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¿Amor o sífilis?

Tuesday, December 1, 2015 por Samuel Castro

“…pero no olvides, especialmente entonces,
cuando llegue el amor y te calcine,
que primero y siempre está tu soledad
y luego nada
y después, si ha de llegar, está el amor”.
Poema de amor N°13, Darío Jaramillo Agudelo

Para hacer humor hay que hablar del amor (ahora bien, para hacer el amor es muy probable que el buen humor sirva como estrategia). Las relaciones de pareja, los enamoramientos y el sexo son algunos de los campos más fértiles para inventar historias graciosas o hacer bromas. Y si uno es un humorista de 80 años, que ha dedicado media vida a escribir chistes y la otra media a filmar películas (o a hacer ambas cosas al mismo tiempo, escribiendo chistes que van a aparecer en películas) el tema del amor tiene que estar presente en su cine. Sin embargo, como si hubieran leído el poema de Darío Jaramillo, los personajes de Woody Allen —piensen en el que quieran, desde Virgil en Take the money and run (1969) hasta María Elena en Vicky Cristina Barcelona (2008)— son básicamente unos solitarios que tranzan con el amor, que negocian el sentimiento en búsqueda de su propia felicidad, pero que no están dispuestos a dar sin recibir nada a cambio. Su soledad se llama egoísmo y es la base de la mayor parte de los conflictos de pareja y de los apuntes acerca del amor que el maestro neoyorquino incluye en su filmografía. Por eso, más que lecciones acerca de lo que se trata el amor, Woody Allen nos ha mostrado lo que el amor NO DEBE SER si queremos que dure.

 Woody Allen 1

LECCIÓN 1: LOS CUPIDOS LANZAN DEMASIADAS FLECHAS
Condesa Alexandrovna: Tú eres el amante más extraordinario que he tenido.
Boris: Bueno, es que practico mucho cuando estoy solo
Diálogo en Love and death (1975)

Como el tipo romántico que es en el fondo, detrás de esa fachada de sarcasmo e ironía, Woody cree en el amor a primera vista. Si le hiciéramos caso a lo que nos muestra en muchos de sus guiones, deberíamos pensar que sólo se necesita una mirada atenta y cruzar un par de palabras con la mujer indicada (especialmente si es rubia) para saber que viviremos un tórrido romance o una relación duradera con ella. Ni siquiera tiene que ser una condesa rusa o estar bien presentada: puede llevar ropa deportiva para jugar tenis y estar bañada en sudor después de hacer ejercicio, como en Annie Hall (1977) Da igual. En cuanto al potencial de historias que se desprenden del flechazo, suele ocurrir que aquella mujer que detiene nuestro corazón está comprometida con otra persona. ¿Podría ser peor el asunto? Claro, pase lo que pase, si algo nos ha enseñado Woody Allen es que siempre se puede estar peor, y entonces la chica en cuestión podría ser la amante de nuestro mejor amigo casado, como en Manhattan (1979) No es de preocupar la noticia: como hemos aprendido viendo sus creaciones, bastará con matarlo.

Ahora bien. Sin importar cuán terrible sea la situación, aún si nos enamoramos de la esposa de nuestro hermano, hay que intentar que no se nos note tanto la caída en desgracia (¿o en la gracia?) como a los personajes de Allen. Según su cine todos hacemos cara de estúpidos (eso sí, ninguna peor a la de Jason Biggs en Anything else (2003) cuando conoce al personaje de Christina Ricci) al sentir el flechazo amoroso. Por un momento es como si el aire hubiera decidido acampar en nuestro cráneo y empalidecemos y comenzamos a decir idioteces, y a cambiar nuestra forma de ser hasta parecernos a… una hormiga, por sólo poner un ejemplo, una hormiga que va al sicoanalista porque siente que es una más en la colonia.

Woody Allen 2

Así que cuando sintamos que la flecha de Cupido se ha enterrado en nuestra corazón… demandémoslo, por daños y perjuicios.

LECCIÓN 2: ESTAR ENFERMO ES COMO ESTAR ENAMORADO, PERO SIN TODO LO MALO
Andrew: El sexo alivia la tensión. El amor la causa.
A midsummer night’s sex comedy (1982)

Parece que tuvieran fiebre o un virus tropical. Después del flechazo inicial, los personajes de Woody Allen se enfrentan al amor como lo haría un zombi para intentar comer cerebros. De repente vemos que esos tipos fríos, tartamudos y melancólicos arden por dentro y que sólo quieren estar con la chica que se ha convertido en su obsesión. Entonces se olvidan de todo. De nimiedades, como que ellos mismos están comprometidos con otra mujer, o de cosas realmente importantes, como los lugares donde les gustaría pasar vacaciones. Es tan fuerte el sentimiento que nos parecerá normal cuando el hombre de los sueños de la pobre Cecilia salga de la pantalla del cine para abrazarla (The rose purple of Cairo, 1985): “El amor es ciego” nos diremos sin titubear, como si los hombres hechos de celuloide fueran algo que viéramos todos los días. Aceptaremos como un hecho que Elliot, el personaje que interpreta Michael Caine en Hannah and her sisters (1986) se convierta en una especie de sátiro lascivo que contra toda prudencia convence a Lee, su cuñada, para que mantengan encuentros sexuales en cuartos de hotel. Y lo aceptaremos porque muy para nuestros adentros sabemos que el amor saca lo mejor y lo peor de cada quién.

 Woody Allen 3

Entre lo mejor está el conocimiento. Los protagonistas masculinos de Woody Allen suelen conquistar a las mujeres usando su sabiduría y no su físico (tal vez porque el protagonista muchas veces es el mismo Allen), hablándoles de filósofos latinos, de poetas norteamericanos, de cuartetos de Bach y melodías de jazz que deben oír. Y lo mejor de todo, lo que nos llena de esperanza a tantos que nos parecemos más a Woody que a Leonardo, es que mujeres como Scarlett Johansson o Charlize Theron caen en el romance con ese tipo de cosas. Es mejor olvidar, para no perder la ilusión, que Allen ha declarado muchas veces cómo aprendió quién era William Faulkner y leyó sus novelas, sólo porque las jóvenes de su tiempo le preguntaban y él necesitaba desesperadamente un tema para hablar. Si hoy aplicáramos la misma teoría, deberíamos estar enterados de los últimos éxitos del reguetón y saber todo lo posible sobre la vida de Maluma.

Al final, lo que sabemos del amor gracias al director neoyorquino, es que puede aparecer en cualquier esquina o en el ascensor que tomamos para visitar a nuestra amante, como en Deconstructing Harry (1997). Que nos lo podemos encontrar incluso en la piel de alguien que no se parezca en nada a nosotros; que, digamos, sea una prostituta con ganas de actuar en pornografía, que jamás ha leído libros que no tengan dibujos. Y porque esas cosas pasan, porque el amor es como todo lo demás, es que vale la pena seguir caminando.

LECCIÓN 3: NO ES BUENO MEZCLAR SEXO CON AMOR
Rita: Para mí, el amor es algo muy profundo, pero el sexo sólo necesita tener un par de pulgadas
Bullets over Broadway (1994)

Si fuera tan fácil acostarse con las mujeres como en las películas de Woody Allen, el mundo sería un lugar mejor. Y si no fuera mejor, al menos sería más feliz. Claro que, si no fuera más feliz, probablemente sí estaría más habitado. Eso sin duda.

El sexo es un hábito saludable en las películas del director neoyorquino. Todos quieren tenerlo, como si fuera un disco de moda o una camisa de diseñador. Hasta los tipos poco agraciados se acuestan con mujeres que parecen modelos, aunque es mejor olvidar que quien escribe las historias es Allen. Pero en general, no hay muchas demoras para los hombres que quieren acostarse con alguna mujer en su cine. Generalmente su deseo se cumple, sin mucha resistencia (incluso Emmet Ray, el personaje de Sean Penn en Sweet and lowdown se extraña de que Hattie, la preciosa mujer muda que conoce en un muelle, le haga todo tan fácil en la primera cita) y ellas quedan agradecidas. En eso tiene mal gusto el neoyorquino (o quién sabe, tal vez malas costumbres) pues es usual que después de tener sexo los tipos le pregunten a ellas si les gustó. Incluso más increíble es cuando ellas, sonriéndole al techo, pronuncian emocionadas frases como “fue fantástico”. Ahí es cuando recordamos que quien escribe los guiones es el mismo tipo que le pidió matrimonio a su primera mujer en una llamada de larga distancia porque no tenía con quien ir al cine en la ciudad donde trabajaba.

Woody Allen 7

Por desgracia, el sexo en el cine de Allen siempre cumple el mismo ciclo. Al comienzo, cuando la relación está empezando, se hace en todas partes, a todas horas y en cada posición imaginable, como si todos fueran aquel par de esposos italianos de Every you always wanted to know about sex but were afraid to ask (1972) que descubrían que la esposa sólo se excitaba cuando existía la posibilidad de que alguien la viera. Después de unos meses, las cosas se vuelven menos frecuentes (es inolvidable aquella escena de Annie Hall donde la pantalla está partida en dos mitades verticales, mostrándonos a los dos protagonistas, Woody Allen y Diane Keaton, en sus respectivas consultas con su analista. Ambos sicólogos preguntan lo mismo: ¿con qué frecuencia hacen el amor? Ella responde que está cansada porque lo hacen casi todos los días, como tres veces por semana. Él en cambio, dice que ahora no lo hacen casi nunca, que apenas tres veces por semana) y al final, el sexo es sólo un bonito recuerdo que comparten dos amigos que comparten la cama.

Por eso hay que estar de acuerdo con Allen cuando dice que el sexo sin amor es una experiencia vacía. Pero como experiencia vacía es una de las mejores.

LECCIÓN 4: DONDE DICE “THE END” QUE DIGA MATRIMONIO
Harry: No puedo entender por qué la más sofisticada de las mujeres no puede decir la diferencia entre un sensitivo, caliente, y sexualmente apasionado amantazgo y un bueno, sólido, tranquilo y rutinario matrimonio
Diálogo en Deconstructing Harry (1997)

Después de ver muchas películas de Woody un extraterrestre podría pensar seriamente que los seres humanos hemos inventado el matrimonio como castigo, una especie de pago mezquino a cambio de la felicidad plena que los novios tenían antes. Incluso podría llegar a creer que casarse es cometer un crimen, porque a partir de ese momento la esposa se convierte en una molestia que nunca se queda callada, que lo único que sabe es poner problemas, y el marido en un sicópata que sólo piensa en tener sexo a todas horas, tal vez como un remedio para que su mujer se calle.

Pocas secuencias tan dolorosas como la de la fiesta de matrimonio de Interiors (1978) cuando las tres hijas de Arthur deben observar a su padre casándose por segunda vez y dejando definitivamente a su madre con la ilusión de una reconciliación. La terrible desgracia de una de las películas más dolorosas de Woody Allen es que lo triste para ellas no es que su padre se vuelva a casar sino que esté feliz de hacerlo, pues sus propios matrimonios se han convertido en pequeños infiernos.

Woody Allen 5

No se sabe que es peor para un matrimonio, si seguimos fijándonos en el cine del neoyorquino. Si hay un romance extramatrimonial y no se cuenta, la desesperación y la culpa llenan cada minuto. Pero sí se dice la verdad, despiadadamente incluso, en medio de una reunión de amigos, parece que la boda hubiera sido entre dos sicópatas. El éxito del matrimonio dependerá del punto de la película en que se celebre. Si es al principio, nada que hacer. Veremos su decadencia durante el resto de la cinta aunque al final, por esas cosas de la vida, la ex mujer se convierte otra vez en una posibilidad romántica. Si el matrimonio se celebra al final, los novios pueden dormir tranquilos, pues se quedarán así en la historia. Pero si el matrimonio ocurre en la mitad de la película, habrá que tomar medidas, como encontrar a un amante, preferiblemente a dos, uno para cada quién. Ya lo decía Oscar Wilde: el matrimonio es una cadena tan pesada que a veces no bastan dos para cargarla.

ÚLTIMA LECCIÓN: CADA QUIÉN CARGA CON SU DESTINO AMOROSO
La realidad es un asco, la odio, la odio; pero ¿en qué otro sitio se puede encontrar un buen bistec para la cena?
Woody Allen

Woody Allen 6

Pocos apreciaron (bueno, aceptémoslo, pocos apreciamos) la propuesta de Allen en Melinda y Melinda (2004). Sin embargo, la idea de la película, hay que reconocerlo, era brillante. Porque significaba, ni más ni menos, que había dos maneras de vivir la vida, dos maneras de ver el mundo: como una comedia o como una tragedia. Podemos reírnos de que en medio del sexo la erección no sea todo lo sólida que quisiéramos, pensando que la próxima nos irá mejor, o podemos llorar y consultar al sicólogo y torturarnos en jornadas de sicoanálisis para que al final la culpa sea de nuestros padres. Lo que realmente importa, es esa decisión, saber si escogemos el camino de la sonrisa o el del puchero. Porque al final el amor, el sexo y todo lo demás, son sólo temas. Y como nos ha mostrado durante 40 años Woody Allen, los temas son los mismos. La manera de contarlos es la que vale.

 

“Sentía un curioso hormigueo por todo el cuerpo: estaba enamorado o tenía sífilis.
Virgil Starkwell en Take the money and run (1969)

Artículo publicado originalmente en el N°87 de la Revista Kinetoscopio

Being Don Draper

Wednesday, October 1, 2014 por Samuel Castro

Si hay algún mito que hace parte de la estructura profunda del “american way of life” que nos hayan querido vender durante años en el cine, la televisión y, por supuesto, la publicidad, es el del “self made man”, el hombre hecho a sí mismo, a pulso, que comenzando desde lo más bajo de la escala social consigue trepar hasta la cima gracias a una combinación de talento, creatividad y esfuerzo. Sobre ese mito descansa “el sueño americano”: no importa quién sea yo en mi país, si voy a Estados Unidos y lo hago bien, la vida me compensará.

En el año 2000, Matthew Weiner estaba viviendo su propio sueño. Tenía 35 años y trabajaba bajo contrato como escritor de planta de una sitcom más o menos exitosa (Becker), tenía tres hijos, unos ingresos estables y un trabajo por el que 100 personas estarían dispuestas a matar. Y sin embargo, no era feliz. ¿Qué era lo que pasaba? ¿Por qué no se sentía satisfecho con lo que había obtenido? Como dijo en una entrevista para la National Public Radio, “si esto es todo lo que ofrece la vida, podría ser una muy buena excusa para comportarme mal”.

Mad men 1

Mientras intentaba explicarse a sí mismo esa sensación de pesar y desasosiego en el alma, continuó su exitosa carrera de guionista televisivo escribiendo bajo la sombra y el consejo de David Chase, doce capítulos de The Sopranos. Al mismo tiempo volvió a revisar The horseshoe, un guión en el que trabajaba desde que había salido de la escuela de cine, donde intentaba explicar a través de la vida de un sólo hombre, muchos de los acontecimientos vividos por la generación de norteamericanos nacida después de la Gran Depresión. Seis años más tarde, cuando la gente del canal AMC se interesó en su propuesta de una serie sobre una agencia de publicidad y le preguntó por el resto de la historia, sobre quién era ese personaje que la protagonizaba y hacia dónde iba, Weiner volvió a hojear su guión inconcluso hasta llegar a la página en que lo había abandonado. Sólo había cuatro caracteres en ella: 1960.

Un hombre bajo la influencia

Un poco después de la mitad de la primera temporada de Mad Men entendemos por fin que Donald Draper, el seductor, varonil y siempre impecable director creativo de la pequeña agencia de publicidad Sterling-Cooper, ubicada como todas las empresas del negocio en la Avenida Madison de New York (de allí el maravilloso nombre de la serie), no siempre fue así de perfecto ni así de seguro. Es más, descubrimos que tampoco nació siendo Donald Draper. Y de repente aquella historia, su historia, se convierte en LA historia. ¿Cuándo uno se hace a sí mismo, no tiene que mentirse un poco para conseguirlo? Y si es así, ¿qué mejor lugar para que triunfe un buen mentiroso que una agencia de publicidad? ¿Es Estados Unidos, siguiendo ese razonamiento, una sociedad que está construida a partir de las mentiras en las que cree?

Mad men 2

Weiner, que en una entrevista para Rolling Stone afirmó que su libro favorito de todos los tiempos era El amor en los tiempos del cólera (¿no hay algo de Florentino Ariza en esa cualidad que tiene Draper de ser un donjuán que siempre se convierte en lo que su amante necesita y en la necesidad constante de tener nuevas conquistas?) logró con Mad Men justo lo que buscaba en aquel guión inconcluso de su juventud: contar las transformaciones de una sociedad a partir de unas cuantas historias. Ahí están, presentadas con el cuidadoso obsesivo por el vestuario y la ambientación, que le han valido la admiración de los fanáticos de las producciones de época, la melancolía de los cuentos de John Cheever y la soledad de las pinturas de Hopper; el surgimiento del rock, la consolidación del jazz y la importancia del cine (el refugio de Don cuando tiene un problema) y la televisión; las tensiones políticas, los conflictos raciales; la sensación de bienestar general bajo el gobierno de Kennedy y el pesimismo colectivo que supuso su asesinato. Todo afecta a los personajes de la agencia en la medida en que ésta es un reflejo de la cultura occidental: por eso en Sterling Cooper también aguantarán su propia “invasión inglesa”, se hará palpable en la suma de apellidos en la marquesina el ascenso de la clase media y se vivirá, como pasó en todo el continente, el cambio más importante de los últimas décadas: la revolución femenina.

Mad men 3

Mad women

Una de las mayores cualidades de Mad Men es que a pesar de tener un gran personaje central masculino, son las mujeres que rodean a Don los secundarios más atractivos de la historia. Sus vidas reflejan la metamorfosis de las mujeres norteamericanas en la segunda mitad del siglo XX. Peggy comienza como la secretaria de Draper y logra convertirse en una de las primeras escritoras de la industria. La hermosa Joan (con el amplio cuerpo que se consideraba deseable en los cincuentas), cuya sentido común es muy superior al de los muchachitos que trabajan a su lado, será  madre soltera a pesar del qué dirán y, por terribles casualidades de la vida terminará teniendo parte de las acciones de la agencia. Betty se divorciará de Don cuando por fin comprenda que no son la familia perfecta y rearmará su vida, pasando a ser mucho más que el adorno de su nuevo marido. Son ellas, aunque él no lo sepa o no quiera creerlo, las que realmente marcan los cambios en la existencia de Draper. Su perdición y su gloria.

Mad men 4

Porque de eso también nos habla Mad Men: de lo dura que puede ser la caída después de alcanzar la cima. En la última temporada vemos a Don bajo las órdenes de una persona que antes fue su subalterno y junto a él tenemos que preguntarnos en qué momento su vida se puso de cabeza, como en aquel cabezote animado, ya histórico, con el que comienza cada capítulo. ¿Cuándo fue que este mundo en el que teníamos algunas seguridades se convirtió en una interminable sucesión de preguntas? En cada temporada Matthew Weiner ha logrado inocular en sus personajes y en la audiencia, compuesta ya por fanáticos de todo el mundo, la misma inquietud que él tenía a los 35: ¿esto es todo? ¿Después de lo que hemos vivido, de recibir algún premio, de aprender alguna lección, de ser traicionados y traicionar, no hay nada que aplaque esta insatisfacción?

Mad men 5

Si hay alguna actividad dedicada a satisfacer los deseos de las personas y a crear nuevos deseos es la publicidad. Mad men se ha convertido en una de las series más importantes de esta edad dorada de la televisión al retratar ese universo donde la mentira es la norma, mientras narraba, sin prisa pero sin pausa, la metamorfosis de una sociedad que a partir de 1960 es otra. Tal vez no mejor ni peor, pero sí distinta. Y al mismo tiempo ha logrado ser memorable para millones de personas, al recordarnos que todos somos Donald Draper. Que estamos condenados a construir nuestra propia identidad, dejando a un lado lo que menos nos guste de nuestro pasado, para tratar de triunfar en un mundo donde cada vez hay menos certezas. Que esta vida es un constante intento de estar a la altura de nuestro ego. Un intento desesperado por ver el mundo desde la azotea y no lanzarnos.

Lloro por quererme

Thursday, August 15, 2013 por Samuel Castro

Todos nos acordamos de nuestra primera vez. La mía fue a los 12 años. Sólo yo estaba en casa cuando ocurrió. Frente a mí, sin que mis lágrimas la conmovieran, Winnie Cooper terminaba su noviazgo con Kevin Arnold en Los años maravillosos. El dolor por lo que estaba viendo era tan grande que el llanto se dio espontáneamente. De ahí en adelante, llorar frente al televisor se volvió costumbre. ¿Alf volvía a su planeta y dejaba a los Tanner? Lágrima inmediata. ¿El padre Pío Quinto fallecía frente a sus feligreses en San Tropel? Mi mamá y yo teníamos que compartir pañuelo. Y mejor no hablemos de mi cara roja y congestionada cuando murió Juliet en Lost.

The wonder years

Pero ¿por qué lloramos frente al televisor? Si sabemos que lo que vemos son mentiras bien contadas. Si incluso conocemos los nombres reales de los actores y nos reímos con los chismes sobre sus vidas que nos cuentan en E!. ¿Qué nos impulsa a ese lagrimeo incontrolable? Se me ocurre pensar que en este mundo despiadado que nos tocó en suerte, es muy incómodo llorar en público: cuando no hay un desconocido que se acerca a preguntarnos qué nos pasa, hay un compañero que nos mira con cara de vergüenza ajena, por tener que soportar a un adulto que llora. Si lloras te ven como a un bicho raro, incapaz de controlar sus emociones.

En cambio en casa, frente al brillo tibio del televisor, nadie nos juzga. Podemos sollozar tranquilos sin excusas y sin explicaciones. Podemos incluso buscar intencionalmente el llanto sintonizando, por ejemplo, Extreme makeover home edition, ese programa donde le regalan la casa de sus deseos a familias que lo merecen o que lo perdieron todo por alguna desgracia. ¿Lo conocen? Resulta imposible no llorar viéndolo. Es mejor aun que pelar cebollas. Y es que después de años de acompañar las horas de soledad con su voz distante y sus imágenes sorprendentes, el televisor se ha convertido en ese amigo que siempre está ahí, en el consejero de los momentos difíciles, en la bulla amable que nos ayuda a dormir después de un día agotador en la oficina.

Extreme makeover

Aquellos que no entienden por qué nos hace llorar una serie, una telenovela o un reality, son los mismos que no se conmueven cuando un amigo pierde su trabajo y que nunca dedicaron una serenata. Porque llorar frente al televisor es, finalmente, la forma moderna de desahogo que nos queda a los sentimentales de siempre, a aquellos que piensan en sus personajes favoritos como en amigos lejanos. A los que sabemos que en lugar de estar solos, es mejor estar mal acompañados.

Publicado originalmente en revista Únete #39 de noviembre de 2010

¿Por qué matamos a Betty si era tan buena muchacha?

Friday, June 7, 2013 por Samuel Castro

Cuando hace tres años un amigo me contó que estando de vacaciones en París (¡en París!) había perdido toda una mañana de su paseo, irremediablemente “enganchado” a la televisión de su cuarto con la versión local de Yo soy Betty, la fea, comprendí que la magia de esa historia no estaba en su reparto o en sus diálogos (mi amigo no entendía ni jota de francés), sino en la originalidad de la historia: la protagonista más fea que recordáramos triunfaba gracias a su cerebro en el medio donde la imagen es más importante: la moda. Aquella historia fue el punto máximo de lo que caracterizaba ya a la telenovela colombiana: alterar lo suficiente el esquema clásico del melodrama haciendo que pareciera algo nuevo.

Betty la fea

Hace treinta años las telenovelas eran iguales, lo único que cambiaba era el nombre de piedra preciosa de la protagonista: Esmeralda, Topacio, Rubí. México y Venezuela habían creado una industria televisiva que vendía sus productos a todo el continente y que hacía telenovelas como quien fabrica salchichas: igual sabor, igual tamaño. Pero como ocurrió con algunos movimientos cinematográficos importantes (el neorrealismo italiano, la “nueva ola” francesa), fueron las peculiares necesidades de producción y profesionalización del medio colombiano las que permitieron que aquí pasaran cosas distintas. Como nadie era dueño de los canales, sino de los espacios en ellos, las productoras tenían que competir entre sí con propuestas muy diversas para diferenciarse: algunas exploraban los misterios y coqueteaban con las tramas de terror en telenovelas como Los Cuervos o La abuela; otras exploraban los universos peculiares colombianos, especialmente el costeño, con Gallito Ramírez o Caballo viejo; o se adelantaban décadas a Glee combinando telenovela con musicales, como en Música maestro o en Quieta Margarita. Aquí no hacíamos salchichas sino platos a la carta donde todo era posible: que el protagonista fuera un cura de pueblo o que creáramos una telenovela infantil, con un monstruo que se llamaba Guri-Guri. Y tal vez porque vivíamos una época en que las noticias diarias ya nos contaban suficientes sufrimientos, se convirtió en un requisito que los personajes secundarios y las tramas estuvieran llenos de humor.

La hija del mariachi

En 1994 llegó Café, que tenía todo lo anterior (humor, mundo regional, música) y le añadía una heroína con carácter y una conspiración empresarial al asunto. Fue el boom. El mundo entero quería estas novelas distintas que no se parecían a ninguna. Vinieron Betty y Las Juanas y La hija del mariachi. Pero con la internacionalización, aparecieron demasiados actores con cuerpos de modelos, historias mafiosas (que al ser universales también se venden) en las que hay balas en vez de humor y empezamos a copiar libretos en vez de escribirlos. Hoy por desgracia, aquello que nos dio reconocimiento, la identidad de nuestros melodramas, peligra porque dejamos a un lado la risa y el riesgo creativo y nos creímos aquello de que sin tetas no hay paraíso.

Publicado originalmente en revista Únete #37 de septiembre de 2010

Guía de comportamiento en cine para mamás

Sunday, April 21, 2013 por Samuel Castro

Uno sabe que ya no es de “última generación” cuando empieza a indignarse: es la ley de la vida. Nos indignamos entonces con el equipo de sonido del carro de al lado, que hace retumbar el pavimento al ritmo de reguetón. Nos indignamos con los precios del agua en los restaurantes, pensando que es el colmo que no sea gratis. Y nos indignamos, claro, con los adolescentes que van a cine. No todos son unos bárbaros salvajes, por supuesto. Pero casi todos se comportan como si estuvieran en la casa frente a su televisor (seguro por eso nos patean cuando apoyan los pies en nuestra silla) Es la maldición del DVD: han olvidado la solemnidad que tenía hace unos años la sala en penumbras (¡y los viejos teatros!, los pobres chicos no tienen ni idea de lo bueno que era no tener que visitar un centro comercial para ver una película) Ya que el asunto es que se portan como en la casa, son las mamás (aunque estén en su mes, aunque las queramos tanto) quienes van a tener que educarlos antes de que los indignados derramemos una Coca Cola sobre sus hijos por el desespero.

Desde esta columna vamos a darles una mano y a compartir una guía práctica para que transformen a sus pequeños duendes en los angelitos que ustedes están seguras de haber criado, al menos en cine:

Crispetas

  • Compren maíz pira: como los niños de hoy no saben preparar crispetas (no sin un microondas a mano), creen que lo que cobran por un tarro está perfectamente bien. Mamás, hagan que entiendan que es un robo a mano armada, dándoles un puñado de maíz pira y diciéndoles lo que cuesta para que dejen de comer como náufragos, haciendo ruido durante media película. O hagan que se coman todas las crispetas (¡estos niños criados por Cartoon Network les dicen dizque “palomitas”!) a ver si dejan de regarlas por los pasillos.
  • Decomisen baterías: sólo una de cada 10.000 llamadas que se reciben en el mundo no puede esperar hora y media. Y es poco probable que sea un adolescente quien la reciba. Así que, por lo que más quieran, consigan que sus hijos apaguen o pongan en silencio o incineren sus celulares antes de entrar a una película. Y si sus ringtones son canciones de Wisin y Yandel o de Don Omar, donen los aparatos a una institución de caridad, donde seguramente serán usados para algo más que decir “Bien, aquí en cine, ¡en una película lentísima! De las que le gustan a mi papá”.

 ninjas del cine

  • Usen esparadrapo: yo supongo que son los audífonos que llevan colgados a toda hora los que consiguieron que los adolescentes pierdan el oído. Por eso han olvidado lo que significa susurrar y por eso tenemos que aguantarnos sus conversaciones a voz en cuello, durante los trailers, en medio del beso de los protagonistas, cuando está a punto de aparecer el asesino. Esto nos lleva a sus deberes, madres. Deben comprar una buena provisión de esparadrapo y sellarles la boca a sus hijos, para que miren cómo se hablan las personas bien educadas entre sí cuando ven una película.
  • Vayan a cine con ellos: el hecho de que sea un descanso para ustedes cuando ellos no están en casa no es justificación. Doce años sigue siendo una edad insuficiente para tomar decisiones responsables y ustedes estarán labrando su propio futuro si dejan que sus hijos vean La masacre de Texas en vez de Ratatouille.

Por lo demás, queridas mamás, simplemente les pedimos que hagan con sus hijos lo que las nuestras hicieron con nosotros. Acciones sencillas, como no permitir que coman con la boca abierta. Cosas simples, como lograr que los únicos monstruos en una sala de cine, estén en la pantalla.

Artículo publicado originalmente en revista ÚNETE #33 de mayo de 2010

Películas del 2010

Thursday, January 6, 2011 por Diana Ospina

Para complementar el gran trabajo hecho, sobre todo por Samuel, de recopilación de las mejores películas de la década, adjunto este video que contiene la bobadita de 270 cortos de películas estrenadas durante el 2010 organizadas en 6 minutos. Ahí les queda a los lectores ver cuántas se han visto o reconocen….

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Lo mejor de la década: 2008

Friday, December 24, 2010 por Samuel Castro

Mientras escribo esta nota, en la radio suenan efectos de sonido que imitan fuegos artificiales como fondo dramático de una locutora que está gritando “que viva diciembre” antes de darle paso a canciones que en Colombia se escuchan sólo en esta época y que tienen letras tan poéticas como “aguardiente pa’l chofer”. No sé si sea el ambiente adecuado para reflexionar sobre el cine, pero esos son los riesgos que impone el objetivo de terminar con esta selección de “lo mejor de la década” y no perder la apuesta que hicimos con Alejandro Martín. Antes de que sirvan la cena de Navidad, repasemos entonces lo que para mí fueron las mejores películas que se estrenaron en 2008.

Gran Torino: Para los adolescentes de hoy en día, Clint Eastwood es un nombre que no les dice nada. No saben quién es Harry el sucio (seguramente ya habrá alguien planeando el remake) y creen que las películas de vaqueros son una rara curiosidad. Por eso fue bueno que el maestro en que se ha convertido Eastwood sea capaz de seguir dando lecciones de buen cine, incluso bajo el disfraz de un viejo gruñón que descubre, al final de su vida, cuánto nos parecemos a personas que tienen otro color de piel

Låt den rätte komma in (Déjame entrar): ¿En qué momento las películas “de terror” se convirtieron en una sopa de sangre y gritos desenfrenados sin sentido? ¿Cuándo convertimos los sustos en un insulto a la inteligencia? La prueba de que no miento es que esta película sueca que cuenta una historia de niños y de personas que se alimentan de otras con una economía de recursos admirable, cause una conmoción en todo aquel que la ve.

The dark knight: En The big bang theory tienen razón: a veces pareciera que lo único que ha hecho Christian Bale por la figura de Batman es fingir la voz de su personaje para que parezca un cantante de metal. Por fortuna, detrás de él está un director como Christopher Nolan, capaz de crear una atmósfera y una historia que trasciende el mundo de los superhéroes y se convierte en una tragedia universal. Una tragedia con el toque realmente magistral de Heath Ledger que sin saberlo, estaba a punto de convertirse en el mejor actor de su generación.

WALL-E: Hay que esperar 39 minutos desde que comienza esta película para escuchar la primera palabra que pronuncia un ser humano. Lo mejor de todo es que nadie extraña los diálogos en esta obra bellísima, que recupera el sentido de las primeras historias de Disney, con un robot que nos conmueve más que Lassie y una moraleja ecológica que, como siempre pasa con Pixar, no parece ñoña.

Revolutionary road (Sólo un sueño): ¿Quién puede negar que uno de los aciertos de Titanic era la química absoluta que había entre sus protagonistas? En este drama intenso y desgarrador, Leonardo DiCaprio y Kate Winslet muestran cuánto han crecido como actores desde aquellos años y nos regalan unas actuaciones que no se borran de la memoria ni del alma.

Bueno. Esto fue el 2008. Y ya están a punto de servir la cena de navidad. Espero que aprovechen estas fiestas para ver algunas de estas grandes películas. Y para pensar cuáles pueden ser las elegidas de 2009. ¡Feliz Navidad de parte de ochoymedio para todos los amantes del cine!

Cine cero estrellas

Tuesday, September 14, 2010 por Samuel Castro

Ricardo Silva Romero, uno de los fundadores de www.ochoymedio.info, escritor de novelas como En orden de estatura y Autogol y uno de los críticos de cine más leídos de Colombia gracias a su columna de cada siete días en la revista Semana, hizo antier  algo increíble, por lo menos para el contexto colombiano: le puso 0 estrellas a una película. Estaba escribiendo sobre Una loca película de vampiros, título que le dieron acá a Vampire suck, esa terrible porquería que pretende parodiar la moda de los chupasangres cinematográficos que se ha dado en los últimos años, haciendo chistes malos sobre Crepúsculo.

Alguien dirá que no era necesario que el espacio de Semana sea utilizado para hablar de una película como esa. Pero como el mismo Ricardo lo dice en su reseña, es la cartelera colombiana la que empuja a esa situación. Si en Bogotá se estrenan 2 películas una semana (¡2 películas!, casi podría jurar que deben tener más estrenos en las salas de Pyongyang) con seguridad una de ellas está destinada a los adolescentes y la otra… la otra también. Esta vez tuvimos que escoger entre la de vampiros y Sin tetas no hay paraíso, la versión cinematográfica de la novela de Gustavo Bolívar. Como ven, ¡cine del que no le recomendarías ni a tu peor enemigo! Por eso Ricardo y todos nos indignamos y las 0 estrellas son más que necesarias.

Cero estrellas significan que no hay nada que resaltar sobre una película. Que ni siquiera en los componentes técnicos funciona bien; que no hay una escena de acción memorable, que los chistes son realmente malos; que los efectos especiales son pobres, que carece de historia, que no nos acordaremos jamás de ningún actor. Y ese es el cine que nos están entregando los distribuidores, porque parece que en cierto momento decidieron que era mejor no tomar riesgos y sólo hacer cine para descerebrados No pasa en Colombia únicamente, por supuesto. En España dan Predators y Como perros y gatos (aquí también), en Estados Unidos tiene buena taquilla una cosa como Takers. Pero en esos países aquellos títulos no son TODO el cine, sólo una parte (como debe ser)

Hace unos días conocí al representante de una distribuidora y hablamos del asunto. Me decía frente a mi crítica, que lo sentía, pero que hoy el asunto era de dinero, que no se podían arriesgar a traer películas que no recuperaban la inversión. El argumento suena lógico en un principio pero no es necesariamente cierto. Con ese pensamiento, nunca se hubieran vendido vinos en Colombia. Siempre hubo vinos en las estanterías de nuestros supermercados (vinos muy malos, cosas terribles), pero el proceso de que los compradores se animaran a tomar vino duró años, enseñándole a la gente que aquel era un trago que había que saber probar, formando un público, jugando a pérdida. Es así de simple: el público necesita que hagan un esfuerzo por él. La mayor parte de la gente entra a la película que estén dando cinco minutos después de llegar a la taquilla. Y si hubo un poquito de mercadeo y de publicidad cualquier película (las malas, pero también las buenas) le parecerá interesante. Es más, a los distribuidores les conviene. Porque cuando los televisores tengan 3D y los distribuidores piratas sean capaces de copiarlo, ¿cuál será la gracia de ir a cine? ¿Qué tendrán ellos distinto para ofrecer si en las esquinas se van a encontrar las mismas películas de cartelera? Deberán entonces jugársela por títulos diferentes, pero entonces será ya muy tarde, porque todos los espectadores colombianos se habrán acostumbrado a lo peorcito y no tendrán paladar para nada más. Serán visitantes asiduos de un hotel cero estrellas.

El maravilloso mundo de Disney

Friday, September 10, 2010 por Samuel Castro

El asunto pasó desapercibido para muchos medios en español, porque en general las noticias a las que le dan importancia nuestros noticieros con relación al cine, es al lanzamiento de cosas como Resident evil 4 y demás estropicios cinematográficos. Pero tenemos que resaltarlo. Disney se convirtió, gracias a Toy story 3 en el primer estudio en la historia del cine en lanzar el mismo año dos películas que hicieron más de 1000 millones de dólares (eso para los gringos, que cuentan en pulgadas y en pies, es un billón de verdes) en taquilla. Lo paradójico (¡qué sería de la vida sin ironía!) es que los directos responsables de los excelentes resultados para el estudio del ratón, son las ovejas negras más ilustres de Disney: Pixar y Tim Burton.

Ya pasaron los años en que Disney quiso hacerle una jugada sucia a Pixar, con la letra menuda de un contrato que interpretaban a su manera. En la actualidad, el pequeño estudio que despreciaban por no hacer las cosas “como debían” es quien impulsa los logros de la compañía y, gracias al acuerdo de compra que les permitió adquirir a los de la lamparita, John Lasseter (en su momento también vilipendiado por los seguidores del Pato Donald) es hoy uno de los jefes en Disney y el hombre que ordenó contra todo pronóstico, volver a hacer películas en 2D porque claro, como dice él, lo importante es la historia. Este año su creación más importante, la pareja que forman Woody y Buzz (que cuando nacieron simbolizaban el viejo y el nuevo mundo del cine), demostró que es uno de los equipos más admirados por los espectadores de todo el mundo.

Por el otro lado está Tim Burton, aquel animador loco con el que nadie sabía qué hacer en Disney, al que tuvieron que echar después de que hiciera un corto de un niño que resucitaba a su perro de entre los muertos. Hoy, con un prestigio ganado a punta de convertir en imágenes inolvidables sus pesadillas (mentiras, conociendo a Tim Burton esos deben ser sus sueños felices) y con una pieza muy menor en cuanto a calidad como Alice in wonderland, Burton se da el lujo de ser la otra estrella de la compañía.

Algo pasa en Disney, pues son sus hijos pródigos los que están llenando la caja. ¿En qué momento dejaron de identificar el talento? Por fortuna para el estudio la suerte los sigue acompañando y sus hijos pródigos vuelven a la casa que los vio nacer, para que el castillo de la princesa siga brillando. Ya se deben estar frotando las manos, anticipando el éxito de la cuarta parte de Piratas del Caribe, aquella película basada… ¡en una atracción de sus parques que estuvieron a punto de demoler!

Ochoymedio llega ahora a los lectores de Paperblog

Thursday, September 9, 2010 por Samuel Castro

Valido la inscripción de este blog al servicio Paperblog bajo el seudónimo ochoymedio

Este es el texto obligatorio que funciona como requisito para que a partir de mañana, el blog de ochoymedio haga parte de los contenidos de Paperblog, un portal de selección de contenidos de blogs en español que permitirá que más lectores en Iberoamérica nos conozcan, nos lean y comenten con nosotros acerca de lo que más nos gusta: el cine.