volver a ochoymedio.info

Archivo para la categoría 'Directores'

Un clásico de juguete

Monday, September 24, 2012 por Samuel Castro

Hace unos años, en la Revista Kinetoscopio escogimos las películas esenciales para nosotros como cinéfilos. Este es el texto que escribí, sobre una cinta inolvidable: Toy Story

La anécdota es ya uno de esos mitos del mundo del cine que se enriquecen con detalles cada vez que se cuentan, como la obsesión por las rubias de Hitchcok o los percances en la filmación de Apocalypse now (1979). Varios de los más importantes ejecutivos de Disney acaban de dejar la sala donde les han relatado el argumento, escena por escena recreadas con dibujos en papel, de la próxima película que pretende estrenar el estudio Pixar, utilizando la marca de Walt como sombrilla. Acaban de salir y aún no se reponen de la impresión. La película es un asco. Está llena de bromas crueles, de chistes violentos, de un humor negro que provoca angustia más que risa. Alguien pregunta: “¿Qué pasó?” y la voz de otro más sincero contesta: “Hicieron lo que les dijimos”. Muchas sugerencias. Demasiados consejos acerca de “lo que gustaba al público” por parte del gran estudio que la gente de Pixar, inexperta, había asumido como órdenes. El fracaso estaba a la vuelta de la esquina.

Y aquí viene la parte de la historia que la convierte en leyenda. John Lasseter, enfundado en su eterna camisa de motivos hawaianos, sale a pedirles a esos mismos ejecutivos que le den dos semanas, que en dos semanas van a tener una historia que les guste y que permita que todos esos animadores que ya han contratado, puedan comenzar a trabajar. Probablemente aceptaron por la cara de angustia que vieron en el animador californiano y porque no tenían nada que perder  (¿qué posibilidades había de que arreglaran aquel desastre?), sin saber que ese mismo tipo, en menos de 20 años se convertiría en el jefe creativo de los estudios Disney.

Toy story (1995), que muchos reconocemos como un clásico del cine, se creó en quince días. En esas dos semanas, Joe Ranft, (que después sería co-director de Cars), Andrew Stanton (director de Finding Nemo y de WALL-E) y Pete Docter (director de Monsters Inc. y de Up) junto al mismo Lasseter, dibujaron y escribieron una historia donde desaparecía todo el sarcasmo que habían incluido y los dos protagonistas convertían la trama en una típica buddy movie, ese subgénero cinematográfico en el que dos personajes muy distintos entre sí deben convertirse a la fuerza en compañeros y enfrentar juntos una serie de peripecias. En vez de hacerle caso a los manuales de instrucciones decidieron hacer justo lo que ellos creían que era lo correcto: que no hubiera realmente “villanos”, que las canciones se redujeran al máximo posible, que todos los personajes hablaran, pensaran y se comportaran como adultos (con excepción, por supuesto, de los niños). Y la fórmula funcionó. Toy story consiguió la financiación necesaria y se convirtió en el primer largometraje diseñado enteramente por computador de la historia del cine. Pero más que eso (que podría haber sido una casualidad cronológica) gracias a la calidad de su historia, al manejo del humor y a la frescura de sus personajes, Toy story fue la película que volvió a reconciliar a los adultos con la animación, que mostró que se podían hacer películas “familiares” que no fueran estúpidas y que convirtió a Pixar en una de las marcas más respetadas, admiradas y reconocidas en el mundo del cine.

Una de vaqueros y una del espacio

A veces olvidamos lo deliciosamente anacrónica que es Toy story. ¿Realmente cuántos niños jugaban con vaqueros de juguete en los años noventa? Pero ese era un detalle en el que no reparamos (siempre pasa con las buenas historias) porque estábamos maravillados con ese mundo que se despertaba cuando nadie estaba viendo. Casi todos los adultos que acompañaron a sus hijos a las salas de cine en 1995 se encontraron recordando con nostalgia sus propios juguetes: el hombre forzudo, los soldados de plástico, la alcancía de cochinito, el tablero mágico, el Señor Cara de Papa. Ese fue el astuto anzuelo que Pixar le lanzó al público para que se identificara con la historia del juguete preferido que es desplazado por uno más bonito y más moderno, y que tras muchas peripecias se ve trabajando en equipo con el otro para enfrentar ese peligroso mundo exterior y lograr volver a casa, sanos y salvos. Era una situación que todos podían entender: por un lado casi cualquiera ha sentido alguna vez que alguien nuevo llega a deslumbrar y a quitarlo del centro de atención; por otro, todos sabemos que un amigo te salva de morir en tu primer día de colegio, que un amigo hace que la oficina nueva no sea tan despiadada. Por eso, por lograr contarnos una historia universal vestida con el ropaje asombroso de una clase de animación que nunca habíamos visto y que se parecía tanto a la vida real, Toy story le llegó al alma a millones de personas.

Como ocurre con las grandes películas, ¡hay tanto cine en Toy story! Un amor por la historia del séptimo arte estadounidense que se va haciendo evidente conforme pasan los minutos Todo es más claro cuando sabemos que en principio, Lasseter y compañía quisieron que las voces de sus personajes principales, el vaquero Woody y Buzz Lightyear fueran las de Paul Newman y Jim Carrey. Su idea era mostrar cómo el “viejo” Hollywood iba siendo desplazado por esas “nuevas” estrellas, que estaban transformando el negocio.

Por eso Toy story comienza siendo un western (que narra en sus juegos Andy, mientras usa a sus juguetes para armar la fantasía), se convierte en una película de guerra (con la ya antológica secuencia de los soldados de plástico en su operación para averiguar cuáles eran los regalos de Andy por su fiesta de cumpleaños), pasa por la ciencia-ficción (con los marcianitos mirando asombrados al cielo donde los iba a recoger la nave madre), se transforma en una película de terror (en las escenas donde intervienen los “monstruos” que ha creado Sid, el niño “malo” vecino de Andy, que ha cambiado cabezas de lugar y ha destripado a todos sus muñecos), y termina en una persecución digna de cualquier filme de acción. Todos los géneros en uno, como desafiando a cualquiera que se atreviera a decir que la animación era un juego de niños. Y por si eso fuera poco, los reemplazos en las voces (Tom Hanks y Tim Allen) haciendo un trabajo sobresaliente en su tarea de darle vida a los diálogos de esa comedia de enredos que se producía por la creencia de Buzz Lightyear de ser realmente un integrante de la Patrulla Espacial. ¿Qué niño no sabe hoy a qué personaje nos referimos cuando escucha la frase “Al infinito y más allá”? ¿No forma parte de las sentencias mejor dichas del cine la de Woody desesperado gritándole a Buzz “¡You are a toy!”? Eso es lo que hacen los clásicos: se instalan en nuestra memoria y se convierten en parte de los referentes que tenemos para entender el mundo.

Durante los siguientes años hubo muchas personas que creyeron que el mérito de Toy story estaba en la técnica y por eso nos llenamos de cintas animadas con historias tontas y predecibles que nada nos decían. Por fortuna, haciendo honor a su pieza fundacional, siempre estuvo Pixar para recordarnos que hoy y siempre, en 3D o en dibujos a lápiz, el asombro y la magia provienen de las buenas historias.

Publicado originalmente en la Revista Kinetoscopio N°90

Oscar 2012: hagan sus apuestas, señoras y señores

Sunday, February 26, 2012 por Samuel Castro

Hoy es la ceremonia del Oscar. Ya ustedes saben, porque pasa lo mismo cada año. Si me llaman los despacharé muy rápido y si insisten seré incluso grosero. Sólo acepto otras apuestas por los resultados. Y aunque en 2012 pareciera todo cocinado, al final siempre hay una sorpresa o dos que hacen que valga la pena ver la transmisión, sobre todo porque este año vuelve Billy Cristal (y mañana todos dirán que no estuvo a la altura y que la Academia debe renovarse, y propondrán a Rocky Gervais en lo que yo llamo la “indignación cíclica”) y repite, una década después, el Circo del Sol. Apostemos entonces, y como queda por escrito, no hay trampas de último minuto que valgan. Vamos a ver si logro un mejor resultado que el año pasado.

MEJOR CORTO DE ACCIÓN REAL
The shore
La historia de dos amigos que viven un malentendido durante 25 años. Cirian Hinds, ese señor actor, siempre escondido de los reflectores, le da a la historia un peso dramático que maravilla.

MEJOR CORTO ANIMADO
La luna
Este año Pixar no clasificó en la categoría de largo animado por el corto vuelo de uno de sus films más flojos, Cars 2. Pero este cortometraje, preciosista, puede ser la compensación. La otra que podría ganar es The fantastic flying books of Mr. Morris Lessmore pero a mí no me convenció.
 
MEJOR CORTO DOCUMENTAL
The tsunami and the cherry blossom
No se ha hecho todavía un documental de categoría sobre el tsunami pero este corto logra emocionar con imágenes impactantes del desastre y un conmovedor relato como le gusta a la Academia: lleno de esperanza.

MEJOR DOCUMENTAL
Pina
Un documental en 3D. Y además filmado por un reconocido director extranjero. Y a eso agréguenle que es sobre danza y una de las más importantes coreógrafas de la historia. Muchos motivos para ganar en un año que no parece el apropiado para volver a entristecerse con la triste realidad del mundo.

MEJOR PELÍCULA EXTRANJERA
Jodaeiye nader az simin (A separation)
Además de ser la oportunidad de recordarle a Washington que en Hollywood piensan “distinto” premiando una película iraní, la verdad es que esta cinta ha arrasado dondequiera que va, lo que dejaría muy mal parada a la Academia si no vota por ella.

MEJOR PELÍCULA ANIMADA
Rango
Entre una categoría huérfana de la película que debió ganar, que por supuesto era Tintín, sobresale este homenaje al western protagonizado en la voz por ese verdadero camaleón de la actuación que es Johnny Depp

MEJORES EFECTOS VISUALES
Hugo
En general estas son las categorías donde los tanques taquilleros de robots del espacio tienen oportunidad, pero este año los miembros de la Academia tienen la oportunidad de premiar a una gran película. Los transformers también lloran.

MEJOR EDICIÓN DE SONIDO
War horse
Un caballo que corre en medio de las trincheras es algo que se dice fácil pero que cuesta mucho trabajo. Y de alguna manera habría que compensar este gran título de Spielberg que no tuvo la suerte que él esperaba.

MEJOR MEZCLA DE SONIDO
Hugo
Véanse las mismas razones que escribí dos categorías más arriba.

MEJOR CANCIÓN ORIGINAL
“Man or muppet” de The muppets
Puede que a todos les guste la música brasilera y por una especie de solidaridad latinoamericana queramos que ganen Sergio Mendes y Carlinhos Brown, pero creo que a la Academia le producen más nostalgia la Rana René y Miss Piggy.

MEJOR PARTITURA PARA UNA PELÍCULA
Ludovic Bource por The Artist
The Artist le debe la mitad de su fuerza a esta partitura elegante y apropiada, que le imprime la emoción justa a cada escena. Si hay un Oscar que de verdad merezca The Artist, es éste.

MEJOR MAQUILLAJE
Albert Nobbs
Es probable que este Oscar sea la única consolación que tenga la cinta dirigida por Rodrigo García que, supongo, es Colombia en el Oscar. Debería ganar Harry Potter, pero no sé por qué la Academia no aprecia mucho a esta franquicia inglesa.

MEJOR VESTUARIO
Sandy Powell por Hugo
La van a odiar, porque cada vez que gana un Oscar (lleva 3) da un discurso pretencioso y engreído. Pero es también una maestra en su trabajo y en Hugo recreó los disfraces de las películas mudas de Méliès.

MEJOR DIRECCIÓN DE ARTE
Dante Ferreti y Francesca Lo Schiavo por Hugo
Podría ganar también Midnight in Paris, pero lo que hacen con la estación de Montparnasse estos dos grandes profesionales, es excepcional

MEJOR EDICIÓN
Thelma Schoonmaker por Hugo
Yo se lo daría a los editores de Girl with dragon tattoo pero con Hugo pasa que el impulso de sus muchas nominaciones le da un impacto adicional. Y dárselo a Thelma Schoonmaker es reconocer el trabajo de una de las mejores editoras de la historia del cine.

MEJOR FOTOGRAFÍA
Emmanuel Lubezki por The tree of life
Esta será la única estatuilla que se lleve The tree of life porque las imágenes que logra el “Chivo” Lubezki son la poesía que sostiene la película frente a nuestros ojos. 
 
MEJOR GUIÓN ADAPTADO
Alexander Payne, Nat Faxon y Jim Rash por The descendants
Si algo tiene bonito The descendants es la sensibilidad y la piedad por sus personajes de su guion, la marca de fábrica del hombre que creó Sideways

MEJOR GUIÓN ORIGINAL
Woody Allen por Midnight in Paris
La ceremonia necesita acortarse cada año. Y si además de hacer justicia se pueden ahorrar algunos minutos con la segura ausencia del neoyorquino… Aquí la pregunta es cuál de los presentadores lo recibirá en su nombre.

MEJOR DIRECTOR
Martin Scorsese por Hugo
Sé que me estoy apartando de las predicciones. Pero la única manera de ganar las apuestas es no ir siempre por lo seguro. Y creo que la Academia adora la oportunidad de premiar al director vivo más importante del planeta, sobre la de destacar a un desconocido francés. Es su fiesta, ¿no?

MEJOR ACTRIZ DE REPARTO
Octavia Spencer por The help
Apuesta fija. Además de ser políticamente correcto, es justo.

MEJOR ACTOR DE REPARTO
Christopher Plummer por Beginners
¡Qué maravilloso será ver al Capitán Von Trapp recibiendo el Oscar casi medio siglo después de su participación en La novicia rebelde

MEJOR ACTRIZ PRINCIPAL
Viola Davis por The help
A este sí le tengo pereza. En un mundo justo se lo llevaría Rooney Mara, o incluso Meryl Streep, como en una pelea que se gana por puntos. Pero la Academia va a aprovechar para hacer “una moñona histórica” premiando a dos actrices negras, en una película donde las mujeres son el mayor encanto.

MEJOR ACTOR PRINCIPAL
Jean Dujardin por The Artist
La Academia no se va a perder la oportunidad de que el francés baile un par de pasos de claqué antes de recibir la estatuilla de manos de Natalie Portman. Y aunque Clooney es muy popular, cada cierto número de años los Oscar se sienten felices de convertir en estrella a un desconocido actor internacional.

MEJOR PELÍCULA
Hugo
Ya sé que voy contra las apuestas. Pero pienso que Hugo, una película norteamericana dirigida por Scorsese que rinde homenaje a un cineasta francés, es un voto más lógico para la Academia (una mayoría de hombres blancos mayores de 60 años) que una película francesa que rinde homenaje a Hollywood.

Listo el asunto. Como siempre digo, vamos a ver si mis presentimientos funcionan y lo más importante, vamos a usar la apuesta para divertirnos con el show que algunos esperamos todo el año.

Lo mejor del año que se fue

Monday, February 20, 2012 por Samuel Castro

Las tradiciones, cuando tienen lógica, es mejor conservarlas. Y aunque todos ya tenemos en la cabeza que el Oscar es el próximo fin de semana y lo que queremos es hacer nuestras apuestas (que llegarán, se los prometo) para ver qué tanto nos equivocamos, no podía dejar de hacer este listado, siempre marcado por la falta de sincronía colombiana con los estrenos que de verdad importan, para que repasemos juntos las mejores imágenes e historias que vi en 2011. Como siempre aclaro, este post no es un “lo mejor del año” tradicional, hecho sólo de cine o de estrenos. Es también una invitación a que nos movamos a ese reino de la historia en que se ha convertido la televisión norteamericana o a que repasemos algún clásico vuelto a ver en TCM o en el cine club del maestro y amigo Juan Carlos González en la Universidad EAFIT. Incluso hay cierta contención en la lista, pues no puse en ella series de las que ya he hablado en este blog o en este post tradicional, que yo sigo viendo y que siguen haciendo capítulos memorables: House M.D., Dexter, Grey’s Anatomy. A lo mejor se me pasó algo y ustedes me lo recuerdan en los comentarios o a lo mejor descubren alguna cosa que les interesa.

Vientos de agua: La vi a comienzos del año pasado, antes de que a la Cuevana que funcionaba de maravilla le diera por ser una web mediática y ponerse en la mira de los cazadores. Es sobre un español que se vino a América en barco en busca de un futuro mejor y su nieto, argentino, décadas después, que se devuelve a Europa en avión en busca de un presente menos terrible. Todo contado en paralelo, con actores maravillosos y bajo la supervisión de Juan José Campanella. “Fue lo mejor que hice”, alcanzó a decirle al crítico que lo entrevistó en el Festival de Santafé de Antioquia.

Inside job: Parece mentira que haya pasado tanto tiempo, pero este documental que desnuda nuevamente, como en el cuento, al emperador, o al imperio en este caso, lo pudimos ver apenas a comienzos de 2011. Y parecería que han pasado siglos desde aquello, pero no; hoy seguimos condenados, por los hechos que relata esta película de terror en envase equivocado, a repetir la crisis y probablemente a profundizarla. Y Atenas en llamas.

Psycho: Gracias al especial que hizo la Revista Kinetoscopio sobre la obra de Hitchcock, tuve que volver a ver, a una mejor edad para disfrutarla, esta maravilla. Cada plano es perfecto. Cada sombra que resalta con su oscuridad algún aspecto del cuadro, hace que todos, callados, nos veamos en la obligación de cerrar los ojos y admirar con respeto el genio del director inglés. Maestro.

You don’t know Jack: ¿Por qué habrá todavía personas que creen que las “películas para televisión” son la expresión correcta para designar las malas películas. Las películas para televisión, cuando las hace HBO y las actúan personas como Al Pacino, Susan Sarandon y John Goodman, son cosas como ésta: crónicas hermosas sobre un personaje único, que se ganó a pulso aquel sobrenombre de “Doctor Muerte.

Carancho: Que la salud está podrida en Latinoamérica es algo que podemos comprobar todos los días cuando asistimos a un servicio de urgencias. Pero que Pablo Trapero tome el tema y sea capaz, junto con la prodigiosa actuación de Ricardo Darín, de hacer un film noir latino, demuestra que nuestro cine, el que habla español, no debe temerle a ningún género cuando detrás de la cámara hay gente que realmente sabe lo que quiere.

The treasure of Sierra Madre: La mejor película que vi del cine-club de Eafit, lo que no quiere decir que sea la mejor que hayan pasado en él, porque no pude asistir a todas las citas con el buen cine. Una historia escrita con desencanto, donde ese Dobbs que compuso Humphrey Bogart, se parece desde tanto al Gollum de El señor de los anillos de Peter Jackson que da miedo.

Crazy, stupid love: Es una maravilla cuando uno va sin expectativas a ver una película y se encuentra con una pequeña delicia como esta comedia romántica multiusos, la mejor entre las que trajo la propuesta comercial en 2011. Divertida, bien escrita, con situaciones realmente graciosas y con una pareja cómica buenísima conformada por Ryan Gosling y Steve Carrell. Si a eso le añadimos Emma Stone, Julianne Moore y Marisa Tomei, estamos hablando de una de esas cintas que, con los años, crecerá en la memoria. 

Downton Abbey: Después de leer en Arcadia que Carolina Sanín no entiende realmente esta serie aunque ella piense que sí, debería salir a defenderla, contándoles cuál es el encanto de una historia que se desarrolla por los años de la Primera Guerra Mundial y que nos va paseando por las vidas de los aristócratas habitantes de un gran palacio y sus criados, continuando (porque son del mismo guionista) con aquello que no pudo hacer del todo bien Robert Altman en Gosford Park. Debería, pero no. Basta con que la vean un par de episodios para que se enamoren al instante de esta serie de la BBC.

Jane Eyre: Para todos aquellos jóvenes que no han visto las versiones anteriores, ésta, con un trabajo de fotografía admirable, que nos hace creer en la primera mitad que vemos un relato de misterio, para luego atropellarnos con una historia romántica como pocas, esta versión es la posibilidad de acercarse a un clásico, traducido a un lenguaje actual sin perderle el respeto a la fuente. Una gran versión.

Super 8: Vivimos una época nostálgica. Recordamos con afecto aquellas canciones de los ochenta que hasta hace algunos años nos parecían ridículas, tal vez porque nos vamos dando cuenta del encanto de aquella ingenuidad. Con el mismo espíritu de búsqueda del tiempo perdido, esta película inteligente protagonizada por niños brillantes y por la hermosísima Elle Fanning, tan talentosa como su hermana pero más bella, nos acerca a aquellos años en que los efectos especiales todavía eran como actos de magia.

Midnight in Paris: Hacer un gran guion (que seguro ganará el Oscar) basado en una idea simple (nunca estamos contentos con el tiempo que nos tocó vivir) pero no tan explorada como otras, para convertirlo en un cuento de hadas moderno. Ese es el encanto único de esta película que ocurre en una de las ciudades más hermosas del planeta, que Woody Allen, enamorado de ella, muestra mejor que muchos directores franceses.

The help: ¡Tantos críticos amargados, de esos que sólo creen que es buen cine aquello que pueden ver muy poquitos, que atacan esta película porque supuestamente es más de lo mismo! Sí, puede que se le note lo que está hecha para ganar premios, pero no se le puede negar ni la producción perfecta, ni el hecho de jugársela del todo por verdaderas actrices (Emma Stone, Jessica Chastain, Viola Davis, Octavia Spencer) que logran que creamos una fábula de época. ¿Ligera? ¡Qué importa si funciona! Y funciona tan bien que cuando acaba no nos dimos cuenta de su duración. Eso también es virtud del buen cine.

Harry: un amigo que te quiere bien

Saturday, July 30, 2011 por Samuel Castro

Cuando terminó la segunda parte de Harry Potter y las reliquias de la muerte una muchachita (la cédula todavía sin estrenar) que estaba a mi lado, dijo: bueno, ahora sí se acabó la infancia. No era para menos. La comprendo. Desde que es un ser pensante, durante más de una década, ha tenido la presencia de los libros y las películas del joven hechicero en su vida, Harry Potter ha sido uno de sus más cercanos amigos y la partida de un amigo le duele a cualquiera.

 

Hay, sin embargo, un problema en los medios de comunicación más grandes de Colombia (y supongo que en otros territorios) para poder reflejar en sus páginas, en sus espacios radiales o en sus notas televisivas, la verdadera trascendencia del fenómeno de Harry Potter y ofrecer a miles de jóvenes como la del primer párrafo, información y opiniones interesantes para ellos. Muchas de las personas que analizan la saga (periodistas culturales, críticos de cine, analistas políticos inclusive, porque así son los medios acá) nunca han leído los libros, un poco por desprecio, un poco por prejuicio, otro poco por pereza. Y al no hacerlo, así sea por celo profesional, pierden autoridad frente a gran parte del público para el que están trabajando.

 

Yo descubrí los libros de Harry Potter mientras trabajaba en un supermercado hace más de doce años, cuando aún no habían salido las películas y a escondidas de mis supervisores leía en los espacios entre un cliente y otro. Me atrajeron los nombres de los libros y el hecho de que hubiera novelas de extensión considerable vendiéndose junto a las chocolatinas y los chicles. Y me convertí, como sólo me había ocurrido con la música de Fito Páez, en un fan. No perdía oportunidad de recomendarle a quien me quisiera escuchar esos relatos atrapantes y perfectamente construidos por un autor que ni siquiera sabía que era mujer (todavía uno no consultaba en Google). Supongo yo, a pesar de lo que pueda decir Harold Bloom, que la emoción que uno siente leyendo a Harry debe ser comparable con la que sentían los obreros ingleses cuando leían las novelas por entregas de Charles Dickens: un algo que genera identificación (ya sea el sentirse distinto, el no saber qué cualidades heredamos de nuestros papás, el miedo ante lo nuevo, el anhelo por trascender en lo que hacemos) sumado a una historia atrapante y a una narración capaz de crear con detalle un universo.

 

Por eso la mayor parte de lo que leo, oigo o escucho sobre Harry Potter me parece tremendamente fuera de foco, inclusive cuando viene de personas (algunas, amigos) cuyas opiniones normalmente respeto. Si uno de ellos se queja de que la séptima película de la saga es muy lenta para lo que se supone que debe ser un gran blockbuster, refunfuño en silencio porque si quien lo dice hubiera leído el libro entendería que es tal vez la mejor de las adaptaciones a cargo de David Yates; si otro opina que de esta saga no se podía esperar profundidad en los personajes, la rabia es mayor, porque si algo ha hecho bien J.K. Rowling es lograr que Hermione, Harry, Ron, Voldemort o Snape sean mucho más que caricaturas. Que el cine tenga que centrarse más en las acciones que en retratarnos el alma de sus criaturas, por simples cuestiones de formato, no es excusa para que extendamos nuestras opiniones sobre una historia que no conocemos, y de paso ofendamos a los que sí.

 

Advierto entonces que mi balance, no es estrictamente cinematográfico; que hablo teniendo en mente las horas disfrutadas sumergido en la lectura de las novelas y la profunda admiración por todo aquello que tenga que ver con Hogwarts. Y el resultado del balance, por fortuna, tiene muchas más cosas positivas que negativas. Desde el comienzo, el esfuerzo de Warner (supongo que algo obligados por el contrato con la autora) por ser fieles a los detalles, se notó en la producción y en intentar que todos los actores de la película fueran británicos. El casting puede ser uno de los mejores que haya tenido nunca una súper producción: Emma Watson, Daniel Radcliffe y Rupert Grint fueron hasta el final, las encarnaciones perfectas de los personajes principales. Aun cuando hubo un par de desaciertos importantes (que los profesores sean como 10 años mayores de lo que debían ser por la lógica de los libros, que Gary Oldman fuera una pésima decisión para estar en los zapatos de Sirius Black por su presencia física) en general lo que uno veía en la pantalla se correspondía muy bien con lo que había leído.

 

Tal vez hubiera sido mejor si a partir del quinto libro, Warner hubiera tomado la misma decisión que tomó con el séptimo y hubiera partido las películas en dos partes, por la extensión de las novelas y para que David Yates, el peor de los directores de la saga en el balance (la quinta es la película más lamentable) adquiriera “cancha” más rápido. De la misma manera resulta incomprensible que Alfonso Cuarón, el que mejor hizo las cosas (logrando una combinación perfecta entre SU estilo y las exigencias del mundo de Rowling) en El prisionero de Azkabán no volviera a trabajar para la saga. Su ausencia se suma a otras cosas lamentables, como la muerte de Richard Harris, el perfecto Dumbledore, o el recorte de personajes entrañables y escenas memorables, que a los que leímos la novela, nos dolieron como puñaladas.

 

Pero en general lo lograron. Uno salía de cada nueva entrega con la felicidad enorme de ver en imágenes reales algunos de los párrafos que más lo habían conmovido y pensando con anticipación cómo harían tal o cuál capítulo. Algunos hasta se animaron a leer las novelas gracias a lo mucho que les gustó la película. Por eso duele que ya no vaya a existir otra noche de estreno y que por unos años (seguramente en unos cuántos harán miniseries para la BBC) no haya más hechizos en nuestra vida. La magia ha terminado y Harry, el amigo de tantas horas, debe despedirse. Puede que el fenómeno de taquilla no exista más. Pero un nuevo personaje inmortal, ha terminado de instalarse en la memoria de millones de personas en el mundo, que lo identificarán para siempre, con una parte de sus vidas.

No se habla español en Asgard

Sunday, May 8, 2011 por Samuel Castro

Hace un par de años, estaba en una finca con mi novia y unos amigos. No recuerdo qué película era la que íbamos a ver pero yo me demoré un rato largo en el menú del DVD porque quería buscar la opción de idioma original. Luego comenzamos otra película y Jorge, uno de los visitantes, también intentó buscar en el menú algunos ajustes de idioma. Fue entonces cuando su esposa no pudo soportar más y le espetó: “¿vos también vas a seguir con las bobadas de Samuel”.

Parece que para muchas personas no es importante ver las películas en el idioma en que fueron hechas. Como si exigir escuchar a los actores que realmente hicieron los papeles, con su entonación y sus expresiones, parte esencial de su trabajo artístico, fuera una manía de cinéfilos trasnochados. Son los mismos que ven con tranquilidad las versiones dobladas que presentan en Premier Caracol y que prefieren TNT a MGM porque les da pereza leer. Respetable como gusto, terrible como norma.

Y lo peor es que esta tendencia malsana se está imponiendo entre nosotros. Cuando lanzaron la primera Toy Story, había más o menos la misma cantidad de salas con las voces de Tom Hanks y Tim Allen que aquellas que tenían a un Woody y a un Buzz mexicanos (supuestamente de acento neutro, pero ¿a quién quieren engañar?). El año pasado, cuando salió la tercera parte, sólo había una sala en Medellín donde se pudiera ver la historia de los juguetes parlantes con subtítulos.

Digamos que con las películas animadas no hay tanto problema. Finalmente en ellas, los actores que ponen las voces hicieron básicamente el mismo trabajo que los intérpretes de doblaje. Y aunque con las técnicas de animación actuales el lip-sync (la sincronización que hay entre los movimientos de los personajes cuando hablan y lo que dicen) es perfecto en inglés, como lo que uno ve en pantalla son seres irreales, nadie siente que TENGAN que hablar de determinada manera (me gusta mucho más la antigua voz de Homero Simpson en español que la de su borrachina y ronca personalidad en inglés) o que esa sea su única entonación posible.

Pero cuando hablamos de unos actores reales, que para filmar lo que vemos estuvieron en un set bajo las órdenes de un director que les dio instrucciones sobre cómo quería la escena, cuyos movimientos influyeron en la manera en que decían su parlamento, que trabajan su voz (como Sean Penn, como Meryl Streep o Philip Seymour Hoffman) para diferenciar a su personaje de otros que han hecho en su carrera, el doblaje es casi un insulto. ¿Quién puede gritar como Kiefer Sutherland haciendo de Jack Bauer en 24? Cuando pasan esas versiones dobladas de Dexter por ahí, cambio de canal desesperadamente, antes de escuchar a alguien que no sea Michael C. Hall decir “Esta noche es la noche”.

Por eso es que me siento indignado con lo que está pasando con Thor en esta ciudad, y no sé si en otras ciudades o países latinoamericanos esté ocurriendo lo mismo. Un amigo tuvo que salirse de la sala, porque le prometieron una función con subtítulos desde el anuncio en el periódico y al sentarse se encontró viendo a Odín, el mandamás de Asgard, encarnado por Sir Anthony Hopkins, con una voz que había oído en algún programa de Discovery. ¡Por Dios (o por Odin)! ¿Se supone que el actor de doblaje iba a imitar el sutil acento británico de Hopkins? El director de esta película es Kenneth Branagh, que algo sabe de dramaturgia… ¿y vamos a perdernos todo lo que hizo para que Chris Hemsworth encarnara a un dios creíble y fuera el Thor superhéroe que conocemos, porque a alguien le da pereza leer? Si ese es el argumento, ¿les parece bien que estemos educando a nuestros niños para que no lean, ni siquiera en la sala de cine? Para no hablar del trauma que nos genera a algunos no poder escuchar la voz de Natalie Portman, que es muy distinta a la de Natalia París, a quien doblar al inglés no sería un insulto sino una caridad.

Yo me niego a ver Thor así. Aunque tenga que esperar al DVD para poder saciar mi ansia de súper héroes. Puede que en Colombia no tengamos que soportar las abominaciones que ven en España (donde Mel Gibson dice “coño” en vez de “fuck” cuando maldice en Arma mortal) pero yo no quiero que en el paraíso anglosajón hablen con acento argentino, o rolo, o neutro. Quiero que Asgard siga siendo sagrado. Y el arte cinematográfico, como lo conciben sus creadores, también.

Roger & me: ¿se unen a a la apuesta del Oscar?

Sunday, February 27, 2011 por Samuel Castro

Hoy es la ceremonia del Oscar. Para muchos (yo me incluyo) esa frase debería significar “hoy a partir de las 7 de la noche no contesto el teléfono, no acepto regaños ni llamados al orden si grito por algo y nadie cocina”. Aunque hay invitaciones a ver la ceremonia en el bar de un amigo, me abstengo de esas salidas porque sé cuánto me puedo emocionar con la transmisión. Y este año con mayor razón, pues están en juego 100.000 dólares. ¿No me creen? Esa es la cantidad que se puede llevar aquel que acierte en TODAS las categorías de los premios, apostando a través de esa magnífica página que antes se conocía como “The auteurs” y que hoy simplemente se llama MUBI. Ahí, imitando el título del documental que le dio fama a Michael Moore, todos podemos intentar tener más aciertos que Roger Ebert, el respetado crítico del Chicago Sun-Times. Si al menos le ganamos a él, nos llevamos una suscripción a la página, que vale 45 dólares. Estas son mis apuestas, las definitivas, basadas tanto en la razón como en el corazón (no puede ser de otra manera si el cine está involucrado) para mañana poder avergonzarme por lo mal que me fue (yo le intento pegar a todas las categorías) o escaparme por un par de meses si me gano el premio mayor. Aquí vamos.

Mejor corto de acción real
Wish 143
A la Academia le gustan los niños. Y en este cortometraje, un niño que sufre una enfermedad terminal recibe la visita de una de esas fundaciones que se encarga de cumplir los últimos deseos de las personas. El problema es que el deseo del protagonista es perder su virginidad antes de morir. Aunque el tema sea controvertido para Hollywood, el poder de la anécdota me atrae mucho como elección.

Mejor corto animado
Day & Night
Si Toy story 3 fue una experiencia cinéfila perfecta, se debe en parte a que el corto que veíamos antes de la película nos ponía en una disposición ideal. Esta historia, ingeniosa, capaz de sacarle partido al 3D como pocas, es tan conmovedora como cualquier gran título de Píxar.
 
Mejor corto documental
Strangers no more
Las categorías de documental en los últimos años se han convertido en la manera que tiene Hollywood de contarnos sus opiniones políticas y bienpensantes. Y este cortometraje documental, que cuenta la historia de una escuela en Tel-Aviv donde conviven niños de 48 países que han tenido que salir por múltiples razones y violencias de sus tierras, es la mejor idea que el Oscar puede ayudar a propagar.

Mejor documental
Inside job
No sé si recuerdan que varios actores importantes de Hollywood perdieron un buen porcentaje de sus fortunas con Madoff y con la crisis. Que este documental que trata de explicar lo que pasó tenga la narración de un consentido de Hollywood como Matt Damon, podría ser el caramelo que lleve a muchos a votar por esta película.

Mejor película extranjera
Hævnen
No sólo porque la directora de esta película es la creadora de ese drama conmovedor que era A corazón abierto (no confundir con la versión colombiana de Grey’s anatomy) es que Hævnen tiene tantas posibilidades. Ganó el Globo y habla sobre lo difícil que es intentar parar la violencia (en la sociedad, en nuestra familia) sin que nos ensuciemos un poco las manos en el proceso.

Mejor película animada
Toy story 3
Repito la misma frase del año pasado con Up. Es la única animada en las 10 nominadas a mejor película. ¿Necesito decir más?

Mejores efectos visuales
Inception
La razón por la que ganará Inception es sencilla: todo lo que vimos en esa película, incluida la ciudad que se dobla sobre sí misma y la pelea en un corredor sin gravedad, parecía perfectamente real.

Mejor edición de sonido
TRON: Legacy

Sé que estoy jugando acá con fuego, pero estas categorías también pueden sorprender a veces. Y hacer los sonidos de esas motos futuristas que rompen la barrera del sonido, o de esas batallas entre cuerpos que se sacan chispas, más la nostalgia que todos tenemos de la primera Tron, pueden lograr lo imposible. 

Mejor mezcla de sonido
Inception

Aquí debe volver todo a su cauce, y aunque Inception compita contra otras grandes contendientes, se llevará esta categoría por un asunto de cantidad de minutos en que la mezcla de sonido necesitó perfección.

Mejor canción original
“We belong together” de Toy Story 3
El año pasado Randy Newman estaba dos veces nominado por La princesa y el sapo y perdió contra una canción country. Espero que este año la Academia compense y le entreguen el Oscar por esta excelente canción.

Mejor partitura para una película
Trent Reznor y Atticus Ross por The social network
Yo creía que se lo iban a dar a Alexandre Desplat por ser su cuarta nominación. Pero después de ver lo poco importante que es su música en The king’s speech supongo que las atmósferas electrizantes que sí llenan muchas de las escenas de The social network serán tenidas en cuenta.

Mejor maquillaje
Barney’s version
En una elección donde las películas nominadas no tienen nada que ver con el resto de candidatas, todo es especulación. Pero como Paul Giamatti ganó un Globo de Oro por el papel protagónico en esta película, es probable que a Barney’s versión la hayan visto los que votan, más que a las otras dos.

Mejor vestuario
Mary Zophres por True grit
Esta mujer creó la vestimenta icónica de Anton Chigurh y del gran Lebowsky. Un western de época puede ser la ocasión perfecta para que esta mujer gane lo que hace rato se merece.

Mejor dirección de arte
Robert Stromberg y Karen O’Hara por Alice in Wonderland
Este puede ser el justo premio a una de las pocas cosas que funciona bien en la última película de Tim Burton.

Mejor edición
Tariq Anwar por The King’s speech
Yo se lo daría a los editores de The social network por el ritmo que logran con unas conversaciones en una mesa, pero no soy yo el que escoge y la edición es la que logra mucho del encanto teatral de la película del rey tartamudo.

Mejor fotografía
Roger Deakins por True grit
Como en el fútbol, esto no es un asunto de merecimientos de una carrera. Pero después de ocho nominaciones, y de convertirse en un maestro capaz de fotografiar la agonía de un caballo negro en una noche obscura, ha llegado la hora de que Roger Deakins suba al escenario.

Mejor guión adaptado
Aaron Sorkin por The social network
Tomar un libro de no ficción y convertirlo en un drama shakesperiano que retrata el sentimiento interior de una generación merece un hombrecito dorado. Y deberían encimarle otro por esos diálogos.

Mejor guión original
David Seidler por The king’s speech
Cuando uno es capaz de encontrar una historia de la realeza que nadie más había llevado a la pantalla y de esperar por un asunto de honor a que la reina madre muriera, debe recibir su recompensa.

Mejor director
David Fincher por The social network
Si en una carrera de 8 películas uno ha hecho 4 obras maestras, por algo será. Y el perfeccionismo de Fincher es una de esas cosas que nos permite seguir teniendo fe en el cine que se hace en Estados Unidos.

Mejor actriz de reparto
Melissa Leo por The fighter
Perdió con Kate Winslet en el 2009, pero su interpretación era realmente impresionante. Ahora, con esta mamá que parece una mezcla de gangster con esposa de tragedia griega, la neoyorquina va por su estatuilla con algo más resistente que un río helado bajo sus pies.

Mejor actor de reparto
Titular de mañana. Batman gana el Oscar.

Mejor actriz principal
Natalie Portman por Black swan
A la Academia le encanta que una actriz tenga que aprender un oficio para hacer un papel. Que se vuelvan cocineras, o trapecistas, o, como en este caso, bailarinas de ballet. Y también le gusta que sus actrices favoritas tengan hijos. Moñona por todos lados, y el Oscar para la niña asustada capaz de imitar a Chaplin.

Mejor actor principal
Colin Firth por The King’s speech
El año pasado merecía este premio por A single man y se lo llevó Jeff Bridges por Crazy heart. Pero como la justicia en Hollywood siempre cojea y termina llegando, este año pasará al revés, y Firth le quitará la estatua que merece Bridges por su papel de vaquero gordo y alcohólico. Podrían intercambiar estatuillas.

Mejor película
The social network
Ya sé que voy contra las apuestas. Pero el año pasado me la jugué por lo seguro, y perdí. Si esta es la ceremonia de internet, que quiere captar audiencias juveniles, no veo por qué habrían de darle el Oscar a una cinta inglesa, que es bastante menos buena que The social network y que en unos años será utilizada en conferencias de superación personal. Y no sé, tengo ganas de que Hollywood sea capaz de premiar a una cinta que retrata el pulso de su tiempo.

En un par de horas, en unos minutos, veremos cuánta razón o cuánta suerte tenemos y si le gano o no a Roger Ebert. ¡Que comience la función!

Memorias del Hay: el guión de la vida

Thursday, February 17, 2011 por Samuel Castro

No hay que menospreciar tanto la rutina. Si no fuera por ella, de la que tanto nos quejamos, nuestra vida sería prácticamente imposible, pues le dedicaríamos minutos de pensamiento a esas acciones que por fortuna, en cierto momento, hacemos en piloto automático. Prueba de que la rutina es valiosa, es que volver a entrar a ella luego de un par de días en que nos salimos de su monotonía tranquilizadora, es muy difícil.

Este primer párrafo es la explicación de por qué nos hemos demorado tanto en actualizar este blog: ha sido muy complicado que Diana Ospina y yo volvamos a nuestras vidas habituales y tengamos algo de tiempo para organizar nuestras anotaciones acerca de los momentos de cine que vivimos, juntos o separados, en la última edición del Hay Festival. Pero por fin ha ocurrido.

Una de las charlas que hizo parte de estos episodios de cine del Hay en Cartagena, fue la que condujo Manuel Gutiérrez Aragón acerca del oficio del guionista. Sus invitados eran Senel Paz, el guionista de Fresa y chocolate; Fernando Gaitán, creador de Yo soy Betty, la fea y David Trueba, director y guionista de Soldados de Salamina. Aunque no fue, ni mucho menos, una de las charlas más divertidas o más memorables del Festival (la primera media hora parecía que Gaitán estuviera pensando en los problemas logísticos de sus restaurantes bogotanos o que su mente estuviera en algún lugar muy lejos de Cartagena y Senel podrá ser un tipo muy interesante, pero no tiene el don de la empatía con los públicos) gracias a la conducción acertada y sutil de Gutiérrez Aragón y a la triunfante presencia de David Trueba (una de las estrellas del Festival, donde el ingenio y el sentido del humor siempre serán cartas ganadoras) el evento no fue una completa pérdida de tiempo. Ustedes tienen la fortuna de que al escribirlas, uno trata de hacer más interesantes y concisas las respuestas que en la vida real demoraron muchos minutos y varias divagaciones.

Manuel comenzó diciendo que el asunto con los guionistas es que no eran importantes para la industria. Pocos espectadores sabían qué escritor había hecho alguna película y nadie los llevaba a los festivales (era ya famosa la historia nunca comprobada de que González-Iñárritu ordenó que nadie le diera tiquetes a Guillermo Arriaga para que asistiera a Cannes). Sin embargo, dijo que algo estaba cambiando. Dicho esto, le preguntó a los participantes cómo habían comenzado en el oficio. Senel contó que había sido por ayudarle a un amigo que sabía que quería contar algo en una película pero no tenía ni idea de QUÉ quería contar. Fernando relató sus inicios como periodista, donde conoció a una productora que creyó que él podía funcionar en el oficio, así que luego de comprobar que los libros de texto servían muy poco para saber cómo se hacía una historia para televisión, cogió los libretos que los actores dejaban tirados en los sets de grabación y así comenzó. Mencionó que la mayor parte de los veteranos del oficio había empezado haciendo historias de comedia baratas, que era lo que encargaban a comienzos de los ochenta las programadoras, con las instrucciones claras: 6 actores, no más de 2 sets. Que tal vez a eso se deba que la telenovela colombiana se haya destacado siempre por su combinación entre melodrama y comedia. David Trueba rememoró su infancia para que entendiéramos por qué comenzó escribiendo por dinero (lo que ha sido una constante en su vida). Nos dijo que él era el menor de una familia de 8 hermanos (entre ellos, por supuesto, Fernando Trueba, el director de Belle epoque) y que su mamá, para asombro de todos, le hizo caso cuando él dijo el primer día de clases que no quería ir al colegio. A partir de ese momento, se “educó” en su casa. Preocupados sus hermanos porque el muchachito no se volviera un completo inútil, le ofrecieron pagarle una suma de dinero si cada ocho días él había escrito un cuento. Un par de años después, cuando se incorporó al sistema escolar, compensaba sus malas notas en otras materias con la participación en un concurso de relatos que organizaba regularmente un profesor. Con toda esa práctica en contar historias, había sido muy fácil decir que sí cuando un compañero le pidió ayuda para realizar un cortometraje.

A Fernando le gusta más el término de escritor que el de guionista, porque le gusta más pensar en su trabajo como el de un autor. Y reafirmó que en la televisión actual es el escritor el que tiene el real poder, pues al ser la producción televisiva una obra “que se va construyendo” es él el único que sabe “qué es lo que va a pasar más adelante”.

Trueba dijo algo muy bonito: que el ser humano, desde que estaba reunido alrededor del fuego, siempre ha necesitado historias. Porque la vida real tiene todo lo que nos gusta: emoción, aventura, violencia, romance, pero todo ocurre caóticamente. Y nos gusta la idea de que hay un orden. Esa es la función del guionista: hacerle creer a la gente que hay una explicación para lo que ocurre día a día.

Senel dijo que era discutible que un guión fuera literatura, pero que no cabía la menor duda de que un guionista tenía que ser escritor y también un cineasta. Que tal vez una de las cosas más importantes que le pudiera pasar a un guionista es que pudiera escoger a la persona que traducirá su historia a imágenes.

Ante la pregunta de Manuel acerca de cómo controlar las distintas versiones de una historia, es esta época de guiones que se venden a 20 países, Fernando contó varias anécdotas acerca de Betty, tratando de explicar que es muy importante que se mantenga la columna vertebral (una muchacha fea que triunfa en el mundo de la moda) pero que las particularidades locales cambien de acuerdo con el entorno. En Suiza, contó, era imposible que hubiera un marido que no le gira el cheque de manutención a su ex esposa. En Rusia consideraban inhumana la oficina a la que meten a Betty para esconderla y le dieron un espacio mejor. En Estados Unidos la historia se dedicó muchísimo al tema de la inmigración latina.

¿Por qué hoy hablamos de series con la misma pasión con que hace algunas décadas hablábamos de películas? Senel habló de un espectador más entrenado, que ya no traga tan entero, y que las series con sus múltiples tramas y personajes, permiten que el espectador encuentre la profundidad y la densidad que la forma de la película rara vez consigue. Davis Trueba mencionó una espantosa realidad: son los adolescentes los que llenan las salas de cine. Los adultos están muy ocupados viviendo vidas responsables, en las que el ocio no siempre hace parte de sus prioridades. Por eso el cine se ha convertido en fórmulas para atraer incautos. Pero los canales de pago, de todos esos suscriptores que quieren ver algo menos telegrafiado en la comodidad de sus casas, ahora tienen los recursos para ofrecer un entretenimiento verdaderamente adulto, o para gastarse millones de dólares, como HBO, en Boardwalk empire, una serie que obviamente no compensa su inversión, sólo por el buen nombre que un producto de esa calidad da.

Entre otros temas colaterales, se mencionó que a los personajes hay que buscarlos en la calle, caminando para señalarlos y decir: éste es mi portero o así va a ser mi heroína. Y que no debemos temer en pervertir los géneros, porque al final la vida es eso: una perversión, una mezcla entre un thriller y una comedia del absurdo.

Sobre El paseo

Wednesday, February 9, 2011 por Diana Ospina

El comienzo del año nos sorprendió con una noticia inesperada, algo que parecía imposible sucedió: un estreno colombiano superó en taquilla a las superproducciones de la temporada. La película El paseo, protagonizada por Antonio Sanint y Carolina Gómez, ocupó el primer lugar en taquilla por encima de películas muy esperadas  y de éxito prácticamente asegurado como Los viajes de Gulliver, protagonizada por el divertido Jack Black y Tron Legacy con sus impresionantes efectos visuales y en versión 3 D.

Para nadie es un secreto que el gran monstruo del mercado es Cine Colombia y que este desea ser, ante todo, un negocio rentable. Es por eso que ocurren ciertos movimientos en taquilla que parecerían inexplicables a primera vista: películas que se anuncian con largas campañas de expectativa y nunca son presentadas, otras que son retiradas  intempestivamente de la cartelera, estrenos con dos años de retraso o cintas premiadas  que nunca pisan el país, entre otras experiencias desoladoras para cualquier cinéfilo, que son el resultado de las vicisitudes de mercado y del deseo de obtener ganancias. Es cierto también, como ya lo estarán pensando algunos, que Cine Colombia hace esfuerzos por traer ciertas cintas independientes, menos comerciales, y por  darles espacio, espacio que se está viendo afectado por las escasas cifras de espectadores que parecen mover este tipo de cintas. Un ejemplo tomado del mes de noviembre puede ilustrar este caso: mientras Mademoiselle Chambon completaba 6,380 espectadores tras tres semanas en taquilla y Cartagena, con el gancho  de Margarita Rosa de Francisco, conseguía  4, 908 espectadores tras dos  semanas, Harry Potter reunía en  dos semanas  más de 670.000. Dirán qué comparo lo incomparable, que cómo se le va a pedir a una cinta con menos recursos que alcance semejante cifra, pero cuando sabemos que en las mismas dos semanas  El paseo ha reunido 470.000 espectadores la cosa no parece ya tan imposible.

El hombre detrás de este fenómeno y del que se ha hablado mucho en los últimos días es  Diego Armando García, más conocido como Dago García quien lleva más de una década dedicado al mundo audiovisual como  productor, director y  guionista. Es así como a través de su empresa, Dagogarcía producciones, ha logrado otro record difícil de igualar en este país: completar 13 películas. ¿Cómo lo ha logrado?

En efecto, Dago parece haber resuelto el acertijo. Se asoció con Caracol, (donde es Vicepresidente de producción) y con  Cine Colombia (si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma). ¿De qué le sirvió?  No solo aseguró fondos por el lado de Caracol sino, quizás algo más importante, publicidad en televisión en hora prime, entre las telenovelas, gran campaña de expectativa y cortos asegurados en Cine Colombia.  A esto se le suma la letra pequeña  de los informes de taquilla: mientras  Mademoiselle Chambón se presentó en máximo 5 teatros a nivel nacional y Cartagena en 8, El paseo estaba en 115, lo que, sin duda, ayuda (de una u otra forma anticipan y producen el éxito).

A lo anterior toca sumarle usar actores que cuenten ya con reconocimiento dentro del público gracias a sus papeles en televisión, como fue el caso, en otras producciones de Dago García. de Enrique de Carriazo, Robinson Díaz, Miguel Varoni,  por citar solo algunos, y añadirle la presentación de las que podrían ser nuevas figuras, o lograr cosas como que Natalia París sea protagonista. Por otra parte, la constancia ha sido sin duda una gran aliada, 10 años de estrenos continuos el 25 de diciembre han conseguido que junto a ciertas actividades típicas de diciembre muchas familias incluyan ir a cine a ver la última película de Dago García que cuentan, efectivamente, historias aptas para  toda la familia y que tienen como principal fin divertir y entretener.

Hasta aquí todo suena bien y pareciera entonces que solo hay motivos para festejar y alegrarnos de la buena salud del cine colombiano y tomar lo que ocurre con García como un feliz augurio para este 2011 y quizás, ¿por qué no? como un ejemplo a seguir para otros cineastas.  Sin embargo, las cosas dejan de sonar tan bien cuando se habla de la relación de Dago García con la crítica cinematográfica  la cual no suele estar de su lado, al igual que los premios. Baste recordar que a pesar de sus impresionantes cifras  (la película colombiana más vista del año pasado fue In fraganti de García) ni sonó ni  tronó en la entrega de los premios Macondo.

Tiene espectadores, nadie se lo niega, pero muy pocos le reconocen estar haciendo buen cine. García lo sabe y ya en alguna entrevista al referirse a lo críticos señaló que algunos  de ellos “viven aplastados por su erudición, sus complejos y su falta de sensibilidad con lo que los rodea.” Esto  último lo dice porque su afán, según él, es divertir, revelar aspectos de nuestra idiosincrasia y rescatar valores familiares.

Esta última es sin duda la premisa a partir de la cual se realizó El paseo. Sin embargo, no puedo evitar preguntarme si todo lo anterior justifica, las inmensas carencias y fallas de la película. Y tal vez, no está de más preguntarse sobre el tipo de espectador que García está formando.

A nivel formal no hay mucho que decir porque en las películas de Dago no se corren riesgo a ese nivel. Harold Trompetero, el director, se limita a seguir a los personajes con la cámara. Grandes planos cuando se quiere mostrar a toda la familia;  algún personaje queda al fondo haciendo algún chiste si el primer plano está ocupado por otro. No se busca que las imágenes nos cuenten ninguna historia, que hagan algún guiño o complementen. Están exclusivamente al servicio de los actores y la historia. La música, de la misma manera, está ahí para recordarnos qué debemos sentir,  divertida en los momentos chistosos, con tintes melodramáticos cuando los personajes tienen confesiones o conversaciones, vamos  decirlo, más profundas. No en vano se le critica a Dago García que sus producciones parezcan televisión (de la que se hace si pretensiones formales, no toda es así)  llevada al cine porque, de verdad lo es, cosa que a él, no le preocupa para nada, como lo ha reiterado en varias oportunidades, se siente un hijo orgulloso de la televisión.

Pero bueno, digamos que no importa, lo que realmente me parece perturbador es el guión. La estrategia de Dago, por lo menos en películas como El carro; Mi abuelo, mi papá y yo; entre otras, es buscar estereotipos. El estereotipo del colombiano típico, el cliché que tenemos en la cabeza y, que a muchos aparentemente, les gusta reconocer. En el caso  de El paseo está la adolescente consentida y chillona (muy, muy chillona), el adolescente pacifista entregado a la meditación, la suegra peleona y exagerada, la madre, en este caso además guapísima, aunque se esfuerce por ocultarlo, que es, de lejos la que sostiene moralmente a la familia y el padre clase media, esforzado y recursivo, que quiere darle a su familia y a sí mismo un merecido paseo a la costa en carro. La película es vendida como eso, un road movie en el que se coleccionan todas las peripecias, sinsabores y  ocurrencias que pueden suceder en un viaje de esa naturaleza por Colombia. Rápidamente se identifica el tono a Pelota de letras, cosa que no está mal, y que por el contrario, podría ser muy chistosa. En ese sentido escoger a Antonio Sanint que viene consolidando una carrera en el stand up comedy hace unos años era una buena elección. El problema es precisamente lo que lo hizo  ser escogido para el papel. A fuerza de actuar ser un padre clase media e introducirle gags chistosos al personaje termina convertirse en una mera caricatura, alguien que  juega a fingir ser el estereotipo. Pues bien, la familia Peinado vive todo tipo de peripecias, unas creíbles, otras ya muy forzadas que nos esforzamos por aceptar, por ejemplo,  una familia que tras ser robada duerme en un carro descapotable en un potrero en pleno Tolima o que se queda impávida ante el hecho de que su casa en Bogotá fue robada  por completo y, finalmente, la pérdida y, sobre todo, la posterior aparición del perro de la familia puede pasar a la historia como uno de los momentos más inverosímiles del cine colombiano.

Hasta aquí digamos que todavía se tiene la idea, lo que ocurre es que a Dago le gusta contar más de la cuenta y mezclar, ignoro el porqué, ciertos elementos estrafalarios que están muy lejos de la realidad colombiana que busca retratar. Si la búsqueda es que cualquiera se sienta identificado por qué introducir elementos que parecieran destinados a alejar al público. Lo primero es el carro ¿cuántos volkswagen descapotados amarillos habrá en Bogotá?, no muchos, pero el padre de esta familia tiene uno y, no contento con eso, su otro carro es una camioneta volkswagen descapotable también. Estos carros, de colección, irían de la mano con un dueño de cierta personalidad particular sin embargo, este no es el caso para nada de Alexander Peinado, personaje de la película. Pero quizás de los momentos más estrafalarios, extravagantes y surrealistas de la película es la introducción  de una banda de asaltantes vestidos de kimonos, mezcla de budistas Kung Fu Panda y guerrilla, que roban y secuestran. ¿Cuál era la idea? Quizás era decir que no hay paseo por carretera en Colombia que no incluya el encuentro con algún grupo armado pero, para evitar el reflejo a la realidad se busca, por extraño que suene, parodiar, en este caso a los grupos guerrilleros, con secuestro incluido, mezclándolos con un tufillo de filosofía oriental. Es cierto que de lo ridículo podría ser chistoso pero entonces la película hubiera tenido que ser planteada de otra manera, una que justificara la excentricidad (baste pensar en ejemplos logrados como Leche (1996) en televisión) pero así de la nada no deja de ser un poco extraño.

Por otra parte,  resulta inquietante lo que se transmite como la clásica familia colombiana: la mujer que es la asentada, la cuerda, la madura, es el personaje más respetable y centrado que sin embargo sabe que para mantener el equilibrio debe mantenerse en la sombra, justificar las actitudes de su marido y apoyarlo. La quinceañera, inaguantable, espejo supongo de muchas adolescentes del país parece más preocupada por mostrarse, agradar, y se convierte en la bobita fácil que terminará utilizando su cuerpo para salvar a su familia ¿qué más podía hacer?  Al fin de cuentas estamos en la tierra de “Sin tetas no hay paraíso”. El adolescente termina por ser un remedo de algún seguidor de supuestas filosofías orientales ¿budista? ¿yogui?  ¿Seguidor de Bob Marley? Todas las anteriores y ninguna es el cliché barato de aquel que supuestamente busca la espiritualidad, sin discurso, exagerado. No me meto con el jefe de Alexander Peinado pero baste decir que, aunque no parece, es rico, y claro, como todo rico es malo, corrompido, tramposo y además se topa con ellos en todas partes, aún en los sitios más desolados.

A todo esto toca sumarle que la historia pretende ser edificante y moralizadora y que el viaje por carretera solo tiene como función acercarlos como familia. Para lograr este objetivo en medio de las situaciones absurdas, García introduce discusiones más “serias” diálogos moralizantes que aparecen de repente, y que francamente  aparecen de la nada y son disonantes entre estos personajes que carecen de una verdadera psicología y que son, en esencia caricaturas que abogan por una patria en paz, unida y feliz, unión que solo podrá ser posible desde la familia, mensaje que es trasmitido gracias a la conjunción de todos los lugares comunes posibles: ropa blanca, velero transitando libre por aguas cartageneras, canción de Juanes… en fin.

Tampoco sirve la película para conocer las bellezas naturales del país, como podría suponerse de un road movie, por más que el personaje de Sanint grite que Colombia es una berraquera en pleno cañón del Chicamocha único paisaje natural incluido en la película. Poco o nada se siente el paso de clima frío a caliente a no ser por la empelotada paulatina de la adolescente que usará bikini en el la calle, en el bus, en la plaza del pueblo, indiscriminadamente.

Al inicio de El paseo se hace una corta reflexión sobre el hecho de tomar fotos y cómo, las fotografías suelen mostrar personas sonriendo, no llorando, porque buscamos capturar momentos de felicidad no de tristeza como si los dos no hicieran parte de la vida (no pude evitar pensar en La aventura de un fotógrafo de Calvino que lleva esos cuestionamientos a una reflexión muy interesante). No es difícil suponer que ahí se esconde una clave de lectura de la película, si se espera encontrar alguna, que podría ser la explicación a la mezcla de melodrama y comedia que aunque suena bien, se desdibuja por el afán de meter a la fuerza estos dos elementos.

Uno de los comentarios positivos que he leído y oído de esta película resalta el hecho de que se trate de una película colombiana que no habla de narcotráfico. Me temo que muchas de las discusiones que se tienen sobre cine colombiano caen en este tipo de frases reiterativas.  Me parece que el espectador suele confundir televisión y cine y que lo cierto, me temo, es que las películas colombianas se siguen viendo muy poco y se le aplican criterios errados. No sé cuánto se ha visto afectada la imagen de los Estados Unidos por las películas que realiza, ni he leído largos artículos dedicados a cómo se ve afectada su imagen por realizar, que sé yo, películas sobre guerra, drogas o, por qué no, acción. No he escuchado a nadie decir que no va a Estados Unidos porque va y lo agarre un asesino en serie, un policía loco, o un detonador de bombas maniático. Quizás porque producen tantas y tan variadas películas que comprenderíamos  rápidamente que la discusión no tiene mucho sentido y que a los realizadores estadounidenses no se les pide que interpreten a su pueblo resaltando sus valores. Sin embargo, al cine colombiano pareciera pedírsele que nos muestre, que cuente nuestras historias pero sin untarse demasiado. Y, lo más grave, poco se va a cine a formarse un criterio real sobre lo que se está produciendo que está lejos de ser monotemático como puede comprobarse al revisar algunos de los títulos que fueron reconocidos en la entrega de premios Macondo y que abordan diferentes y variadas temáticas, me refiero, por ejemplo, a El vuelco del cangrejo, Los viajes del viento, La sangre y la lluvia o Retratos en un mar de mentiras.

Que dentro de ese espectro son bienvenidas las comedias ligeras, familiares que nos hagan pasar un buen rato, por supuesto,  pero ¿no valdría la pena ser más ambicioso?  quizás hacer cine no es como hacer empanadas y esa formula mágica que parece haber encontrado Dago, esa conjunción de poderes, financiación,  dinero y distribución pueden seguir estando al servicio del entretenimiento  pero de una manera más constructiva e inteligente. ¿no sería un buen reto llevar 1.000.000 de espectadores y mostrarles algo diferente?  ¿No valdría la pena formar público de esa manera para ir así construyendo espectadores más interesantes? La pregunta queda abierta.

Joyas por descubrir: Vientos de agua

Tuesday, January 25, 2011 por Samuel Castro
Una de las cosas que más me gusta de Internet es que sirve como museo, como vitrina irrompible de todo lo que alguien consideró alguna vez que debía ser puesto en el jade “inmortal” del ciberespacio. Lo que antes eran, por decir algo, las escenas musicales de los Hermanos Marx que ciertos privilegiados tenían en su colección de películas personal, en bobinas con cinta de nitrato, ahora aparecen con sólo hacer clic en youtube. O La jetée, aquel corto impresionante que inspiró Doce monos y que en los noventa sólo algunos habían podido ver en obscuras y secretas versiones de contrabando, ahora es un recurso con el que cualquier adolescente despistado puede contar en su formación audiovisual.
Como las audiencias son caprichosas y no siempre aciertan (por algo hay tanto reality malo con ratings tremendos, por algo The wire se vendió más en DVD de lo que se vio en TV) la red sirve para que trabajos que valen la pena, series que todos debemos conocer, películas desconocidas producidas en Timbuktú, tengan una segunda oportunidad sobre la tierra.
Precisamente de segundas oportunidades, de la migración entendida como otro destino que ensayamos porque el que tenemos no nos está saliendo bien, es de lo que habla Vientos de agua, esta miniserie maravillosa de la que algo había oído pero que nunca (como tantas cosas buenas) llegó a Colombia. Y en Argentina y en España, países que la coprodujeron, donde sí la dieron, no tuvo el éxito esperado. ¿Por qué? Me atrevo a creer que por un exceso de realismo y autocrítica. Porque claro, está toda la visión romántica de que en otro país hay oportunidades que nos permiten salir adelante, pero también verdades que a mucha gente no le gusta ver: el argentino que se junta con el resto de latinoamericanos pero que debe sacudirse un montón de prejuicios (en un momento de la serie le dice a una amiga colombiana “pero vos blanquita del todo no sos”) porque se siente un poquito más que ellos; los españoles que no están muy interesados en acabar con la migración (así nos pongan visas) porque les proveemos de mano de obra barata que habla su idioma; la migración de nazis que tuvieron como destino el sur del continente a mediados del siglo XX.
Si a alguien le gustó El secreto de sus ojos, con seguridad va a disfrutar de estos 13 capítulos que se ven en un suspiro, pues el creador y principal director de esta serie es Juan José Campanella. Y todo su estilo, ese refinamiento visual en la manera de narrar, su sentimentalismo bien entendido, el cariño por el destino de sus personajes, la capacidad de unir acción y emoción, están en esta serie.
En cada capítulo de la serie Campanella nos va narrando en paralelo dos destinos: el del joven Andrés, emigrando desde Asturias a una Argentina que, parafraseando a Borges, veía llegar a sus raíces a bordo de los barcos que cruzaban el océano, y el de su hijo menor, Ernesto, que en medio del “corralito” que atrapó a los argentinos en su propio país se va a España a juntarse con esos millones de indocumentados latinoamericanos, africanos y rumanos, que pueblan las calles madrileñas. Con sabiduría y pulso firme, Campanella es capaz de mostrarnos las semejanzas entre ambas historias, mientras hace que nos encariñemos con sus personajes secundarios: Juliusz, el judío eternamente enamorado de su esposa Gemma (una hermosísima Giulia Michelini); Cecilia, la esposa de Ernesto, que no puede evitar que la lejanía afecte sus sentimientos; Mara, la colombiana (¡estupenda Angie Cepeda!) que es toda alegría y pasión.
Puede que en internet muchos adolescentes tarados aprendan a armar bombas caseras y otros tontos se emboben con las consignas incendiarias de Sarah Palin, pero mientras algunos, con un poco de suerte, podamos desenterrar el cajón del tesoro lleno de joyas como esta serie, el ciberespacio seguirá valiendo la pena.

Un festival de cine para ver en casa

Monday, January 17, 2011 por Samuel Castro

Los que amamos el cine vivimos soñando que asistimos a un festival de séptimo arte. Como a los de mi generación no nos tocó la época de oro del de Cartagena (que lentamente va recuperando su prestigio), nos imaginamos en Cannes, en Venecia o en Berlín, viendo a Johnny Depp o a Charlize Theron desfilar por la alfombra roja, para luego pelearnos por una butaca en alguna función de estreno de Kusturica, de Tarantino o de otro director consentido por la organización.

Pero como a todas las cosas de esta vida, la crisis de la economía y el desarrollo de la tecnología comienzan a tocar al mundo de los festivales de cine. Claro, los más grandes y famosos seguramente se mantendrán en el futuro, pero pareciera que aquellos festivales más pequeños y menos conocidos, por un asunto de costos y de ausencia de patrocinadores, están condenados a desaparecer, mientras que los festivales online comienzan a imponerse como una tendencia. Y la verdad, en este caso, todos tenemos que aplaudirla.

Porque sí, mucha de la magia de un festival está en caminar las calles, en hacer la fila, en vislumbrar por ahí el paso de alguna estrella. Pero se supone que uno va a un festival a ver películas. Y si con la tecnología de repente la audiencia de un festival pasa de unos pocos cientos que caben en las salas de proyección a miles o millones en las pantallas de sus computadores, el beneficiado es el cine y el público.

Por eso es muy interesante (sobre todo para los latinoamericanos que somos tan fanáticos de las cosas buenas que son gratuitas) darse una pasada por el primer Festival de Cine Francés online (www.myfrenchfilmfestival.com) que del 14 al 29 de enero tiene a disposición de todos los que se inscriban un catálogo de películas interesantes producidas en Francia durante los últimos años. Una iniciativa que busca que el cine francés (tan justamente maltratado a veces, todo hay que decirlo) vuelva a ser popular en el mundo y que sus actores y sus directores recuperen el prestigio que tuvieron las anteriores generaciones del cine galo.

Yo ya vi dos: Cómplices, de Frédéric Mermoud, un thriller con adolescentes que se cree más importante de lo que es, pero que, como decimos en Colombia, aguanta, y Espion(s) de Nicolas Saada, que entretiene sin ser nada del otro mundo. Pero tengo mucha curiosidad de ver Adieu Gary, de Nassim Amouche, que le dio el gran premio de la crítica en Cannes en 2009, o L’autre de Patrick-Mario Bernard y Pierre Trividic, con la que Dominique Blanc se llevó la Copa Volpi del Festival de Venecia en 2008.

No todo es perfecto. La familia Wolberg, por ejemplo, tiene los subtítulos retrasados con respecto al audio, lo que hace que si tu francés es pobre (o inexistente, como el mío) la visualización de la película sea imposible. Y a veces, conforme corre el archivo de streaming la imagen (no el sonido) comienza a pararse y a caminar a saltos. Una solución que me ha funcionado es cerrar la pantalla luego de mirar el minuto en el que iba y volver a abrirla comenzando desde ahí.

Pero son más las ventajas que los peros. La invitación es a aprovechar esta oportunidad. Puede que cuando acabe la función no esté Angelina Jolie a la salida. Pero al menos podremos saber que también nosotros asistimos a un festival de cine internacional.