hace treinta años las telenovelas eran iguales, lo único que cambiaba era el nombre de piedra preciosa de la protagonista: Esmeralda, Topacio, Rubí. México y Venezuela habían creado una industria televisiva que vendía sus productos a todo el continente y que hacía telenovelas como quien fabrica salchichas: igual sabor, igual tamaño. Pero como ocurrió con algunos movimientos cinematográficos importantes (el neorrealismo italiano, la “nueva ola” francesa), fueron las peculiares necesidades de producción y profesionalización del medio colombiano las que permitieron que aquí pasaran cosas distintas. Como nadie era dueño de los canales, sino de los espacios en ellos, las productoras tenían que competir entre sí con propuestas muy diversas para diferenciarse: algunas exploraban los misterios y coqueteaban con las tramas de terror en telenovelas como Los Cuervos o La abuela; otras exploraban los universos peculiares colombianos, especialmente el costeño, con Gallito Ramírez o Caballo viejo; o se adelantaban décadas a Glee combinando telenovela con musicales, como en Música maestro o en Quieta Margarita. Aquí no hacíamos salchichas sino platos a la carta donde todo era posible: que el protagonista fuera un cura de pueblo o que creáramos una telenovela infantil, con un monstruo que se llamaba Guri-Guri. Y tal vez porque vivíamos una época en que las noticias diarias ya nos contaban suficientes sufrimientos, se convirtió en un requisito que los personajes secundarios y las tramas estuvieran llenos de humor.

La hija del mariachi

En 1994 llegó Café, que tenía todo lo anterior (humor, mundo regional, música) y le añadía una heroína con carácter y una conspiración empresarial al asunto. Fue el boom. El mundo entero quería estas novelas distintas que no se parecían a ninguna. Vinieron Betty y Las Juanas y La hija del mariachi. Pero con la internacionalización, aparecieron demasiados actores con cuerpos de modelos, historias mafiosas (que al ser universales también se venden) en las que hay balas en vez de humor y empezamos a copiar libretos en vez de escribirlos. Hoy por desgracia, aquello que nos dio reconocimiento, la identidad de nuestros melodramas, peligra porque dejamos a un lado la risa y el riesgo creativo y nos creímos aquello de que sin tetas no hay paraíso.

Publicado originalmente en revista Únete #37 de septiembre de 2010

Para mí nada, niño Jesús

Tuesday, December 18, 2012 por Samuel Castro

Adorado Niño Jesús. En vista de que no fui mejor persona este año (prueba de ello es que jamás tuve la paciencia para aguantar más de 20 segundos de Mundos opuestos, y seguí viendo los partidos de eliminatorias con el radio prendido porque no aguanto a ningún narrador de televisión) quiero escribirte, con el mismo fervor que RCN tiene por las ideas de Fernando Gaitán, pidiéndote algunos regalos para esta Navidad, que no serán para mí, divino niño, sino para aquellos que de verdad lo merecen. Mi lista es, como tú, pequeña pero justa:

La red

A Diva Jessurum y a la Negra Candela, niño Jesús, las principales “periodistas” de El lavadero y de La red, dales por favor una suscripción a televisión por cable, para que vean el canal E! y entiendan cómo se hacen programas de farándula y chismes entretenidos, amenos y bien producidos. Ah, y no olvides encimarles un diccionario, para que puedan entender los chistes de Joan Rivers en Fashion pólice.

A los productores de los canales de este país, venerado infante, regálales una pizca de sentido común, del que no tienen nada, a ver si algún día comprenden que el formato de Gran hermano no funciona en Colombia. Que a la gente de este país no le importa la convivencia. Lo que quieren es ver modelos en ropa interior, con cualquier excusa: diciendo que quieren ser actores, o que son cavernícolas, o que viven en el futuro.

NP&

A los reencauchados del Noticiero NP&, dales por favor, como a Pinocho, la oportunidad de convertirse en personas de carne y hueso, para que dejen de confundirlos con un programa infantil y pueda tener el éxito que se merece el único programa de humor político al aire.

A Luis Carlos Vélez, Dios en pañales (te hablo a ti, no a él, niño Jesús, su ego hace necesaria la aclaración) regálale una fábrica de gel para el pelo, porque usando un frasco cada vez que va a salir al aire, no hay sueldo por grande que sea, que aguante.

How I met your mother

Alarga, niño Jesús, la existencia por varias temporadas más de programas como The big bang theory, How I met your mother o Modern family, pues nuestros canales privados parecen incapaces de crear comedias que no sean telenovelas donde se burlen de los pobres o de las idiosincrasias regionales.

Permítele a Colombia, niño Jesús, la llegada a sus pantallas de más programas que se parezcan a La voz Colombia, donde felizmente se fijan más en el talento que en las medidas de sus participantes.

Como dice la novena, Divino Niño, espero que acojáis y despachéis estas súplicas, pues con esos regalos ajenos, también me harías muy feliz.

Publicado originalmente en Revista ÚNETE N°64

Lo mejor del año que se fue

Monday, February 20, 2012 por Samuel Castro

Las tradiciones, cuando tienen lógica, es mejor conservarlas. Y aunque todos ya tenemos en la cabeza que el Oscar es el próximo fin de semana y lo que queremos es hacer nuestras apuestas (que llegarán, se los prometo) para ver qué tanto nos equivocamos, no podía dejar de hacer este listado, siempre marcado por la falta de sincronía colombiana con los estrenos que de verdad importan, para que repasemos juntos las mejores imágenes e historias que vi en 2011. Como siempre aclaro, este post no es un “lo mejor del año” tradicional, hecho sólo de cine o de estrenos. Es también una invitación a que nos movamos a ese reino de la historia en que se ha convertido la televisión norteamericana o a que repasemos algún clásico vuelto a ver en TCM o en el cine club del maestro y amigo Juan Carlos González en la Universidad EAFIT. Incluso hay cierta contención en la lista, pues no puse en ella series de las que ya he hablado en este blog o en este post tradicional, que yo sigo viendo y que siguen haciendo capítulos memorables: House M.D., Dexter, Grey’s Anatomy. A lo mejor se me pasó algo y ustedes me lo recuerdan en los comentarios o a lo mejor descubren alguna cosa que les interesa.

Vientos de agua: La vi a comienzos del año pasado, antes de que a la Cuevana que funcionaba de maravilla le diera por ser una web mediática y ponerse en la mira de los cazadores. Es sobre un español que se vino a América en barco en busca de un futuro mejor y su nieto, argentino, décadas después, que se devuelve a Europa en avión en busca de un presente menos terrible. Todo contado en paralelo, con actores maravillosos y bajo la supervisión de Juan José Campanella. “Fue lo mejor que hice”, alcanzó a decirle al crítico que lo entrevistó en el Festival de Santafé de Antioquia.

Inside job: Parece mentira que haya pasado tanto tiempo, pero este documental que desnuda nuevamente, como en el cuento, al emperador, o al imperio en este caso, lo pudimos ver apenas a comienzos de 2011. Y parecería que han pasado siglos desde aquello, pero no; hoy seguimos condenados, por los hechos que relata esta película de terror en envase equivocado, a repetir la crisis y probablemente a profundizarla. Y Atenas en llamas.

Psycho: Gracias al especial que hizo la Revista Kinetoscopio sobre la obra de Hitchcock, tuve que volver a ver, a una mejor edad para disfrutarla, esta maravilla. Cada plano es perfecto. Cada sombra que resalta con su oscuridad algún aspecto del cuadro, hace que todos, callados, nos veamos en la obligación de cerrar los ojos y admirar con respeto el genio del director inglés. Maestro.

You don’t know Jack: ¿Por qué habrá todavía personas que creen que las “películas para televisión” son la expresión correcta para designar las malas películas. Las películas para televisión, cuando las hace HBO y las actúan personas como Al Pacino, Susan Sarandon y John Goodman, son cosas como ésta: crónicas hermosas sobre un personaje único, que se ganó a pulso aquel sobrenombre de “Doctor Muerte.

Carancho: Que la salud está podrida en Latinoamérica es algo que podemos comprobar todos los días cuando asistimos a un servicio de urgencias. Pero que Pablo Trapero tome el tema y sea capaz, junto con la prodigiosa actuación de Ricardo Darín, de hacer un film noir latino, demuestra que nuestro cine, el que habla español, no debe temerle a ningún género cuando detrás de la cámara hay gente que realmente sabe lo que quiere.

The treasure of Sierra Madre: La mejor película que vi del cine-club de Eafit, lo que no quiere decir que sea la mejor que hayan pasado en él, porque no pude asistir a todas las citas con el buen cine. Una historia escrita con desencanto, donde ese Dobbs que compuso Humphrey Bogart, se parece desde tanto al Gollum de El señor de los anillos de Peter Jackson que da miedo.

Crazy, stupid love: Es una maravilla cuando uno va sin expectativas a ver una película y se encuentra con una pequeña delicia como esta comedia romántica multiusos, la mejor entre las que trajo la propuesta comercial en 2011. Divertida, bien escrita, con situaciones realmente graciosas y con una pareja cómica buenísima conformada por Ryan Gosling y Steve Carrell. Si a eso le añadimos Emma Stone, Julianne Moore y Marisa Tomei, estamos hablando de una de esas cintas que, con los años, crecerá en la memoria. 

Downton Abbey: Después de leer en Arcadia que Carolina Sanín no entiende realmente esta serie aunque ella piense que sí, debería salir a defenderla, contándoles cuál es el encanto de una historia que se desarrolla por los años de la Primera Guerra Mundial y que nos va paseando por las vidas de los aristócratas habitantes de un gran palacio y sus criados, continuando (porque son del mismo guionista) con aquello que no pudo hacer del todo bien Robert Altman en Gosford Park. Debería, pero no. Basta con que la vean un par de episodios para que se enamoren al instante de esta serie de la BBC.

Jane Eyre: Para todos aquellos jóvenes que no han visto las versiones anteriores, ésta, con un trabajo de fotografía admirable, que nos hace creer en la primera mitad que vemos un relato de misterio, para luego atropellarnos con una historia romántica como pocas, esta versión es la posibilidad de acercarse a un clásico, traducido a un lenguaje actual sin perderle el respeto a la fuente. Una gran versión.

Super 8: Vivimos una época nostálgica. Recordamos con afecto aquellas canciones de los ochenta que hasta hace algunos años nos parecían ridículas, tal vez porque nos vamos dando cuenta del encanto de aquella ingenuidad. Con el mismo espíritu de búsqueda del tiempo perdido, esta película inteligente protagonizada por niños brillantes y por la hermosísima Elle Fanning, tan talentosa como su hermana pero más bella, nos acerca a aquellos años en que los efectos especiales todavía eran como actos de magia.

Midnight in Paris: Hacer un gran guion (que seguro ganará el Oscar) basado en una idea simple (nunca estamos contentos con el tiempo que nos tocó vivir) pero no tan explorada como otras, para convertirlo en un cuento de hadas moderno. Ese es el encanto único de esta película que ocurre en una de las ciudades más hermosas del planeta, que Woody Allen, enamorado de ella, muestra mejor que muchos directores franceses.

The help: ¡Tantos críticos amargados, de esos que sólo creen que es buen cine aquello que pueden ver muy poquitos, que atacan esta película porque supuestamente es más de lo mismo! Sí, puede que se le note lo que está hecha para ganar premios, pero no se le puede negar ni la producción perfecta, ni el hecho de jugársela del todo por verdaderas actrices (Emma Stone, Jessica Chastain, Viola Davis, Octavia Spencer) que logran que creamos una fábula de época. ¿Ligera? ¡Qué importa si funciona! Y funciona tan bien que cuando acaba no nos dimos cuenta de su duración. Eso también es virtud del buen cine.

La gracia de Grey’s Anatomy

Saturday, June 18, 2011 por Samuel Castro

Me he pasado de las peleas entre hinchas de fútbol a las discusiones entre aficionados a las series. Y así como a algunos no les cabe en la cabeza que uno pueda ser hincha de Nacional y alegrarse por las victorias del DIM, parece que no se pudieran adorar al mismo tiempo las ironías y los sarcasmos de House M.D. y disfrutar de las tramas pasionales y desgarradas de Grey’s anatomy. Sus fans parecen Montescos y Capuletos. Y me perdonan los fanáticos de ambas familias, pero las dos están muy bien. Lo que pasa es que se ha escrito tanto acerca del doctor cojo (análisis de cada capítulo, compilaciones de las frases, filosofías) y tan poco de la serie que revivió la carrera de Patrick Dempsey, que mi costumbre de ponerme del lado del débil me obliga a dedicar un rato a elogiar todas sus cualidades, y burlarme con cariño de sus defectos. Eso sí, maldiciendo la hora en que a alguien se le ocurrió hacer una adaptación “a la colombiana” que lleva el creativísimo nombre (copiado de la película de Susanne Bier) de “A corazón abierto”. Podrá ser hasta decente la versión, pero el sólo hecho de que todas las protagonistas femeninas parezcan escogidas por Diego Cadavid para la portada de Soho, me hace preferir el original.

Para empezar el rasgo distintivo de Grey’s anatomy: el personaje más carismático de la serie no es su protagonista, cosa que según los cánones gringos es un sacrilegio (aunque después vino Big love con el petardo de Bill Paxton y comprobó que cualquier cosa puede pasar) Cuando la serie comenzó, esa fue una de las características que hacían a los críticos augurarle poca permanencia al aire (es maravilloso cuando nos equivocamos tan estrepitosamente). Ellen Pompeo, la novia de Jim Carrey en las escenas eliminadas de Eternal sunshine of the spotless mind, se ha visto siempre cinco años mayor de la edad que supuestamente debería tener Meredith y un día está hermosa y al otro parece que hubiera amanecido en un parque antes de la grabación de sus escenas, habla como si le diera pereza abrir la boca y no siempre le creemos sus depresiones y sus tristezas. Pero este “defecto” hizo también que desde el comienzo las tramas de los secundarios, sus vidas y sus amores, fueran alternándose el protagonismo. El resultado es que hoy todos los personajes nos importan (cuando se fue de la serie George, el “buenazo”, debo confesarlo, lloré durante diez minutos seguidos), todas las historias han cobrado vida propia y la serie tiene decenas de caminos posibles. Queremos que Karev consiga a una mujer que no esté loca, que Cristina Yang haga la mejor operación de cardio que exista, que a Torres y a Arizona les vaya bien en su matrimonio, que a Mark le siente bien la paternidad. Y sobre todas las cosas, adoramos a Miranda, el verdadero corazón del Seattle Grace Hospital.

Los seguidores de House desprecian el dramatismo de Grey’s anatomy. Pero si uno ve de corrido las siete temporadas que lleva hasta ahora, descubrirá que una de sus muchas virtudes es dosificar la tragedia para que haya capítulos donde incluso las emergencias son graciosas y otros donde pasan pequeñas cosas, que tres episodios más adelante serán vitales para la historia. Pura inteligencia de su creadora, Shonda Rhimes, que además no ha dejado de atreverse a correr riesgos: un capítulo grabado como si fuera un documental televisivo, otro donde a lo Rashomon, veíamos la versión de los hechos según cada persona que los contaba, uno más donde la protagonista hablaba con los muertos en un cielo que era un quirófano vacío. Nada mal para una serie supuestamente rosa.

¿Qué es lo que tanto nos gusta de Grey’s anatomy? Que a diferencia de House, un genio solitario que sólo podemos imitar, los personajes de Grey’s se parecen mucho a nosotros. Supuestamente ya son “grandes” pero todavía tienen que descubrir cuál es su talento, para qué sirven en la vida; todos cargan sobre sus hombros los pecados y las miserias de sus padres; están aprendiendo a ser papás, esposos, buenas personas; se han ido transformando a lo largo de la serie y ya no son los mismos muchachitos (sobre todo Meredith) que peleaban por una operación de vesícula hace unos años. Pero todavía en cada capítulo pueden tomar una decisión que les cambie la vida (al menos durante media temporada) Es una gran serie, distinta a House pero maravillosa a su manera.

Puede que uno quiera conocer a House más que a Meredith o a McDreamy.  Pero nadie puede negar, que entre los dos hospitales, el más divertido, el más parecido a cualquiera de nuestras casas, es el de Seattle. Y esa es su gracia.

No se habla español en Asgard

Sunday, May 8, 2011 por Samuel Castro

Hace un par de años, estaba en una finca con mi novia y unos amigos. No recuerdo qué película era la que íbamos a ver pero yo me demoré un rato largo en el menú del DVD porque quería buscar la opción de idioma original. Luego comenzamos otra película y Jorge, uno de los visitantes, también intentó buscar en el menú algunos ajustes de idioma. Fue entonces cuando su esposa no pudo soportar más y le espetó: “¿vos también vas a seguir con las bobadas de Samuel”.

Parece que para muchas personas no es importante ver las películas en el idioma en que fueron hechas. Como si exigir escuchar a los actores que realmente hicieron los papeles, con su entonación y sus expresiones, parte esencial de su trabajo artístico, fuera una manía de cinéfilos trasnochados. Son los mismos que ven con tranquilidad las versiones dobladas que presentan en Premier Caracol y que prefieren TNT a MGM porque les da pereza leer. Respetable como gusto, terrible como norma.

Y lo peor es que esta tendencia malsana se está imponiendo entre nosotros. Cuando lanzaron la primera Toy Story, había más o menos la misma cantidad de salas con las voces de Tom Hanks y Tim Allen que aquellas que tenían a un Woody y a un Buzz mexicanos (supuestamente de acento neutro, pero ¿a quién quieren engañar?). El año pasado, cuando salió la tercera parte, sólo había una sala en Medellín donde se pudiera ver la historia de los juguetes parlantes con subtítulos.

Digamos que con las películas animadas no hay tanto problema. Finalmente en ellas, los actores que ponen las voces hicieron básicamente el mismo trabajo que los intérpretes de doblaje. Y aunque con las técnicas de animación actuales el lip-sync (la sincronización que hay entre los movimientos de los personajes cuando hablan y lo que dicen) es perfecto en inglés, como lo que uno ve en pantalla son seres irreales, nadie siente que TENGAN que hablar de determinada manera (me gusta mucho más la antigua voz de Homero Simpson en español que la de su borrachina y ronca personalidad en inglés) o que esa sea su única entonación posible.

Pero cuando hablamos de unos actores reales, que para filmar lo que vemos estuvieron en un set bajo las órdenes de un director que les dio instrucciones sobre cómo quería la escena, cuyos movimientos influyeron en la manera en que decían su parlamento, que trabajan su voz (como Sean Penn, como Meryl Streep o Philip Seymour Hoffman) para diferenciar a su personaje de otros que han hecho en su carrera, el doblaje es casi un insulto. ¿Quién puede gritar como Kiefer Sutherland haciendo de Jack Bauer en 24? Cuando pasan esas versiones dobladas de Dexter por ahí, cambio de canal desesperadamente, antes de escuchar a alguien que no sea Michael C. Hall decir “Esta noche es la noche”.

Por eso es que me siento indignado con lo que está pasando con Thor en esta ciudad, y no sé si en otras ciudades o países latinoamericanos esté ocurriendo lo mismo. Un amigo tuvo que salirse de la sala, porque le prometieron una función con subtítulos desde el anuncio en el periódico y al sentarse se encontró viendo a Odín, el mandamás de Asgard, encarnado por Sir Anthony Hopkins, con una voz que había oído en algún programa de Discovery. ¡Por Dios (o por Odin)! ¿Se supone que el actor de doblaje iba a imitar el sutil acento británico de Hopkins? El director de esta película es Kenneth Branagh, que algo sabe de dramaturgia… ¿y vamos a perdernos todo lo que hizo para que Chris Hemsworth encarnara a un dios creíble y fuera el Thor superhéroe que conocemos, porque a alguien le da pereza leer? Si ese es el argumento, ¿les parece bien que estemos educando a nuestros niños para que no lean, ni siquiera en la sala de cine? Para no hablar del trauma que nos genera a algunos no poder escuchar la voz de Natalie Portman, que es muy distinta a la de Natalia París, a quien doblar al inglés no sería un insulto sino una caridad.

Yo me niego a ver Thor así. Aunque tenga que esperar al DVD para poder saciar mi ansia de súper héroes. Puede que en Colombia no tengamos que soportar las abominaciones que ven en España (donde Mel Gibson dice “coño” en vez de “fuck” cuando maldice en Arma mortal) pero yo no quiero que en el paraíso anglosajón hablen con acento argentino, o rolo, o neutro. Quiero que Asgard siga siendo sagrado. Y el arte cinematográfico, como lo conciben sus creadores, también.

Joyas por descubrir: Vientos de agua

Tuesday, January 25, 2011 por Samuel Castro
Una de las cosas que más me gusta de Internet es que sirve como museo, como vitrina irrompible de todo lo que alguien consideró alguna vez que debía ser puesto en el jade “inmortal” del ciberespacio. Lo que antes eran, por decir algo, las escenas musicales de los Hermanos Marx que ciertos privilegiados tenían en su colección de películas personal, en bobinas con cinta de nitrato, ahora aparecen con sólo hacer clic en youtube. O La jetée, aquel corto impresionante que inspiró Doce monos y que en los noventa sólo algunos habían podido ver en obscuras y secretas versiones de contrabando, ahora es un recurso con el que cualquier adolescente despistado puede contar en su formación audiovisual.
Como las audiencias son caprichosas y no siempre aciertan (por algo hay tanto reality malo con ratings tremendos, por algo The wire se vendió más en DVD de lo que se vio en TV) la red sirve para que trabajos que valen la pena, series que todos debemos conocer, películas desconocidas producidas en Timbuktú, tengan una segunda oportunidad sobre la tierra.
Precisamente de segundas oportunidades, de la migración entendida como otro destino que ensayamos porque el que tenemos no nos está saliendo bien, es de lo que habla Vientos de agua, esta miniserie maravillosa de la que algo había oído pero que nunca (como tantas cosas buenas) llegó a Colombia. Y en Argentina y en España, países que la coprodujeron, donde sí la dieron, no tuvo el éxito esperado. ¿Por qué? Me atrevo a creer que por un exceso de realismo y autocrítica. Porque claro, está toda la visión romántica de que en otro país hay oportunidades que nos permiten salir adelante, pero también verdades que a mucha gente no le gusta ver: el argentino que se junta con el resto de latinoamericanos pero que debe sacudirse un montón de prejuicios (en un momento de la serie le dice a una amiga colombiana “pero vos blanquita del todo no sos”) porque se siente un poquito más que ellos; los españoles que no están muy interesados en acabar con la migración (así nos pongan visas) porque les proveemos de mano de obra barata que habla su idioma; la migración de nazis que tuvieron como destino el sur del continente a mediados del siglo XX.
Si a alguien le gustó El secreto de sus ojos, con seguridad va a disfrutar de estos 13 capítulos que se ven en un suspiro, pues el creador y principal director de esta serie es Juan José Campanella. Y todo su estilo, ese refinamiento visual en la manera de narrar, su sentimentalismo bien entendido, el cariño por el destino de sus personajes, la capacidad de unir acción y emoción, están en esta serie.
En cada capítulo de la serie Campanella nos va narrando en paralelo dos destinos: el del joven Andrés, emigrando desde Asturias a una Argentina que, parafraseando a Borges, veía llegar a sus raíces a bordo de los barcos que cruzaban el océano, y el de su hijo menor, Ernesto, que en medio del “corralito” que atrapó a los argentinos en su propio país se va a España a juntarse con esos millones de indocumentados latinoamericanos, africanos y rumanos, que pueblan las calles madrileñas. Con sabiduría y pulso firme, Campanella es capaz de mostrarnos las semejanzas entre ambas historias, mientras hace que nos encariñemos con sus personajes secundarios: Juliusz, el judío eternamente enamorado de su esposa Gemma (una hermosísima Giulia Michelini); Cecilia, la esposa de Ernesto, que no puede evitar que la lejanía afecte sus sentimientos; Mara, la colombiana (¡estupenda Angie Cepeda!) que es toda alegría y pasión.
Puede que en internet muchos adolescentes tarados aprendan a armar bombas caseras y otros tontos se emboben con las consignas incendiarias de Sarah Palin, pero mientras algunos, con un poco de suerte, podamos desenterrar el cajón del tesoro lleno de joyas como esta serie, el ciberespacio seguirá valiendo la pena.

Lo mejor del año que se fue

Tuesday, January 11, 2011 por Samuel Castro

Cada vez es más preocupante este listado de comienzos de año que hago escogiendo entre las películas que vi el anterior (ojo, no entre las que estrenaron, por eso hay clásicos metidos en la lista) porque cada vez hay menos estrenos importantes que correspondan a la fecha en que deberíamos verlos y se retrasa más la fecha en que podemos ver más cine que vale la pena (y mejor no mencionemos acá de qué manera se complica la cosa si hablamos de la ciudad en la que vivo, Medellín, con respecto a las fechas de Bogotá). Como con la lista de lo mejor de la década hemos hablado ya de algunas películas que tendrían que estar obligatoriamente en este listado (Déjame entrar, El secreto de sus ojos), preferí mencionar otra creaciones para ser tenidas en cuenta en esta enumeración que les permite tener al menos un gran título para cada mes de este 2011. Espero que todos se animen a incluir en sus comentarios películas que les gustaron a ustedes o a contarme si creen que se me pasó algo. Y a ver todo esto, porque al final, toda recomendación es una invitación.

Toy story 3: ¿Han pensado lo difícil que es hacer una secuela digna? ¿Y qué tal una tercera parte? Pues como siempre, Pixar, experta en triunfar donde otros no logran nada, homenajeando ese subgénero peculiar que son las películas de fuga carcelaria, crea una trilogía que se une a Volver al futuro y a El señor de los anillos, en el pequeñísimo grupo de las trilogías casi perfectas.

Shutter island: Por un problema de fechas, la más reciente película argumental del maestro Scorsese no será tenida en cuenta en los próximos premios Oscar. Pero este relato que juega con lo que entendemos como locura, en un empaque impecable de thriller de suspenso, es una de esas cintas que nos hacen creer en la inmortalidad de los verdaderos artistas.

Up in the air: Cada vez me gusta más esta película. También pude haberla reemplazado por otra, porque de ella hablamos en otras ocasiones, pero creo que sigue siendo importante una película que habla del desempleo, de lo que pasa en la vida cuando nos sentimos atascados con lo que hacemos. Y además, es una manera de defenderla de comentarios que comentaristas radiales han hecho sobre ella: curiosamente, todos ellos con empleos bien pagados y exitosos. Tal vez por eso no la disfrutaron.

To be or not to be: Como ha pasado en los últimos años con este listado, la visita asidua al ciclo de cine de la universidad Eafit que dirige Juan Carlos González cada lunes, siempre logra que entre a esta lista una gran película de otros tiempos. Y esta, una joya de la comedia y del humor, de eso que Billy Wilder llamaba “el toque Lubitsch”, es además de una violenta sátira contra el nazismo, la inspiración casi obvia de Inglorious basterds. Como para que los adolescentes que creen que el cine se lo inventó Tarantino, dejen de creerse el ombligo del universo.

Capitalism: a love story: A mí Michael Moore me encanta. No sólo porque tiene barba y está gordo y tiene el ego grande (un asunto de complicidad de caracteres), sino porque es un provocador inteligente, que sabe decir lo que piensa de forma convincente, como cuando le exige a los bancos que monten en el carro de valores que él conduce, los ahorros que nos han esquilmado. Y para un mundo como éste, en el que Wall Street como la isla de un náufrago, vive rodeada de tiburones, nada mejor que una historia de amor con Michael Moore.

Mad men: Sí. Nada que hacer. Hoy la televisión se ha graduado con honores en este asunto de mostrar historias bien contadas. Porque donde una película de dos horas exige efectismo y efectos especiales, las series proponen sutilezas y personajes bien armados. Y pocos como Don Draper, el hombre que se hizo a sí mismo (literalmente) en el mundo de la recién nacida publicidad norteamericana de finales de los cincuenta. La avenida Madison y sus hombres es, con mucho, una experiencia audiovisual más valiosa que la mitad de los largometrajes que llenan (¿rellenan?) nuestras carteleras.

Whip it: ¿Una película sobre unas muchachas que se dedican a dar vueltas en patines mientras se golpean como actividad deportiva? ¿Y eso combinado con una historia de descubrimiento personal y con un drama acerca de la amistad? ¿De verdad? La respuesta a esas preguntas es sí, y corresponde a esta película tierna y divertida, debut en la dirección argumental de Dew Barrymore. Tal vez la despedida de Ellen Page de sus roles de adolescente incomprendida.

A single man: Los que vieron esta película y Crazy heart saben que el Oscar para Jeff Bridges fue más una atención a su carrera que una elección justa, pues la realidad es que la actuación de Colin Firth en este título es de verdad impresionante. Que el adjetivo que se le viene a uno a la cabeza para describir a una película sea ELEGANTE sólo es un indicio de lo hermosa que se ve A single man en pantalla.

Steamboat Bill Jr: Cuando veo a los niños que a veces me rodean perdiendo su tiempo con películas de Cody Banks y a los adultos que me rodean perdiendo su tiempo con comedias de Adam Sandler, pienso que un clásico como éste, en el que Buster Keaton todavía hoy, 83 años después es capaz de sorprendernos, maravillarnos y hacernos reír, debería ser obligatorio en el currículum cinematográfico de toda escuela sobre la faz de la tierra.

Buried: Si Memento consagró a Christopher Nolan como un realizador y a los hermanos Nolan como guionistas, gracias a la buena idea de contar una historia que iba de adelante hacia atrás en el tiempo, Buried debería proporcionarle toneladas de trabajo a Rodrigo Cortés, su director, quien demuestra ser capaz de asumir con competencia lo que parecía imposible: contar una buena historia sin salirse del espacio de un ataúd.

Roman holiday: Hay mucha gente que no entiende cuál es la magia que tenía Audrey Hepburn, por qué todos hablan de ella y la siguen recordando como una figura irremplazable. Basta con ver esta pequeña maravilla de William Wyler, que le da sopa y seco a las historias de Disney sobre princesas que se escapan de sus responsabilidades monárquicas, para entender por qué todos quieren desayunar en Tiffany’s.

Dexter: Envidio a todos aquellos que no han visto un capítulo de Dexter porque pueden tener la experiencia maravillosa de ver las 5 temporadas que se han hecho hasta el momento como quien se lee una gran novela, sobre un asesino en serie que anda por el mundo acabando con tipos como él. Michael C. Hall pinta uno de los personajes paradigmáticos de los tiempos que corren con el talento de un genio de la actuación. Y uno, como alguien que escribe, se quita el sombrero ante capítulos a los que no les sobra ni una coma y que han convertido la frase “Tonight is the night” en un mantra.

El final de Lost o por qué a veces la televisión es mejor que el cine

Wednesday, June 9, 2010 por Samuel Castro

Si nos atenemos a las clases de públicos de Lost (suponiendo, creo que con seguridad, que muchos de los lectores de ochoymedio han visto la serie) que Hernán Casciari, el escritor y excelente bloguero argentino (aunque escribe desde España) definió en su sitio, Espoiler.tv, hace quince días, yo soy del tipo agradecido, de la clase de  personas que se alegra de haber estado varios años, dedicando una hora a la semana a ese relato televisivo, mezcla de novela romántica, saga de aventuras y misterio filosófico, que nos llevó la cabeza de preguntas y la retina de historias. ¡Y qué historias! Porque hace dos semanas, cuando se acabó LA HISTORIA y los sitios web se llenaron de opiniones descalificadores acerca de “lo pobre” y “lo fácil” que había sido el final de Lost (cómo se nota que todos creen que ser guionista es muy fácil), yo pensé que esa trama, la de la isla y quiénes eran los otros y por qué pasaba lo que pasaba, era la que menos me había asombrado. Sí, era parte de su encanto e ingrediente de la mezcla perfecta de la serie, pero en realidad lo que siempre me atrajo de Lost fueron las pequeñas historias, las de cada capítulo, las que nos decían por qué Sawyer desconfiaba del mundo o cuál era el motivo para que Locke  se asombrara en medio del accidente al mover las piernas. Ese descubrimiento paulatino de los personajes a través de estructuras narrativas no muy frecuentes en la televisión, era la verdadera riqueza de Lost, su fuerza y su encanto.

Lost 1

Y como éste es un blog sobre cine y no sobre mis gustos televisivos, es el momento de explicar, con el ejemplo de Lost, por qué a veces la televisión es mejor que el cine. Basta con imaginar lo que pasaría si un thriller de suspenso que se desarrolla en una isla misteriosa, dejara al final más de la mitad de los hilos narrativos como cabos sueltos. Saldríamos de la sala de cine sintiendo que nos robaron la plata que pagamos por la boleta, insultando a nuestros distribuidores y quejándonos de lo malo que es el cine de hoy en día. Y tendríamos razón, porque en el cine un guionista no puede “permitirse” ese tipo de cosas: estamos ahí para que nos cuenten una historia y para que salvo una secuela, la historia se cierre perfectamente.

Lost 2

Pero en televisión (¡Dios bendiga las series gringas!, estoy hablando de ellas y no de nuestras telenovelas cada vez menos audaces) las cosas no tienen por qué ocurrir así: los capítulos se pueden llenar con momentos aparentemente intrascendentes (como cuando Hugo le ganó a Sawyer jugando ping-pong) que sin embargo, humanizan a los personajes; el cine intrascendente no es fácil de soportar ni siquiera en los festivales. Puede que haya, como en la serie de ABC, 6 ó 7 personajes principales; las películas corales en general son fragmentadas y superficiales. Es más que probable que en la tercera temporada aparezca un personaje sacado del sombrero de un mago, que se vuelve absolutamente imprescindible. La complejidad en televisión no es un lastre sino todo lo contrario, la opción que tienen los guionistas para que la serie dure más temporadas. En cine los personajes para que sean verosímiles deben estar perfectamente definidos y sorprendernos con su comportamiento máximo una vez, para que sean “creíbles” con respecto a la historia. En televisión un personaje puede cambiar de opinión, evolucionar, convertirse en un asesino en serie o arrepentirse por haber actuado en contra de sus valores. Y paradójicamente lo que en cine es contradicción es televisión es pura imitación de la realidad. Por eso le creemos a una serie lo que no permitiríamos en una película. Por eso aceptamos que House pueda tener piedad o mostrar misericordia por alguien: ya lo conocemos tan bien que no nos parece del todo sorprendente y varios detalles a lo largo de los años nos han dado pistas de que hay algo bueno bajo el ogro.

Lost 3

Podría seguir enumerando ventajas: en televisión los “picos” emocionales se distribuyen a lo largo de la temporada, pudiendo hacer capítulos de “transición” que sin embargo, son esenciales para engancharnos con los personajes. La televisión permite “ensayar” caminos y luego deshacerlos (como lo hizo varias veces Lost). Cuando se hace buena televisión, la ciencia ficción es más filosófica, el drama más detallista, la violencia menos gráfica y hasta el western (como en Deadwood) se enriquece. Y la buena televisión, las series extraordinarias (a pesar de lo que digan la opción de conservar el misterio de la isla fue una opción bastante aceptable) como Lost, nos dejan en el alma cuando se acaban la misma sensación que se tiene al llegar a la última página de una novela grandiosa: el de un viaje en el que conocimos a compañeros de viaje y paisajes inolvidables.

Amo el cine, es cierto, pero hoy en día quien diga que la televisión sigue siendo “la caja tonta” es porque se duerme cada noche viendo Caracol.